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lunes, 11 de julio de 2016

El señor de las moscas

En el libro de religión de 5º ó 6º de E.G.B. leí un pasaje de una novela protagonizada por niños de aproximadamente mi edad, que me llamó poderosamente la atención. Era "El señor de las moscas", del escritor inglés William Golding, galardonado con el Premio Nobel de literatura en 1983. Esa Navidad, el único regalo que pedí fue un ejemplar del texto completo para poder leer toda la historia que me había cautivado en unos pocos párrafos. Y aunque la narración contiene momentos sobrecogedores de tensión, angustia y casi diría que terror, quizás no demasiado aptos para la mente aún en desarrollo de un chiquillo, el argumento es tan apasionante de principio a fin que enseguida se convirtió en uno de mis libros favoritos de todos los tiempos. Un imprescindible en cualquier biblioteca que se precie.

El señor de las moscas
© sundazed - Flickr

viernes, 12 de febrero de 2016

Miedo a lo desconocido

Cuando eres un niño y todavía no sabes bien cómo funciona el mundo, es fácil tener miedo a lo desconocido, creer a pies juntillas relatos inquietantes que llegan a tus oídos, hacerlos crecer en tu imaginación hasta convertirlos en monstruos y, en definitiva, sentir pánico ante amenazas infundadas. Recuerdo dos de esas historias que en su día hicieron mella en mi por entonces diminuto círculo de protección frente a lo irracional.

Miedo a lo desconocido
También hay niños asesinos - Dominio Público

Cuando empecé a ir a clase en el nuevo colegio, los alumnos veteranos contaban historias sobre un tipo que vivía en el barrio, conflictivo, borracho, drogadicto, pendenciero y medio loco, que gustaba de colarse en el patio de recreo para atemorizar a los niños. Un par de veces lo vi merodeando cerca del colegio y, aunque en realidad daba más pena que miedo el pobre diablo, mis compañeros me habían comido el coco de tal manera que vivía con el temor a que un día asaltase por la fuerza el recinto vallado que nos protegía y se liase a gritos y golpes con nosotros. Algo que, por supuesto, nunca sucedió.

En otra ocasión, alguien me contó que en las afueras de Valencia habían surgido unas pandillas, formadas y comandadas exclusivamente por adolescentes y niños, que habían tomado el control de la periferia de la ciudad transformándola en su particular reino del terror, hasta el punto de que ni la policía se atrevía a adentrarse en su territorio sin ley. Las historias hablaban de robos y todo tipo de delitos, incluido el asesinato de niños y adultos que se encontraran en el lugar incorrecto a la hora equivocada. Aunque yo no había estado por allí en la vida, estaba absolutamente aterrorizado ante la posibilidad de tener que viajar a esa zona, por ejemplo si a mis padres se les ocurría ir a veranear a sus cálidas playas. Fue una época angustiosa, pero años después, cuando mi hermano Rubén se fue a vivir a Valencia durante una temporada, ni siquiera me acordé de aquellas historias truculentas, y sólo podía pensar en la suerte que tenía de poder disfrutar de una buena horchata siempre que quisiera.

lunes, 18 de enero de 2016

Madre no hay más que una

Los primeros años de colegio solíamos dirigirnos a nuestra profesora con el apelativo de señorita: "señorita esto" o "señorita lo otro". Sin embargo, existía una autoridad femenina más importante, con la que compartíamos vínculos mucho más fuertes, y junto a la que habíamos pasado bastantes más horas que las transcurridas en el colegio. Por lo tanto, no es de extrañar que, aunque madre no hay más que una, a veces al dirigirte a la profesora se te escapara un "mamá esto" o "mamá lo otro".

Madre no hay más que una
© Titleist46 - Wikimedia Commons

A mi me pasó una vez. Me di cuenta del lapsus al momento, pero me hice el loco refugiándome detrás de una coraza de indiferencia como si no hubiera pasado nada, porque sabía que el resto de compañeros iba a empezar a señalarme, comentar en voz alta mi error y, lo más hiriente de todo, reírse de mí. Y así sucedió. Pero como no di muestras de que me molestase en absoluto, pronto se aburrieron y abandonaron la caza, permaneciendo eso sí agazapados, como una jauría al acecho, a la espera de que alguna presa más fácil cometiera el siguiente desliz.

lunes, 14 de diciembre de 2015

La lista de la discordia

Esta es una historia real, aunque no sé si lo que cuento en ella es cierto o no. Me explico:

Cuando nos mudamos al nuevo barrio y cambié de colegio, no fui el único en hacerlo. Mi amigo Miguel Ángel se encontraba en la misma situación y, por lo visto, aunque yo de eso me enteré más tarde, el que había sido nuestro profesor y tutor en 4º de E.G.B. había seguido el mismo camino.

La lista de la discordia
© Villanova Law Library - Flickr

Mis padres estuvieron indecisos sobre a qué colegio llevarnos en la nueva etapa y, aunque finalmente el escogido fue San Braulio, creo que la primera opción era otra y así aparecía en algún listado oficial. Y a ese primer colegio de la lista es al que se movió nuestro antiguo profesor, según le contó a la madre de Miguel Ángel un día que se encontraron por la calle.

Hasta aquí la historia real. Lo que sigue a continuación no sé cómo tomármelo, y más bien me inclinaría a encuadrarlo en la categoría de falsos recuerdos.

Resulta que el profesor también le había confesado a la madre de mi mejor amigo que había elegido ese colegio en particular porque yo aparecía en la lista, y así podía seguir dándome clases. Si eso fuera cierto habría sido un inmenso e inmerecido honor, pero realmente es algo que me cuesta mucho creer. En cualquier caso nunca sabré lo que pasó realmente, ¿quedó el profesor desolado y decepcionado al no verme aparecer por la puerta el primer día de clase después del verano?

viernes, 11 de diciembre de 2015

La revista del colegio

La revista interna del colegio San Braulio era un folleto mensual muy bien valorado por todos los miembros de la vida estudiantil, que daba un plus de notoriedad a cualquiera que consiguiera publicar algo en ella, pues eran tantas las solicitudes de colaboración que recibía el editor, Don Javier, que por mera cuestión de espacio siempre había trabajos que se quedaban en el tintero.

La revista del colegio
© Zarateman - Wikimedia Commons

Mi primera contribución surgió a raíz de una visita que hicimos a la Basílica de Santa Engracia, durante la cual teníamos que hacer un dibujo lo más minucioso posible de su aspecto exterior. Tanto empeño puse en la tarea que, cuando llegó la hora de irnos, sólo había detallado meticulosamente una de las columnas de la entrada, junto a un esbozo general de la fachada. La profesora de historia quedó impresionada por la delicadeza de mi inconcluso trabajo, hasta el punto de que nos pidió a otra chica y a mi que entre los dos completásemos un dibujo de la iglesia para publicarlo en la revista del colegio. Mi compañera, que había sido más efectiva que yo y disponía de un boceto mucho más completo que el mío, se encargó del trabajo principal, y yo realicé únicamente el detalle de las columnas. Aún con todo, me sentí muy orgulloso al contemplar el fruto de mi trabajo entre las páginas de la última edición.

Más adelante volví a colaborar con la revista, esta vez por deseo propio, con una página mensual de un cómic cuyas dos protagonistas femeninas estaban basadas en la célebre novela de Benito Pérez Galdós, "Fortunata y Jacinta". En realidad el argumento no tenía nada que ver con la novela, y sólo tomé el título de la misma para dotar a las protagonistas del relato con nombres arcaicos y rimbombantes que ni siquiera recuerdo. La historia, por otra parte, era poco elaborada, prácticamente improvisada a días de entregar los originales, al igual que los dibujos, desmañados e infantiles. En un par de ocasiones me llamaron la atención debido al poco empeño que ponía en la realización de la obra, y a ciertos contenidos de índole adúltero-lésbico que las mentes de la época no consideraron aptos para todos los públicos. Y seguramente llevaban razón, pero es lo que tiene improvisar una telenovela gráfica que se alargaba meses y meses, por el simple y mero hecho de querer ser popular.

lunes, 7 de diciembre de 2015

¡Nos vamos de excursión!

De vez en cuando, el colegio organizaba una excursión que los profesores consideraran relevante para complementar nuestra formación académica. Algunas veces, dicho acontecimiento no era más que un simple pretexto para disfrutar de una actividad diferente, conocer mejor nuestro entorno y desarrollar nuestras habilidades sociales. Objetivos loables que, al fin y al cabo, también eran pilares básicos de nuestro aprendizaje.

¡Nos vamos de excursión!
© wwworks - Flickr

De esa forma conocimos, entre otros lugares, diversos rincones emblemáticos de nuestra ciudad como la Basílica de Nuestra Señora del Pilar o la Basílica de Santa Engracia, nos asombramos en el Museo de la Ciencia y el Planetario de Barcelona, aprendimos los secretos centenarios de una fábrica de cerámica de Muel, o hicimos ejercicio en los verdes parajes del Moncayo, donde casualmente coincidí con mi amigo Miguel Ángel, que estaba realizando la misma excursión con su colegio. Después de una dura jornada fuera de casa, el autocar de vuelta al colegio era un remanso de paz, un refugio en el que reponer fuerzas, donde muchos alumnos y profesores acababan echando una fugaz cabezada.

Yo solía sentarme junto a una ventanilla y contemplaba embelesado el paisaje, el anochecer y las estrellas que iban apareciendo con cuentagotas en el firmamento, mientras soñaba con los ojos abiertos que iba corriendo por el exterior a la par que el autobús, sin importar la orografía del terreno, esquivando ágilmente cualquier obstáculo que se interpusiera en mi camino. Eran reminiscencias de una película de la época, "El hijo de la jungla", en la que un cazatalentos descubría en la sabana africana a un atleta de capacidades casi sobrehumanas que corría cual gacela junto a su todoterreno y, tras múltiples peripecias, acababa ganando todas las pruebas de atletismo en las que participa. Toda una inspiración para un pequeño atleta en ciernes como yo.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Hormonas desbocadas

Nunca me he comprado una revista porno pero, en plena adolescencia, con las hormonas totalmente desbocadas, varios compañeros del colegio atesoraban algunos ejemplares que iban pasando de mano en mano. Viruete, un chico de la otra clase un tanto perturbado, aunque inofensivo, me dejó en una ocasión una de esas revistas para que la ojeara tranquilamente en casa.

Hormonas desbocadas
© Australian Classification Board - Wikimedia Commons

No era porno propiamente dicho, no había escenas de sexo explícito, sólo aparecían mujeres desnudas mostrando sus enormes y desproporcionados pechos. Tan desproporcionados que ni siquiera me resultaban bonitos o atractivos, aunque sin duda deben de existir fetichistas que consumen ese tipo de contenidos, o simplemente no los habría.

Una vez en casa oculté la revista en una cajón de la mesa de estudio de mi cuarto, y de vez en cuando le echaba un vistazo rápido a escondidas. Una de esas veces oí que mi madre venía por el pasillo y volví a meter la revista rápidamente en el cajón, antes de que la viera. Pero captó un movimiento extraño por el rabillo del ojo y olió mi miedo en forma de feromonas. El sexto sentido de las madres entró en modo alerta y me preguntó: "¿qué tienes ahí?", "nada", mas ya era demasiado tarde.

Rebuscó, encontró el material y lo confiscó. Le confesé su procedencia y que tenía que devolverla, pero me dijo que si Viruete quería recuperar la revista tendría que dar la cara y venir él mismo a casa a buscarla, una humillación adicional que no estaba dispuesto a soportar. Así que un par de días después, aprovechando la ausencia de mis padres, rebusqué en el armario de su cuarto hasta localizar la publicación y se la devolví a su legítimo dueño. Prefería volver a enfrentarme a mi madre yo solo que hacer pasar ese mal trago a un amigo. La verdad es que al final tampoco fue para tanto y pronto quedó todo olvidado, al menos por mi parte.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Nunca bajes la guardia durante un examen

Tenía tan asumido e interiorizado mi rol de empollón de la clase, que a veces iba de sobradito y bajaba demasiado la guardia. Como aquella vez que terminé un examen de matemáticas en la mitad del tiempo disponible, y se lo entregué a Don Luis para que me lo corrigiera, mientras el resto de compañeros seguía batallando contra él. El profesor me dio la oportunidad de repasar mis contestaciones antes de darlo por terminado, pero yo estaba tan confiado que rechacé esa posibilidad. Era un monográfico sobre fracciones, un tema que acababámos de estudiar y que, a priori, no parecía demasiado complicado si tenías claros los conceptos. Y ese fue el problema, al parecer yo no tenía claros todos los conceptos. Mi nota, un simple 6, un bien, un fracaso absoluto comparado con las notas a las que estaba acostumbrado. Pero al menos la experiencia me sirvió para asimilar algo tan básico como la idoneidad de repasar las respuestas de un examen antes de entregarlo.

Nunca bajes la guardia durante un examen
© albertogp123 - Flickr

Hubo otra ocasión en la que también saqué un bien, aunque esta vez inmerecidamente. Fue en sexto de E.G.B., en la asignatura de música, donde durante todo el curso la profesora me puso un bien en el boletín de notas, impidiéndome obtener un pleno de sobresalientes. Me parecía un insulto que me pusiera una nota tan baja cuando tenía el mejor oído musical de mi familia, era un cantante más que aceptable y estaba aprendiendo solfeo con mi abuelo pianista como profesor. Sinceramente creo que me tenía manía, que su valoración de mis cualidades y actitudes estaba sesgada desde una de las primeras clases en que me llamó la atención junto a otros alumnos, porque uno de los compañeros revoltosos estaba haciendo el gamberro a mi lado y creyó que estábamos compinchados. Una profesora pésima, la odié siempre por eso.

Afortunadamente, no todos los profesores juzgaban tan a la ligera. Si así fuera podría haberme metido en un serio lío cuando, ya finalizado el tiempo establecido para realizar un examen, me levanté dispuesto a entregárselo al profesor y un compañero que había estado insistiéndome durante todo el rato para que le pasara las soluciones me las arrancó literalmente de las manos, dispuesto a copiarlas rápidamente. El profesor no vio el robo con sus propios ojos, pero se percató inmediatamente de que algo estaba pasando y no tardó en deducir correctamente lo sucedido. Mi compañero se llevó una reprimenda y, aunque yo pude entregar mi examen sin mayores consecuencias, aprendí otra valiosa lección, ¡protege tus respuestas con tu vida!

viernes, 27 de noviembre de 2015

Marchando una de calamares

Un día estábamos en el interior del aula con Don Andrés. No recuerdo si es que fuera el tiempo estaba demasiado revuelto como para hacer deporte, o estaba sustituyendo a algún profesor que había faltado a clase, o simplemente quería hacer algo diferente. El caso es que nos propuso un reto muy simple, un concurso de preguntas y respuestas, dos equipos, chicos contra chicas, y los perdedores tendrían que pagarle un bocadillo de calamares a los ganadores. Aceptamos, jugamos, y perdimos.

Marchando una de calamares
© Lagambadeoro - Wikimedia Commons

Durante muchos días nadie dijo nada sobre pagar la deuda contraída con las chicas, pero a mi todo ese asunto me estaba reconcomiendo por dentro, ya que mi madre me había enseñado desde pequeño a cumplir mis promesas. Cuando no pude soportar más esa pesada carga le pregunté a mis padres si debía hacer algo, y me animaron a ello. Así que hablé con mi tía Jovita, que regentaba un bar en el Arrabal, para ver si nos prepararía unos calamares a la romana, y cuando me dio el visto bueno escribí de mi puño y letra unas papeletas para todos mis compañeros, indicando el día y lugar donde por fin íbamos a saldar nuestra deuda. Sólo tenían que indicarme quién iba a acudir y quién no, para que mi tía lo tuviera todo dispuesto.

No se animaron todos, pero si muchos más de los que esperaba, más de la mitad de la clase. Pero llegó el día señalado y sólo acudimos a la cita 4 ó 5 personas. Fue un fracaso absoluto. Y aunque al final nos lo pasamos muy bien y comimos calamares hasta reventar, a mi tía no le hizo mucha gracia haber comprado y cocinado provisiones de más.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Presidente por accidente

Durante mi estancia en el colegio San Braulio, fui elegido delegado de clase por mis compañeros al menos en un par de ocasiones. No recuerdo haber tenido ninguna responsabilidad adicional por ostentar ese cargo, y aunque así hubiera sido no me hubiera importado demasiado, me gustaba, era un reconocimiento al aprecio y la confianza que los demás depositaban en mi.

Presidente por accidente
© Davidpar - Wikimedia Commons

Por la misma época, mientras cursaba sexto de E.G.B., se estaba instaurando por primera vez el Consejo Escolar en los colegios de la ciudad, un organismo de gestión y decisión que iba a contar con representación de todos los estamentos educativos, desde profesores y trabajadores no docentes del centro, hasta alumnos y padres de los mismos, pasando por un representante de la administración. Me presenté a las elecciones sin saber muy bien de qué iba el asunto ni esperanzas reales de salir elegido. Y así fue, quedé cuarto en las votaciones, estando la representación estudiantil limitada a tan sólo tres alumnos.

Pero era final de curso, el primer alumno de la lista estaba terminando octavo e iba a abandonar el colegio para dar el salto al instituto, y además el Consejo Escolar no iba a empezar realmente sus actividades hasta después del verano. Así que, extraoficialmente, iba a acabar formando parte del mismo. Yo no tenía ni idea de todo esto, hasta que varios profesores comenzaron a darme la enhorabuena por los pasillos.

Al final pasé dos años acudiendo a cansinas reuniones periódicas fuera del horario lectivo que a mi juicio no aportaban nada realmente destacable a la vida escolar. Hasta parecía que algunos profesores se aburrían más que yo, por ejemplo Don Javier se pasaba todo el rato realizando elaborados dibujos con el bolígrafo, y regalándoselos a algún otro asistente al final de la reunión. La única asamblea que recuerdo es una en la que se discutió la conveniencia o no de expulsar una temporada a un chico de mi clase algo conflictivo, y ni siquiera me acuerdo de cómo acabó aquel tema. Al menos el Consejo Escolar sirvió para darme cuenta de que la vida política y de despachos no estaba hecha para mí.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Míster Universo

Un día, no sé con qué propósito, Don Javier nos pasó un cuestionario donde cada uno de nosotros debíamos responder a una serie de cuestiones sobre nuestros compañeros del sexo opuesto. Los chicos debíamos decidir cuál era la chica más lista, la más guapa, la más limpia, la más ordenada, la mejor deportista, etc. Una vez que hubimos completado la encuesta, nos hizo responder en voz alta uno a uno a todas las preguntas planteadas, mientras él iba contabilizando los votos y tomando nota de qué alumnos eran los más populares.

Míster Universo
© Dominic James - Wikimedia Commons

Fue un momento muy vergonzoso para mi, porque pensando que la encuesta era anónima había respondido tontamente a todas las cuestiones con el nombre de Sofía, la chica que más me gustaba de clase. Salvo a la pregunta sobre la más guapa, donde había contestado Silvia porque realmente pensaba que era la más atractiva. Quedé como un idiota delante de todos, y encima Sofía me recriminó después de clase no haberle votado también a ella en la única categoría que no lo había hecho, ya que al finalizar el recuento Silvia le había ganado por un escaso margen. Yo también quedé segundo, por detrás de Jose María, uno de los gamberretes de la clase que, aún siendo mal estudiante y peor deportista que yo, era muy simpático y un auténtico donjuán que volvía locas a casi todas las chicas.

Creo recordar que ese mismo año Don Andrés publicó un artículo en la revista del colegio donde dilucidaba sobre cómo sería para él el alumno ideal. Debía ser tan listo como fulanito, tan alto como menganito, tan fuerte como zutanito, tan guapo como José Luis.. ¿Qué? Para, para, un momento, ¿tan guapo como yo? Vale, me halaga, no lo voy a negar, ¿a quién no le gusta que le consideren no sólo agraciado, sino de los más atractivos de su curso?, pero la verdad es que hubiera preferido ser recordado como el más listo. ¡En aquella época todavía estaba bien visto sacar buenas notas!

lunes, 16 de noviembre de 2015

Cóctel Mólotov

El laboratorio del colegio era una sala multiusos que normalmente utilizábamos para su propósito principal, realizar diversos experimentos que complementaran el contenido de las clases de ciencias. Otras veces servía como aula de desdoble, o para trabajos manuales, e incluso como cocina improvisada en unas sesiones sobre labores del hogar que dieron origen a mi primera tortilla de patata, curiosamente de buen aspecto y comestible.

Cóctel Mólotov
© deradrian - Flickr

Un día, unos cuantos alumnos estábamos en el laboratorio haciendo experimentos con un mechero Bunsen. El profesor, Don Javier, nos dejó solos un momento para ir a dar vuelta por el aula donde otros estudiantes estaban realizando una actividad diferente. A pesar de que estábamos literalmente jugando con fuego, se fiaba de nosotros porque mi equipo estaba formado en su mayor parte por los empollones de la clase. Pero entre mis compañeros también estaba el patán de las zapatillas Niungi, al que el profesor tenía en muy buena estima, quizás porque se sentía identificado con él debido a las dotes artísticas que ambos compartían.

En un momento dado la llama del mechero empezó a decaer rápidamente y, antes de que pudiera reaccionar, contemplé horrorizado cómo el patán cogía un frasco de alcohol y derramaba un chorro de líquido inflamable sobre el mechero. Su intención era buena, avivar el fuego. Pero el resultado final era más que previsible, el alcohol ardió con un fogonazo y se desparramó por la mesa, que para colmo de males estaba totalmente recubierta con papel de periódico. El incendio se descontroló en un abrir y cerrar de ojos, como si un cóctel Mólotov hubiera estallado bajo nuestras narices. Y en ese instante el profesor entró de regreso en el laboratorio y se hizo cargo del problema, sofocando las llamas antes de que la cosa fuera a peor. Ni que decir tiene que nunca volvió a confiar en nosotros ni a dejarnos solos, ni para cocinar una simple tortilla de patata.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Alas de mariposa

Un año, en el colegio San Braulio pusieron en práctica un pionero programa de desdoble que ofrecía apoyo a los estudiantes más necesitados y una ampliación de contenidos para los alumnos más aventajados. Un par de horas a la semana nos juntaban con los compañeros de la otra clase, nos dividían en dos grupos, y mientras unos se dedicaban a repasar y reforzar conocimientos básicos, otros aprendíamos algo tan valioso como.. poesía.

Alas de mariposa
© juan_e - Flickr

Don Javier era el profesor con mayor sensibilidad artística que he tenido nunca. Era un magnífico dibujante, y el que nos enseñaba en aquellos ratos los entresijos de versos y estrofas, animándonos a crear nuestras propias composiciones literarias. A final de curso, recopiló de entre todos los alumnos los mejores poemas y los publicó internamente en un pequeño volumen encuadernado artesanalmente por él mismo. Hasta hizo su propio pegamento a base de cola de pescado para unir los lomos. Una de mis creaciones formó parte de esa selección, aunque no era precisamente la que más me gustaba a mi, y además la retocó de acuerdo a sus propios criterios sin ni siquiera pedirme permiso, lo cual me pareció una profanación artística en toda regla.

Asimismo, algunos alumnos le facilitamos una antología de todos nuestros escritos de aquel año (en mi caso mecanografiados con una vieja Olivetti, pues los ordenadores e impresoras caseros aún eran cosa del futuro), junto a unas tapas de cartón decoradas a mano, y nos confeccionó nuestro propio librito, un recuerdo que aún conservo en algún rincón de casa. Mis versos trataban fundamentalmente sobre vivencias personales: el día de la madre, las palomas de la plaza del Pilar, la supuesta araña que me picó un día en el pie, un homenaje a un amigo y compañero de clase.. Eso si, no aconsejo releerlos hoy en día, pues la calidad literaria dejaba bastante que desear, al fin y al cabo eran las rimas facilonas de un chiquillo.

Don Javier también nos enseñaba ciencias, y en el laboratorio tenía una colección de insectos disecados que nos animaba a ampliar incorporando nuestros propios hallazgos. Con esa idea en mente, estaba un día rebuscando entre la hojarasca del Parque Deportivo Ebro intentando hallar algún buen ejemplar de escarabajo, cuando me topé con un montón de enormes alas de mariposa desperdigadas por el suelo. No eran aptas para la disección, pues faltaban los cuerpos de los insectos, pero su tamaño y coloración bien podrían haber dado para una buena oda. Lástima que en ese momento no tuve la inspiración adecuada.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Récord del colegio

Aunque me defendía bastante bien en salto de altura y en carreras de medio fondo, fueron las vallas las que me otorgaron mi primera medalla, el bronce en los 200 metros vallas del Campeonato Provincial de Zaragoza en categoría infantil. Además, vino acompañado de un un preciadísimo récord del colegio, que posiblemente todavía perdure ya que no era una distancia habitual, pero que en cualquier caso inscribió mi nombre para siempre en la historia deportiva del colegio. Un gran mérito si se tiene en cuenta que no era especialmente alto ni rápido, que atacaba la valla desequilibrado al elevar a la vez la pierna y el brazo del mismo lado, y que lo hacía sacando y mordiéndome ligeramente la lengua, lo que podía haber sido fatal de haber tenido algún tropiezo.

Récord del colegio
© Raffaello.fabio.ducceschi - Wikimedia Commons

Ese récord del colegio, junto a mis resultados en las competiciones y mis marcas en saltos de altura y longitud, los 1.000 metros lisos y el resto de pruebas que Don Andrés nos hacía practicar, me hicieron ganar el trofeo al mejor deportista del año durante mi último curso en el colegio. El atletismo, entre otras cosas, me había hecho ganarme mi propio hueco en la vida estudiantil. Era conocido y respetado por casi todos, hasta el punto de que los camorristas de mi clase me defendían si algún gamberro de otra clase tenía la osadía de meterse conmigo en el patio de recreo.

Curiosamente, mi última medalla, casi 20 años después, también fue en vallas. Un oro, mi único oro, en los 110 metros vallas del Campeonato de Aragón absoluto. Entre medias quedaron múltiples platas y bronces en todas las categorías inferiores, tanto en 800 y 1.500 metros lisos, como en 110 y 400 metros vallas. Y muchos recuerdos no menos importantes, como formar parte del equipo del C.N. Helios en la liga de Primera División nacional, compitiendo en diversos rincones de la geografía española, o la participación en el Campeonato de España de Cross por equipos, corriendo junto a grandes leyendas como Martín Fiz, flamante campeón mundial de marathon. Todo un honor.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Salto de altura

Mi primer contacto con el atletismo de verdad, más allá de correr de un lado para otro en el patio de recreo, fue en clase de educación física en 5º de E.G.B., de la mano de uno de los grandes impulsores del deporte rey en los colegios de la capital aragonesa, Don Andrés Gracia. Un gran profesor y una gran persona, aunque algo chapado a la antigua en algunos aspectos, como sus famosas collejas a los alumnos revoltosos o perezosos, que a punto estuvieron de costarle algún que otro disgusto profesional.

Salto de altura
© Fritz Cohen - Wikimedia Commons

La disciplina elegida aquel primer día era el salto de altura. Contra todo pronóstico, a pesar de no ser ni de lejos de los más grandes, rápidos o fuertes de mi clase, fui el que más alto superó el listón, gracias a unas grandes dosis de flexibilidad, habilidad y propiocepción, las mismas que me hacían ser un vallista más que aceptable pese a mi falta de velocidad punta.

Si te apuntabas al equipo de atletismo del colegio y competías en los Juegos Escolares, tenías asegurado el sobresaliente en la asignatura de educación física. Así que a los 10 años debuté compitiendo en las pistas del Palacio de los Deportes de Zaragoza, "el huevo", saltando casi mi mejor registro, y quedando segundo de entre más de una veintena de chicos de otros colegios. El mejor premio, o al menos el más sabroso, no era el sobresaliente prometido, ni la euforia de haber hecho podio, sino la bolsita de Lacasitos que cada uno de los participantes recibíamos por parte de los patrocinadores de los juegos.

Aunque más tarde destacara y consiguiera mis mejores resultados en vallas y en carreras de medio fondo, el salto de altura siempre fue una de mis pruebas favoritas, y aprovechaba cualquier circunstancia y lugar para practicarla. En casa, para acceder sin emplear la escalera a mi cama situada en la litera de arriba. O en la calle, para sentarme de un brinco sobre el enorme depósito de hormigón que daba acceso a las canalizaciones de gas y electricidad mientras jugábamos a una versión propia del pilla pilla, o para superar sin apoyo el murete que protegía la rampa del garaje si había que ir a recuperar alguna pelota extraviada, e incluso para saltar la valla metálica que cercaba el recinto de la comunidad, simplemente porque sí, porque podía hacerlo.

Con tanto brinco podía haberme dado algún golpe desafortunado en cualquier momento y lugar, pero el único susto que tuve fue durante una competición en la Ciudad Universitaria. Llovía y la pista estaba resbaladiza, yo todavía no competía con zapatillas de clavos, y al ir a batir patiné sobre un charco de agua, me di un costalazo contra el listón y aterricé en el suelo de mala manera. En los dos siguientes intentos entré con algo de miedo y mucha precaución, hice nulos y caí eliminado antes de hora, magullado y decepcionado.

En el instituto también practicábamos el salto de altura en clase de educación física, pero con menos medios materiales que en el colegio, hasta el punto de que en vez de un listón de verdad usábamos una cinta negra atada a los postes para delimitar la altura deseada. Eso dificultaba enormemente alcanzar grandes cotas, por dos motivos. El primero es que perdías la referencia del apoyo debido al color y delgadez de la cinta, batiendo unas veces muy cerca y otras demasiado lejos. El segundo es que el profesor consideraba el salto nulo si la cuerda se movía, aunque sólo fuese ligeramente, aunque no la hubieses tocado y su oscilación se debiese simplemente al desplazamiento de aire provocado por tu cuerpo pasando por encima, lo que te obligaba a tener que superarla holgadamente para poder seguir avanzando.

Por eso, que alguien consiguiera destacar en esa disciplina era motivo más que sobrado de admiración. Como esa vez que me convertí en el centro de atención de medio instituto cuando, ya finalizada la clase de educación física, llegó la hora del recreo y yo seguía superando alturas ante los ojos asombrados de un público cada vez más numeroso, que aplaudía cada intento como si fuera la final de unos Juegos Olímpicos. Un bonito recuerdo.

viernes, 30 de octubre de 2015

Zapatillas Niungi

En La Jota, mi antiguo colegio, todo era muy sencillo, era conocido por alumnos, padres y profesores, y hasta el director sabía mi nombre y se hallaba accesible para hablar con él en cualquier momento, tenía mi sitio. En San Braulio, mi nuevo colegio, todo era más difícil, era un completo desconocido que tenía que encontrar su propio lugar. Y no es fácil hacerse un hueco cuando los demás juzgan cada aspecto de tu vida siguiendo sus propios criterios particulares y subjetivos, poniendo en tela de juicio desde tu forma de ser, de hablar, o de moverte, hasta la ropa y el calzado que llevas.

Zapatillas Niungi
© Zapatillas Niungi - tOrange

Todos los comienzos son complicados, y como muestra un botón. Un día, un patán de mi clase se me acercó en el patio de recreo y para intentar pincharme comenzó a reírse de mi calzado, unas deportivas baratas, diciendo que eran de la marca Niungi, "ni un gitano se las pone". Su ingenioso intento de ofensa no tuvo efecto en mi. Por fortuna o por desgracia, siempre he sido bastante inmune a las opiniones de los demás, al menos a los comentarios de la gente que no me importa en absoluto. Lo que más me desconcertaba del asunto era esa crueldad infantil gratuita a la que no estaba acostumbrado.

En realidad no era un mal chico, quizás un poco rebelde, sin duda mal estudiante, pero con algunos talentos ocultos, como una destreza natural para el dibujo artístico, y una envidiable aptitud para el ajedrez. En un campeonato interno que hacíamos los que nos quedábamos a comer en el colegio sufrí varias derrotas, pero la que me infligió él fue la más humillante, y la más dolorosa. A fin de cuentas, puede que sus hirientes comentarios si que me hubieran afectado de alguna manera.

lunes, 12 de octubre de 2015

Los primos de mis primos (no siempre) son mis primos

Una vieja canción de Objetivo Birmania decía que "los amigos de mis amigas son mis amigos", toda una promiscua declaración de intenciones que en la vida real no tiene porqué cumplirse. Sin embargo, si cambiamos "amigos/as" por "primos/as", la estrofa deja totalmente de tener sentido, tanto literal como figurado.

Los primos de mis primos (no siempre) son mis primos
Árbol genealógico con tirabuzón - Dominio Público

De pequeños teníamos mucha relación con nuestros primos y primas, sobre todo con los de edad más cercana a la nuestra. También coincidíamos a menudo con algún primo de nuestros primos, como Iván y Cristian, familiares de nuestros parientes Óscar y Sandra, hasta tal punto que no todos mis hermanos pequeños tenían claro que, a pesar de ser primos de nuestros primos, no eran primos nuestros. Parece un trabalenguas, pero sólo es un tirabuzón en el árbol genealógico.

Y como el mundo es un pañuelo, y Zaragoza es un cachirulo pequeñico, en el colegio San Braulio tenía una compañera de clase llamada Salomé, que era prima hermana de mis primas Conchita y Belén pero, al igual que Iván y Cristian, no tenía parentesco alguno conmigo, lo cual nos resultaba extraño, curioso y divertido a partes iguales.

viernes, 9 de octubre de 2015

Mal de ojo (annus horribilis III)

Para terminar de rematar el annus horribilis que médicamente supuso mi primer año en el colegio San Braulio, hacia final de curso sufrí una tremenda conjuntivitis en ambos ojos que me impidieron llevar una vida normal durante un par de semanas.

Mal de ojo (annus horribilis III)
© nyllow - Flickr

Tenía los ojos tan irritados que casi no podía ni abrirlos, y aún así la luz me molestaba de tal manera que llegué a un punto en el que necesitaba llevar gafas de sol a todas horas, incluso en espacios cerrados, como el aula. Algunos profesores fueron muy comprensivos, pero otros no tanto, y hacían comentarios hirientes a mi costa, o directamente pretendían obligarme a quitármelas, pensando que era una provocación o un capricho de adolescente más que una necesidad médica. En esas ocasiones agachaba la cabeza, intentaba hacer oídos sordos y aguantaba estoicamente hasta que amainaba el chaparrón.

Pensándolo detenidamente, es posible que no padeciera la conjuntivitis durante mi primer año en el nuevo colegio, sino algo más adelante. Creo recordar que las gafas de sol que usé eran unas un poco extravagantes y vistosas, con espejos como cristales y la montura blanca, que había llevado mi hermano Rubén para esquiar durante la semana blanca. Y me extrañaría que mis padres le hubieran dado permiso para ir a la nieve yendo todavía a 3º de E.G.B., era demasiado joven, aunque todo es posible.

lunes, 5 de octubre de 2015

Dolor de barriga (annus horribilis II)

Durante un par de meses, las tardes del fin de semana se convertían en mi infierno particular. Al rato de haber terminado de comer, un dolor muy intenso comenzaba a taladrarme el estómago, obligándome a recluirme un par de horas en mi habitación, recostado en la cama, mientras soportaba toda una colección de pinchazos, espasmos y retorcijones, a la espera de que el achaque remitiera por si solo. No había ninguna causa aparente, hasta que un buen día mi madre dijo que tenía los ojos amarillos, me llevó al médico y me diagnosticaron una hepatitis.

Dolor de barriga (annus horribilis II)
Vade retro, Satanás

Estuve postrado en la cama aproximadamente un mes, descansando y cogiendo fuerzas, a dieta de tomate y poco más, aburrido, jugando a ratos con Domingo (mi murciélago de goma, llamado así en honor a mi traicionero amigo de tiempos pasados), sufriendo a diario las inyecciones que me ponía en las nalgas un practicante sudamericano que trabajaba a domicilio, y saltándome prácticamente todo el primer cuatrimestre de 5º de E.G.B. en el nuevo colegio. Mi boletín de notas aparece en blanco en ese primer parcial, pero afortunadamente no tuve problemas para superar el curso sin mayores dificultades. Eso sí, años después me costó horrores aprenderme los huesos del cuerpo humano durante el curso para obtener el título de Monitor Nacional de Atletismo, ya que fue una de las materias que me perdí en su día mientras estaba convaleciente.

Siguiendo mi estela, mis hermanos Daniel y Rubén contrajeron la misma enfermedad, uno detrás de otro. Daniel fue el que sufrió la infección más fuerte, y especulaban con que posiblemente él había sido el paciente cero y me había contagiado una versión más benévola del virus mientras todavía lo estaba incubando. Por fortuna, todos nos recuperamos prontamente y los múltiples análisis y controles posteriores indicaron que no nos habían quedado secuelas. Aunque eso no es del todo cierto, puesto que yo al menos sí que padezco una, un odio permanente, visceral y racional a cualquier tipo de aguja.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Regaliz de palo

A las puertas de salida del colegio La Jota se situaba a veces un señor mayor, portando un pequeño fardo de ramitas que vendía entre la chiquillería y sus progenitores. Esas ramitas no eran otra cosa que regaliz de palo, las raíces de una planta que crece y se expande profusamente cerca de las acequias y los lechos de los ríos. Una mala hierba, como las ortigas, pero con una utilidad mayor, ya que podías mascar la madera para extraer su jugo agridulce, dejándote un sabor metálico residual en la boca. Beber agua después de haber masticado un poco de regaliz era toda una experiencia sensitiva. A las ortigas en cambio todavía no les he encontrado ningún uso beneficioso.

Regaliz de palo
Regaliz de palo - Dominio Público