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viernes, 13 de mayo de 2016

Baloncesto extremo

Cuando mis padres no estaban en casa aprovechábamos para hacer cosas que teníamos absolutamente prohibidas, como jugar al baloncesto en el salón. Usábamos como balón una pelota de tenis, y la canasta era el hueco superior que quedaba entre la pared y la puerta cuando ésta estaba completamente abierta. Encestar desde lejos era complicado, así que mi jugada favorita era esquivar al contrincante para penetrar hasta la canasta y machacar.

Baloncesto extremo
Machacando sin piedad - Dominio Público

Aunque más bajito, yo era mucho más ágil que mi hermano Daniel, que se exasperaba con mis anotaciones. Así que un día, desesperado, cogió disimuladamente el machete que se había comprado en unos campamentos un tiempo atrás y, cuando me dispuse a machacar, lo colocó de punta cubriendo el exiguo hueco de la puerta. Lo vi justo a tiempo de apartar la mano, aunque no pude evitar que el metal me rozara un poco la palma, afortunadamente sin llegar a hacerme una herida. Por supuesto ahí se terminó el juego, ¡vaya ideas tenía mi hermano de vez en cuando! Y lo peor es que me hizo fallar el punto final.

Las pachangas que echaba con mi amigo José Pedro en las canastas de Ranillas eran más normales. Solíamos jugar uno contra uno, a un juego llamado "tipi". A pesar de que José Pedro casi me sacaba una cabeza y de que jugaba habitualmente en un equipo de baloncesto, no era rival para mi. Seguro que jugando en grupo las cosas hubieran cambiado radicalmente, porque él tenía más visión de conjunto que yo, pero en solitario solía ganarle con contundencia gracias a mi rapidez y, sobre todo, a que saltaba más que él y me llevaba casi todos los rebotes. Siempre me gustó el baloncesto, pero no era lo suficientemente alto como para dedicarme a ello, y además mi carácter más reservado iba más con los deportes individuales, por eso cuando descubrí el atletismo supe al instante que era ideal para mi.

viernes, 6 de mayo de 2016

Cincomarzada arruinada

Una cincomarzada fui a pasar el día al Parque del Tío Jorge con mi amigo Miguel Ángel y algunos de sus compañeros de instituto. Dimos unas vueltas por los puestos de las peñas, donde la cerveza y el vino corrían a raudales y las morcillas, chorizos y longanizas a la brasa impregnaban el aire con su delicioso aroma haciendo rugir nuestros vacíos estómagos, señal inequívoca de que la hora del almuerzo había llegado. Tomamos posesión de un trozo de césped en la explanada junto al lago y sacamos nuestros bocadillos.

Cincomarzada arruinada
© johnloo - Flickr

Estábamos allí sentados, charlando y comiendo tranquilamente, cuando de repente algo se estampó contra mi espalda. Me giré para ver qué había pasado y descubrí que era tan solo una bolsa con una botella de plástico en su interior, pero obviamente había llegado hasta allí de alguna manera. Levanté la vista y unos metros más allá estaba el responsable de haberla lanzado en nuestra dirección de una patada, un chulito de barrio con una cohorte de aduladores a sus espaldas, que nos miraba desafiante. No recuerdo cuál fue mi reacción, si le dije que tuviera más cuidado o si simplemente pasé del tema sin prestarle más atención de la que merecía, pero en cualquier caso estaba claro que andaba buscando bronca e independientemente de mi actitud habría encontrado la excusa que buscaba.

El pandillero se acercó hacia mí y empezó a increparme. Nos pusimos todos de pie, unos pocos amigos intentando pasarlo bien en un día de fiesta enfrentados a una pandilla más numerosa de camorristas buscando follón. No teníamos posibilidades de ganar una pelea que ni queríamos ni habíamos provocado. Así que dejé que se desahogara insultándome, las palabras se las lleva el viento, y hasta aguanté impertérrito una torta-empujón que me propinó en la cara, mientras Miguel Ángel y el resto se removían nerviosos a mi lado. Nadie de entre los numerosos grupos de gente que había alrededor movió un sólo dedo para defenderme, aunque evidentemente no nos quitaban el ojo de encima.

Al final la paciencia y pasividad dio sus frutos y en cuanto el macho alfa vio que no iba a conseguir lo que andaba buscando, dio media vuelta y se fue con su jauría a buscar otras víctimas más propensas a iniciar una batalla campal. Pero esa desagradable experiencia nos había arruinado la cincomarzada, así que tras dar un par de vueltas más por el parque, nos fuimos cada uno a la seguridad de nuestros hogares, donde poder lamernos las heridas de nuestro ego humillado en la intimidad.

viernes, 15 de abril de 2016

Natación estilo libre

Nunca me ha gustado demasiado nadar en el mar. Jugar en la orilla a las palas, correr, saltar o dejarme arrastrar por las olas como si mi cuerpo fuera una tabla de surf, sin problemas, pero penetrar aguas adentro hasta zonas más profundas donde no haces pie, sin saber qué tipo de criaturas marinas pueden acecharte desde abajo.. no, gracias. Aunque sé que mis temores son completamente infundados, no puedo evitar sentir cierto desasosiego primigenio cuando tengo toda esa masa de agua y oscuridad por debajo de mi. Cuánto daño han hecho las películas de "Tiburón".

Natación estilo libre
© r36ariadne - Flickr

Las playas de Salou no eran de aguas limpias y cristalinas, solía haber muchas algas, pero jamás vimos nada que nos hiciera sospechar que corríamos peligro y algo podía atacarnos. Veíamos muchos pececitos, algún pez más grande de vez en cuando, pero raramente medusas. El supuesto pez gato que estaba oculto entre la arena y que mi hermano Rubén pisó accidentalmente, produciéndole un dolor insoportable y una fuerte reacción alérgica, no cuenta, ya que nadie llegó realmente a verlo. Lo que si divisamos en una ocasión fue un pez volador que iba dando saltos fuera del agua directo hacia la orilla, hasta que desapareció sin dejar ni rastro tras embestir desde abajo la colchoneta hinchable de una bañista que estaba a la deriva tomando el sol tranquilamente. ¡Vaya susto se pegó!

Muy de vez en cuando, nos desprendíamos de casi todos nuestros recelos y nadábamos hacia las boyas que delimitaban la zona hasta la que podían acercarse las embarcaciones. Serían como mucho unos cien metros mar adentro, aunque una vez en el agua parecían muchos más. A aquella distancia el lecho marino descendía hasta los 5 ó 6 metros de profundidad, prácticamente fuera de nuestro alcance. Nunca me apetecía ir, me daba mucha aprensión, pero si lo hacían mis hermanos yo no podía ser menos. Siempre te quedaba el consuelo de pensar que cuantos más mejor, ya que las probabilidades de ser el aperitivo del monstruo marino de turno eran menores.

En una de esas expediciones, cuando ya estábamos a mitad de camino entre la orilla y la boya, sufrí un calambre en una pierna y se me subió el gemelo. No había problema más allá de que siempre es doloroso, pues podía mantenerme a flote sin gran esfuerzo con una sola pierna y los dos brazos, así que continué avanzando. Sin embargo, cuando ya habíamos recorrido tres cuartas partes de la distancia, supongo que debido al sobreesfuerzo hecho con mi pierna sana, sufrí otro calambre y se me subió el otro gemelo. Afortunadamente, siempre me he movido como pez en el agua y no temía por mi seguridad, sabía que podía permanecer a flote incluso sin utilizar ninguna de las dos piernas. No obstante, tenía dos opciones, volver inmediatamente a la seguridad de la orilla o intentar alcanzar la boya, que estaba mucho más cerca, y descansar aferrado a ella hasta que remitiese el agarrotamiento.

La decisión fue fácil. Claramente, lo más sensato era alcanzar un punto seguro lo antes posible, por si acaso el cansancio me golpeaba inoportunamente antes de tiempo. Inventándome una nueva forma de nadar, con las piernas inertes colgando como un lastre por debajo de mi cuerpo mientras avanzaba gracias a la tremenda fuerza de mis brazos, un estilo no muy vistoso que jamás sería especialidad Olímpica, llegué por fin a la bamboleante boya. Tras un rato de descanso, el retorno a tierra firme fue mucho menos accidentado. No puedo asegurarlo, pero seguramente fue la última vez que me aventuré a realizar ese trayecto.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Alas de mariposa

Un año, en el colegio San Braulio pusieron en práctica un pionero programa de desdoble que ofrecía apoyo a los estudiantes más necesitados y una ampliación de contenidos para los alumnos más aventajados. Un par de horas a la semana nos juntaban con los compañeros de la otra clase, nos dividían en dos grupos, y mientras unos se dedicaban a repasar y reforzar conocimientos básicos, otros aprendíamos algo tan valioso como.. poesía.

Alas de mariposa
© juan_e - Flickr

Don Javier era el profesor con mayor sensibilidad artística que he tenido nunca. Era un magnífico dibujante, y el que nos enseñaba en aquellos ratos los entresijos de versos y estrofas, animándonos a crear nuestras propias composiciones literarias. A final de curso, recopiló de entre todos los alumnos los mejores poemas y los publicó internamente en un pequeño volumen encuadernado artesanalmente por él mismo. Hasta hizo su propio pegamento a base de cola de pescado para unir los lomos. Una de mis creaciones formó parte de esa selección, aunque no era precisamente la que más me gustaba a mi, y además la retocó de acuerdo a sus propios criterios sin ni siquiera pedirme permiso, lo cual me pareció una profanación artística en toda regla.

Asimismo, algunos alumnos le facilitamos una antología de todos nuestros escritos de aquel año (en mi caso mecanografiados con una vieja Olivetti, pues los ordenadores e impresoras caseros aún eran cosa del futuro), junto a unas tapas de cartón decoradas a mano, y nos confeccionó nuestro propio librito, un recuerdo que aún conservo en algún rincón de casa. Mis versos trataban fundamentalmente sobre vivencias personales: el día de la madre, las palomas de la plaza del Pilar, la supuesta araña que me picó un día en el pie, un homenaje a un amigo y compañero de clase.. Eso si, no aconsejo releerlos hoy en día, pues la calidad literaria dejaba bastante que desear, al fin y al cabo eran las rimas facilonas de un chiquillo.

Don Javier también nos enseñaba ciencias, y en el laboratorio tenía una colección de insectos disecados que nos animaba a ampliar incorporando nuestros propios hallazgos. Con esa idea en mente, estaba un día rebuscando entre la hojarasca del Parque Deportivo Ebro intentando hallar algún buen ejemplar de escarabajo, cuando me topé con un montón de enormes alas de mariposa desperdigadas por el suelo. No eran aptas para la disección, pues faltaban los cuerpos de los insectos, pero su tamaño y coloración bien podrían haber dado para una buena oda. Lástima que en ese momento no tuve la inspiración adecuada.

viernes, 17 de julio de 2015

En la silla eléctrica

Después de pasar más de un año en el paro, mi padre encontró por fin trabajo como operario en una planta de Industrias Sobrino, una empresa familiar dedicada entre otras cosas al tueste, distribución y venta de frutos secos.

En la silla eléctrica
© soamplified - Flickr

Tenía sus ventajas, al igual que mi tío Pepe nos obsequiaba con golosinas de la fábrica de caramelos donde trabajaba, mi padre nos traía bolsas enormes de pipas de calabaza y todo tipo de frutos secos, que en casa siempre nos han vuelto locos. Pero también tenía sus inconvenientes. El dueño de la fábrica era un impresentable, un explotador autoritario al que le importaban más las pipas que las personas, el mantenimiento de sus instalaciones o el cumplimiento de las más mínimas medidas de seguridad.

Por culpa de esto último, mi padre estuvo a punto de morir electrocutado. Un día estaba manipulando una máquina cuando se quedó enganchado por el brazo, sufriendo una descarga letal que, según los testigos, le hizo brillar con todos los colores del arcoiris y mostrar al mundo entero su esqueleto, como si de una radiografía viviente se tratase. Por fortuna un compañero tuvo la suficiente sangre fría como para reaccionar adecuadamente y cortar el paso de la corriente, salvándole de una muerte segura. Mi padre estuvo de baja mucho tiempo, y a pesar de la rehabilitación, nunca ha llegado a recuperar el 100% de la movilidad que disfrutaba en ese brazo antes del accidente. Nunca volvió a trabajar en la fábrica, y en casa nunca volvimos a comer frutos secos de esa marca.

Guardando las distancias, puedo hacerme una ligera idea del dolor que debió de sentir mi padre durante esos interminables segundos, porque una vez yo también sufrí en mis carnes los efectos de una pequeña descarga eléctrica. Estaba en un cursillo de natación en las piscinas del parque de bomberos, acababa de hacer unos largos y estaba mojado fuera del agua aguardando mi siguiente turno, sentado sobre una larga bancada, cuando de repente, sin mirar, palpé algo que colgaba de la pared entre mis piernas. Fue como si me arrancaran el brazo de un tirón, un dolor muy intenso que recorrió toda mi extremidad colapsando cada terminación nerviosa en una súbita agonía. Afortunadamente, no me quedé enganchado. Donde debería haber estado la tapa de un registro eléctrico había unos cables sueltos y mal aislados que podían haber causado una desgracia mucho mayor que pasarme los siguientes minutos frotándome el dolorido brazo.

viernes, 16 de enero de 2015

Ni encima ni debajo, sino todo lo contrario

Si una persona tiene un percance con un automóvil, ¿qué es preferible, que el coche le pase por encima o que le pase por debajo (o dicho de otro modo, que sea él quien pase por encima del vehículo)? A priori la respuesta parece evidente, pero como sucede con casi todo, depende.

Cual precoz cazador de mitos yo mismo realicé un par de simples experimentos utilizando mi propio cuerpo como conejillo de indias, aunque desde luego el resultado no es para nada concluyente o extrapolable a ninguna otra situación similar, ya que los factores que influyen en el resultado final son múltiples y variados, y difícilmente controlables en una situación de atropello real.

Experimento 1: Al doblar la esquina de la Avenida de la Jota para encarar el último tramo hasta el colegio homónimo, había un amago de acera estrecha e intermitente junto a la tapia de una vieja fábrica que nunca supe a qué se dedicaba, por lo que en cuanto era posible solíamos cruzar al otro lado de la calle para transitar por un lugar más seguro. Un día, un coche tomó la curva con demasiada celeridad y escasas precauciones y nos sorprendió con un pie ya en la calzada. Frenó en seco, y milagrosamente no se llevó a nadie por delante, aunque quedó parado justo delante de mi, con el lateral del chasis a escasos centímetros de mi cara y una rueda encima de mi zapato. Afortunadamente, sólo me pisó la puntera, y además debía de llevar un calzado crecedero que me venía grande, porque no me aplastó los dedos del pie ni recuerdo ningún tipo de presión o dolor. En cierto modo acabé debajo del coche, pero todo quedó en un susto.

Ni encima ni debajo, sino todo lo contrario
Ruedas asesinas - Dominio Público

Experimento 2: Muchos años después volvía a casa después de dar un paseo en bici, pedaleando por la acera junto a un largo muro de ladrillo que protegía el hueco de la rampa de acceso al garaje de un edificio del Actur. Los coches que salían del aparcamiento obligatoriamente debían girar a la derecha y atravesar la acera por la que yo avanzaba, y ese día un coche tomó la curva con demasiada celeridad y escasas precauciones, cerrándome el paso. Sin poder hacer nada por evitarlo choqué con el lateral del vehículo, volé por encima de la bici y aterricé en el capó del automóvil. Afortunadamente, salvo alguna magulladura sin importancia, no hubo que lamentar daños físicos ni materiales. Acabé encima del coche, pero todo quedó en un susto.

Ni encima ni debajo, sino todo lo contrario
© bertozland - Flickr

Conclusión: Por tanto, según mi propia experiencia, fue más traumático acabar encima del segundo coche que terminar debajo del primero, aunque yo no le recomendaría a nadie hacer la prueba, por si acaso.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Pressing catch

A lo largo de nuestra infancia mis hermanos y yo, como buenos chicazos, nos hemos peleado infinidad de veces de todas las formas posibles y probando todas las distribuciones imaginables: uno contra uno, dos contra uno, tres contra uno, todos contra todos.. A veces incluso jugábamos a pelearnos de mentira con la intención de provocar a nuestra perra Maxi, cruce entre Husky Siberiano y Alaskan Malamute, para que tomara partido y se lanzara a defender a uno u otro. Aunque en realidad daba igual quién hiciese de agresor y quién de víctima, porque ella siempre marcaba el mordisco en el brazo de mi hermano Rubén, curiosamente al que tenía más cariño y respeto.

Pressing catch
© moerschy - Pixabay

Sin duda, el lugar ideal para coreografiar puñetazos y caídas cual extras de acción de Hollywood era la piscina, ya que nos permitía lanzarnos al agua tras el impacto adoptando extrañas poses y practicando todo tipo de acrobacias. Normalmente estos juegos no tenían consecuencias negativas, pero como si de un combate de pressing catch se tratase, a veces encajabas un golpe fortuito y terminabas con alguna contusión.

Un día que estábamos simulando una pelea dentro de una de las piscinas del Parque Deportivo Ebro, mi hermano Rubén calculó mal la distancia y me dio un certero puñetazo en toda la nariz. Nada grave, pero me puse a sangrar como un cerdo y tuve que pasar por la enfermería para que me taponaran la hemorragia con un gran pedazo de algodón. Y a partir de aquella experiencia, no volví a fiarme de practicar ese tipo de juegos con nadie.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Autos de choque

A pocos metros de nuestra casa había un descampado que, cuando no había ningún otro sitio libre en las calles adyacentes, era aprovechado por los vecinos para dejar estacionados sus vehículos. Nuestro 850 durmió allí más de una noche. Sin embargo, una vez al año, nos arrebataban ese espacio, pero al menos era por una buena causa, ya que lo destinaban a la instalación de distintas atracciones para el disfrute de los más pequeños durante las fiestas del barrio. Tiovivos, scalextric gigantes a tamaño real, paseos circulares en poni.., y mi preferida, los autos de choque (también conocidos como autos chocones en otras partes de España, ¡qué gracia me hizo la primera vez que los oí nombrar de esa manera!).

Autos de choque
© arrozconnori - Flickr

Un año iba de copiloto de alguien más mayor, no recuerdo si mi hermano o algún primo, esquivando a duras penas los malintencionados envites de chicos más grandes y brutos, hasta que finalmente nos alcanzaron, haciéndonos la pinza entre dos, uno desde un lateral y otro desde atrás. Yo no iba bien sujeto, el golpe lateral me desequilibró un poco, y el de detrás me cogió totalmente desprevenido, proyectando mi cuerpo hacia delante y haciendo que impactara de lleno con mi cabeza en la carrocería de nuestro vehículo. Terminé las fiestas del barrio con un buen chichón, autos de choque en su estado más puro.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Una de cal y otra de arena

Mi hermano mayor tenía un carácter muy voluble, era capaz tanto de lo mejor como de lo peor. Tan pronto te salvaba del gitanillo de turno que estaba molestándote en el parque, cogiéndolo por los brazos, zarandeándolo y volteándolo como un lanzador de martillo hasta que se cansaba, lo soltaba y salía despedido, volando un par de metros y aterrizando de panza sobre el césped.. como de pronto se le antojaba usarte de diana y en mitad de la calle te amenazaba con lanzarte una piedra, le dabas la espalda y te alejabas corriendo en zig-zag como alma que lleva el diablo, pensando esperanzado en lo difícil que era que te atinara, casi imposible, hasta que de repente notabas un fuerte golpe en la cabeza y te llevabas una cuquera de regalo a casa.

Una de cal y otra de arena
© hakitojin - DeviantArt

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sentar la cabeza

En 3º de E.G.B. ya empezaba a hacer mis pinitos, literalmente. Recuerdo que un día a la hora del recreo estaba haciendo el pino junto a unos compañeros de clase cuando de repente perdí el equilibrio y me di de cabeza contra el suelo, podría decirse que senté la cabeza.

Sentar la cabeza
© Hellerhoff - Wikimedia Commons

No fue un golpe muy fuerte, pero me salió un buen chichón y, aunque en general me encontraba bien, tuve una pequeña conmoción y estaba algo mareado. Así que, por precaución, una de las maestras abandonó al resto de alumnos y me acompañó a casa. Era una chica joven y guapa que acababa de terminar la carrera de magisterio y estaba haciendo prácticas en mi clase, echando una mano a la profesora titular. Pero es que además el trato de favor que me dispensó tenía un truco adicional, ya que no era ni más ni menos que la novia de uno de mis primos mayores, que con el tiempo se convirtió en su mujer y le hizo sentar la cabeza, así que todo quedó en familia.

Aquel día mi madre tenía turno de noche y, para poder tenerme vigilado y quedarse más tranquila, me llevó con ella a su trabajo en la Maternidad Provincial de Zaragoza, que en aquel entonces tenía sus instalaciones en un antiguo edificio colindante con la plaza de toros. Mi madre era la encargada de cuidar de los niños más pequeños, así que en la zona que ocupaba no había camas de mi tamaño, pero me hizo un apaño juntando dos cunas y, al contrario de lo que pudiera parecer en un principio, pasé una noche estupenda y reparadora.

lunes, 25 de agosto de 2014

Flying man!

Quién no ha soñado alguna vez que era capaz de volar, elevándose y flotando a su antojo por encima del vulgar mundo terrenal, sintiendo por un instante la libertad más completa y absoluta que puede experimentar un ser humano. De pequeño tenía un sueño recurrente en el que, con un simple pensamiento, ascendía sin esfuerzo por encima de los edificios y los grandes chopos que salpicaban las aceras de mi barrio. Si por algún motivo perdía la concentración un solo momento la gravedad hacía su trabajo y caía a plomo, pero al instante recuperaba el control mental de mi cuerpo y volvía a elevarme sin problemas.

Flying man!
© sharekoube - Flickr

Algunas veces iniciaba el vuelo desde parado, y otras dando grandes zancadas hasta terminar en un largo salto horizontal que ya no acababa nunca. Dentro de esta última modalidad destacaban aquellas veces que bajaba corriendo por las escaleras de mi casa y, al llegar al último tramo, saltaba los 4 ó 5 escalones finales que desembocaban en el pequeño rellano que había justo antes de la puerta acristalada que daba a la calle. Si saltaba con el ángulo adecuado me quedaba flotando en el aire, como si nadara en una piscina, pero si fallaba caía al suelo sin mayores contratiempos desde una altura de apenas un metro.

Ese salto lo hice millones de veces en la vida real, quizá tratando de poner en práctica mi sueño, hasta que un día tropecé al aterrizar y resbalé hasta dar con mi cabeza contra la puerta de la calle, rompiendo el cristal en mil pedazos. No me hice daño, pero mi sueño de volar se hizo añicos para siempre.

lunes, 18 de agosto de 2014

Un clavo saca otro clavo

En ocasiones nos acercábamos a las lindes del barrio, y por ende de la ciudad, a merodear alrededor de unas grandes naves en ruinas pertenecientes a viejas fábricas abandonadas tiempo ha. Entre los escombros buscábamos reliquias de tiempos pasados: espejos rotos, chapas, baldosines de colores, o simplemente restos de maquinaria en general: tornillos, tuercas, bobinas, imanes..

Un clavo saca otro clavo
© Laborratte - Pixabay

Un día nos encontramos un pequeño tablón con un enorme clavo oxidado que lo atravesaba de lado a lado y dirigía su punta hacia el cielo amenazadoramente. Para aprovechar el juguete nuevo ideamos una inocente prueba de valor que consistía en pasar andando por encima del clavo, apoyando todo el peso del cuerpo sobre él. Llevábamos zapatos de suela gorda y dura, así que no parecía especialmente peligroso. Después de varias rondas disfrutando sin ningún percance de nuestro improvisado juego llegó mi turno de nuevo, apoyé el pie en el clavo y, por unos breves instantes, me alcé y me quedé en equilibrio sobre su punta. Entonces la suela de mi zapato cedió y me hundí. Afortunadamente arqueé instintivamente el pie todo lo que pude y sólo me hice un pequeño rasguño superficial. Mi hermano mayor me ayudó a quitarme el zapato y después arrojó el tablón lo más lejos que pudo, se había acabado el juego.

Pero no las emociones fuertes porque, mientras seguíamos con la mirada la trayectoria del trozo de madera, vimos que desde aquella dirección se acercaba hacia nosotros el matón del barrio, el Molina, con su pandilla. El enfrentamiento parecía inevitable. Pero entonces sucedió el milagro, el matón pasó justo por donde había aterrizado nuestro desechado juguete y, de repente, cayó al suelo aullando de dolor, y en nuestra imaginación supimos que había pisado el clavo y se lo había hundido hasta el hueso. Sus acólitos le ayudaron a incorporarse y, con una visible cojera, se alejaron de allí y de nosotros. Mi herida debía de ser ridícula en comparación con la suya pero, sólo por si acaso, ya que el clavo estaba oxidado, mis padres me llevaron al médico y me pusieron un recordatorio de la vacuna antitetánica. Que yo recuerde no fue la primera ni la última vez.

lunes, 11 de agosto de 2014

Lucha de bandas

Allá por 1º de E.G.B. surgieron en nuestro curso, de forma totalmente espontánea, un par de bandas rivales que durante un breve espacio de tiempo pugnaron por hacerse con el control del patio de recreo. Yo podía haberme quedado al margen, pero opté por alistarme a la que lideraba uno de mis compañeros de clase.

Lucha de bandas
Cosas de niños - Dominio Público

No es que hubiera grandes enfrentamientos entre ambos grupos, de hecho la mayor parte del tiempo simplemente nos evitábamos e ignorábamos, ya que el patio de recreo era lo suficientemente grande como para dar cabida a ambas bandas y a unas cuantas más. Sin embargo, la cosa cambiaba si por casualidad uno de los grupos se topaba con un rival aislado de su manada, como pude comprobar por mi mismo en una ocasión en la que caminaba solitario y despreocupado hacia mi fila para entrar a clase.

De repente me vi rodeado por 6 ó 7 de mis enemigos viscerales que sin mediar palabra me derribaron al suelo y comenzaron a propinarme patadas desde todas las direcciones. No sentí miedo, ni dolor, su objetivo era más asustar que hacer daño, aunque por precaución me protegí la cabeza con los brazos a la espera de que amainara la tormenta. No duró mucho, porque un adulto acudió enseguida al rescate. Pero no fue un profesor como hubiera cabido esperar, sino Antonio, vecino y padre de un amigo, que me quitó a los asaltantes de encima con suma facilidad, como si estuviera acostumbrado a ese trabajo, y así era, al fin y al cabo se ganaba la vida como policía antidisturbios.

Finalmente, cuando todo acabó, no sentí odio o ansias de venganza, eran las reglas del juego de bandas, y aunque no soy agresivo o violento por naturaleza, es probable que yo hubiera hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Como diría Terry Pratchett: "la inteligencia de una turba viene dada por el coeficiente intelectual de su miembro más tonto dividida por el número de miembros". Precisamente hace poco leí un artículo que profundizaba en el por qué de este comportamiento tan irracional.

lunes, 4 de agosto de 2014

Tarzán de los monos

Al lado de casa, atravesando una amplia explanada de tierra donde solíamos jugar al fútbol, discurría una estrecha acequia de caudal normalmente escaso y muchas veces inexistente. La orilla izquierda estaba flanqueada por un ancho muro de tierra de aproximadamente metro y medio de altura, coronado por un manto de árboles y matorrales que albergaban una amplia variedad de alimañas, como ratas, ratones, arañas o culebras de agua.

Tarzán de los monos
© skayne - Flickr

Un día, jugando por la zona, descubrimos que alguien había dejado atada a la rama de un árbol una soga, que pendía a más de dos metros de altura sobre el cauce seco de la acequia. Casi de inmediato, decidimos hacer uso de ella para balancearnos como si fuéramos Tarzán de los monos. Desde lo alto del muro de tierra nos lanzábamos al vacío bien sujetos con ambas manos a nuestra improvisada liana y, tras una o dos oscilaciones, pisábamos tierra firme de nuevo y le pasábamos la cuerda al siguiente.

Después de varias rondas disfrutando sin ningún percance de nuestro improvisado juego llegó mi turno de nuevo, agarré la soga y, sin pensármelo demasiado, me impulsé con todas mis fuerzas. Cuando me encontraba en lo más alto de la trayectoria, prácticamente en la horizontal, la soga se rompió y caí hacia el suelo a plomo. El choque fue muy duro, aterricé totalmente plano, golpeando con toda la espalda contra el fondo de la acequia, y por un momento me quedé sin respiración. Pero una vez que pasó el primer instante de shock pude incorporarme sin mayores problemas, magullado pero entero. Podía haber sido mucho peor, porque justo donde tenía que haber aterrizado mi cabeza había una piedra puntiaguda que evité sólo por milímetros. Por suerte, las clases de Judo me habían enseñado cómo caer y protegí mi cabeza instintivamente llevando la barbilla hacia el pecho con rapidez durante el fugaz descenso. Eso sí, el dolor de espalda me duró varias semanas.

lunes, 28 de julio de 2014

Karate Kid

De vez en cuando, en el pabellón-comedor-salón de actos del colegio La Jota, instalaban un proyector de cine y una pantalla gigante y nos ponían una película infantil, acorde a nuestra edad. No estoy seguro de si esas ocasiones coincidían con algún periodo vacacional, o de si pertenecían a alguna actividad extraescolar y cultural más, pero sí de que eran fuera del horario lectivo. Además debía de ser gratis, o al menos más económico que un cine convencional, porque acudíamos en masa a disfrutar de la proyección y el salón acababa completamente abarrotado de chicos y chicas.

Karate Kid
© nevilzaveri - Flickr

En una ocasión nos pusieron "Karate Kid", todo un clásico de mi generación, y quedamos tan embelesados con las aventuras, el entrenamiento, los combates y la victoria final del joven Daniel-san, que a la salida estábamos todos muy excitados y nos sentíamos cual pequeños e invencibles karatekas. Yo caminaba con un par de amigos comentando las mejores escenas cuando, de repente, aún bajo los soportales del colegio, cual malos de la película, se nos plantaron delante unos camorristas buscando problemas. Uno de ellos llevaba en la mano una lama de plástico proveniente de alguna persiana rota y la blandía a modo de espada. No recuerdo qué nos dijeron, pero en un momento dado apoyó la punta de su improvisada arma en mi pecho y, sin pensar demasiado en las consecuencias, la sujeté fuertemente con mi mano derecha. El macarra dió un tirón seco hacia atrás para liberar su espada de mi presa, y por un momento sentí como el plástico, al deslizarse fuera de mi mano, cortaba profundamente la carne entre la primera y la segunda falange de mi dedo anular. No grité, ni siquiera sentí dolor, simplemente puse cara de asombro y pensé que la habíamos liado buena. Los asaltantes huyeron rápidamente de la escena del crimen en cuanto vieron cómo empezaba a manar abundante sangre de mi mano, y yo marché para casa consternado por la manera tan tonta en que se había torcido una tarde hasta entonces magnífica.

Mis padres no estaban en casa, no se si aquel día trabajaban o simplemente habían aprovechado el rato del cine para hacer algún recado sin tener que preocuparse de sus hijos, así que bajé al piso donde vivían mis primas y mi tío Rafa me puso un aparatoso vendaje. Agradecí que en esa ocasión ni siquiera me llamara gilipollas. Cuando por fin llegaron mis padres echaron un vistazo a la herida y como tenía mala pinta me llevaron a urgencias, donde finalmente me pusieron 3 ó 4 puntos de sutura. Yo quería mirar cómo me cosían pero uno de los médicos no me dejó por si me mareaba. Aunque era mentira, para intentar convencerle le dije que de mayor quería ser médico, pero para cuando accedió a mi petición ya habían terminado.

Con el tiempo tan sólo me quedó una cicatriz casi imperceptible, disimulada entre los pliegues naturales de la articulación del dedo. Es mi marca de guerra de aquel lejano día en el que todos fuimos por un rato Karate Kid.

lunes, 14 de abril de 2014

Dancing queen

Cuando era pequeño siempre andaba corriendo de un lado para otro, trepando a árboles, muros y farolas, y saltando cuantos obstáculos se me pusieran por delante, ya fuera un banco del parque, un seto, o algún compañero del colegio sentado en el suelo del recreo. Viéndolo con retrospectiva es un auténtico milagro que nunca me rompiera ningún hueso. La lesión más grave que tuve en aquella época fue una luxación del hombro, pero la forma en que me la hice no tuvo nada que ver con mi hiperactividad.

Era el día de Nochebuena y mi madre había puesto una cinta de villancicos en el radiocasete para crear ese ambiente navideño que tanto le gusta. Estaba bailando con mi hermano mayor en el salón cuando de repente tropezamos, perdimos el equilibrio, y caímos sobre el sofá. Yo quedé atrapado debajo y al liberarme empecé a resentirme y a quejarme de un dolor muy intenso en el brazo. En otras circunstancias no debía de ser especialmente llorón, por lo que mis padres me llevaron al médico preocupados, pero allí no me vieron nada y me mandaron para casa sin más. Sin embargo, un par de días más tarde, el dolor seguía sin remitir y yo no paraba de quejarme, así que mi madre me llevó a urgencias y esta vez si que detectaron el problema, había sufrido una luxación del hombro. Me inmovilizaron el brazo durante unos días y todo solucionado, o casi, porque me quedó una grave secuela de por vida.

Dancing queen
Hombro - Dominio Público

Desde entonces puedo forzar el hombro a voluntad para que se desplace ligeramente fuera de su sitio, formando un pequeño hoyuelo en la piel por el que se puede introducir la punta del dedo apenas un centímetro hacia las entrañas de mi articulación.