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lunes, 27 de junio de 2016

Mallorca

Para conmemorar el final de etapa de la Educación General Básica, era costumbre hacer un viaje fin de curso o viaje de estudios a algún destino elegido por los propios alumnos, bajo la tutela de varios profesores y/o padres de alumnos dispuestos a aceptar semejante responsabilidad. El año que me tocaba a mí decidimos por consenso ir a Mallorca, y desde principio de curso estuvimos preparándonos para ese gran acontecimiento.

Mallorca
© oggd - Flickr

Con el fin de sufragar parte del coste que suponía un viaje de esas características preparamos diversas rifas, mercadillos y demás actividades por el estilo, y en las semanas previas a Navidad nos recorrimos todos los pisos del barrio intentando vender algunos boletos de lotería. Era una labor muy desagradecida, te daban con la puerta en las narices, te decían que ya le habían comprado el día anterior a otro compañero cuando nos acababan de repartir los talonarios esa misma tarde, te abría la puerta un negro enorme medio desnudo gritándote cosas ininteligibles en otro idioma.. Al final conseguí vender muchos aparentando que sólo me quedaba uno, parece que entonces la gente se sentía más predispuesta a hacerte el favor de ayudarte a terminar la tarea.

El día de la partida estaba muy excitado. No era la primera vez que salía de casa, pues llevaba años asistiendo a campamentos de verano, pero sí era la primera ocasión en que iba a volar en avión. Estaba tan nervioso que no me percaté de que llevaba un cortauñas en el bolsillo del pantalón, y el arco de seguridad del aeropuerto se puso a pitar como loco. Varias veces me palpé los bolsillos y al no encontrar nada volvía a pasar y la máquina volvía a delatarme con su estridente sonido, ¡qué vergüenza! Hasta que al final hallé al culpable en un recodo casi oculto y pude pasar el control dejando el utensilio atrás, ya que quedó confiscado como peligrosa arma blanca.

No recuerdo gran cosa de las visitas por la isla, tan sólo que desde el hotel bajábamos a una playa cercana plagada de piedras en lugar de arena, que fuimos a visitar las espectaculares Cuevas del Drach, donde nos pasearon en barca por el lago subterráneo mientras unos músicos interpretaban en directo la preciosa "Barcarola de Los cuentos de Hoffman" de Offenbach, junto a otras obras de Chopin y Mozart, que nos condujeron a la fábrica de perlas Majorica bajo un diluvio de proporciones bíblicas con la esperanza de que gastásemos lo que no teníamos, o que una noche nos llevaron a una discoteca apta para menores de edad donde tenían preparados varios juegos para que el público se lo pasase bien y bailamos como locos al son de la música del momento, yo como Jon Travolta en "Fiebre del sábado noche" si hacemos caso a los comentarios de mi compañeros, que supongo que sólo se estaban quedando conmigo.

Como no podía ser de otra manera, al estar lejos de sus padres muchos chicos y chicas aprovecharon para hacer gamberradas, como reventar naranjas contra el techo de las habitaciones del hotel, dejando una mancha de zumo coloreando todo aquello que la explosión había alcanzado, o pasar de unas habitaciones a otras andando sobre unas vigas que atravesaban el patio de luces, en un claro e irresponsable acto precursor del balconing moderno, o simplemente fumar a escondidas. Qué desilusión pillar in fraganti a una chica sensata e inteligente como Silvia con un cigarrillo en la mano. Pero mayor decepción fue que al verme intentó esconderlo, como si yo fuera a revelar su terrible secreto a alguien, qué poca confianza.

El día que volvíamos a casa casi pierdo el autobús que debía llevarnos al puerto para embarcar rumbo a Barcelona. Pero es que no podía irme de Mallorca sin llevar conmigo al menos un par de sus famosas ensaimadas para compartir y degustar en familia a mi regreso. El problema es que pasé tanto hambre en las 8 horas de travesía en barco por el Mediterráneo que acabé por comerme una de ellas, y para no terminar con la restante tuve que comprarme un bocadillo de jamón. Tanta hambre tenía que me comí hasta el tocino que habitualmente separo, a pesar de que mucha gente afirma que es la mejor parte. En este caso la mejor parte es que la segunda ensaimada sobrevivió, aunque era demasiado pequeña para que nos tocara a mucho en una familia numerosa. Sí, nos, yo también tuve mi parte, al fin y al cabo era quien la había porteado, y sin probarla no hubiera podido decir si estaba mejor o peor que la que me había comido en solitario. ¿No he contado nunca lo goloso que soy?

viernes, 22 de abril de 2016

El postre menos deseado

De tanto coincidir en la playa día tras día, año tras año, al final acababas haciendo amigos, como esa familia originaria del sur pero residente en Barcelona que tenían una niña pequeña más o menos de la edad de mi hermana María, y que a veces hasta nos guardaban medio metro cuadrado de las atestadas arenas de Salou si bajaban a la playa antes que nosotros.

El postre menos deseado
© Hgrove - Wikimedia Commons

Una vez nos invitaron a comer a su apartamento, situado en la octava planta del rascacielos que había en primera línea de playa. ¡Menudas vistas! Y eso que sólo estábamos situados a la mitad de la altura total del edificio. Desde la azotea casi se podía apreciar la curvatura de la Tierra en el horizonte, y las boyas que a ras de suelo parecían tan lejanas se veían infinitamente más cerca de la orilla en comparación con la enorme extensión de agua que quedaba por detrás.

No recuerdo qué nos sirvieron de comida aquel día, sólo que el postre no nos gustó a ninguno, pero por educación nos lo comimos igualmente con nuestra mejor sonrisa. En mi memoria era media chirimoya que habían vaciado y vuelto a rellenar tras mezclar su carne con alguna otra cosa, aunque hablando sobre aquel episodio con mi madre, ella asegura que era un aguacate.

En cualquier caso, la cocinera nos preguntó con la bandeja en la mano si nos había gustado. Había sobrado una pieza y todos nos olimos lo que podía ocurrir si decíamos que sí, pero tampoco podíamos decir que no. Afortunadamente, fuimos rescatos in extremis por mi hermano Rubén, siempre tan educado él, que cayó en la trampa y se lanzó inconscientemente a alabar su textura y sabor, obteniendo como recompensa el pedazo sobrante de repetición. Casi morimos asfixiados allí mismo conteniendo la risa, pero aquella noche, ya en nuestro apartamento, comentamos la jugada una y otra vez a carcajada limpia. ¡Toma, por pelota!

viernes, 26 de febrero de 2016

Cómo desgraciar una buena carne

Una compañera de trabajo de mi madre le pasó una receta de cocina que mezclaba carne con leche en la olla express. A priori no parecía mala idea, hasta que entré en la cocina, olí el guiso y se me revolvió el estómago. Fui incapaz de comerlo, no tanto por el sabor, que no estaba mal del todo, sino porque era incapaz de soportar el hedor que desprendía. Se me quedó tan impregnado en las fosas nasales que cuando detectaba ese olor característico automáticamente me entraban ganas de vomitar. Para mi gusto, una auténtica pena desgraciar una buena carne de esa manera.

Cómo desgraciar una buena carne
© topdrawersausage - Flickr

lunes, 8 de febrero de 2016

Café para los muy cafeteros

Algunos fines de semana, nuestro vecino Salvador se presentaba en casa después de comer y se tomaba un café con mi padre, mientras charlaban tranquilamente de cosas de mayores. Ambos eran muy cafeteros y disfrutaban de ese brebaje amargo, sólo y sin azúcar, como si realmente les gustase. Algo que nunca he podido comprender, pues a mi lo único que me agrada del café es el aroma de los granos recién molidos, y por supuesto su efecto estimulante, aunque en realidad no me afecte demasiado, ya que nunca me ha quitado el sueño, sólo lo justo para no quedarme dormido al volante.

Café para los muy cafeteros
© anieto2k - Flickr

Acomodados en el sofá del salón, solían pedirme que fuera yo el encargado de preparárselo, porque les tenía perfectamente tomada la medida y sabía que les gustaba bien cargado, cuanto más fuerte mejor. Así que llenaba la cazoleta hasta el borde, bien repleta de café pero sin apelmazarlo en demasía, y lo ponía a fuego lento para que subiera despacio capturando todo el sabor.

Hubo una ocasión en que se terminó el café y apenas había llenado la mitad del recipiente pero, en lugar de molestarles con nimiedades o dejarles sin su ansiado néctar, eché mano sin que se percataran de un bote de Nescafé que teníamos por casa y rellené lo que faltaba con los polvos de ese pseudo-café que mi padre y el vecino repudiaban sin ambages. Cuando estuvo listo les serví un par de tazas y me quedé en segundo plano observando y esperando su inminente reacción de rechazo. Pero cuál no fue mi sorpresa cuando empezaron a alabarlo como el mejor café que les había preparado nunca.

¡Qué risa para mis adentros!, con lo que se las daban de grandes cafeteros y se la había colado con un sucedáneo barato de disolución instantánea. Me mordí la lengua, pero al final no pude evitar confesar mi jugada maestra mientras disfrutaba de sus caras de incredulidad. Aunque quizás hubiera sido más inteligente guardarme el secreto, por si necesitaba volver a emplear mi receta secreta más adelante sin levantar sospechas.

viernes, 22 de enero de 2016

Comida para astronautas

¿Por qué la pasta dentífrica para niños tiene colores, aromas y sabores tan deliciosos? La mayoría de las que he probado se parecen más a una apetitosa golosina que a un producto de limpieza e higiene bucal. Además, el formato clásico de los envases recuerda mucho a los tubos de comida que usaban los primeros cosmonautas soviéticos, de modo que no es de extrañar que un chaval que soñaba con explorar el universo a bordo de una nave espacial (¿quién no lo ha hecho alguna vez?), se sintiera más cerca de su objetivo cuando ingería el pseudo-alimento espacial que tenía más a mano.

Comida para astronautas
© Aliazimi - Wikimedia Commons

Ojalá esta visión poética del asunto fuera verídica, pero la fría y cruda realidad es que mientras me estaba lavando los dientes no pensaba precisamente en los secretos del cosmos, sino en que la pasta tenía un sabor tan dulce e irresistible.. Menos mal que nunca me produjo dolor de estómago u otros problemas gastrointestinales. De hecho, estoy seguro de que, en previsión de ese comportamiento por parte de niños como yo, la pasta de dientes era comestible, aunque no creo que fuera muy nutritiva.

viernes, 15 de enero de 2016

Flipi y Flape

El campamento de verano que recuerdo con mayor satisfacción, de entre los muchos a los que asistí de joven, es sin lugar a dudas el de Broto. Puede deberse a que ya era más mayor y lo disfruté de otra manera, o a que tenía la compañía de mi hermano Rubén y nuestro vecino José Pedro, que en aquella época éramos como uña y carne, o a que todavía estuviese flotando en una nube de felicidad porque acababa de nacer mi hermana pequeña, o seguramente debido a una suma de todo ello, aderezado con un entorno idílico y paradisíaco perdido entre las montañas del Pirineo aragonés.

Flipi y Flape
© Escobar - Zipi y Zape, los primos revoltosos de Flipi y Flape

Cada jornada era intensa y agotadora, realizábamos tantas actividades distintas que todos los días terminábamos extenuados. Excursiones por el monte calzados con las legendarias chirucas, baños bajo la Cascada de Sorrosal años antes de que lo prohibieran por motivos de seguridad, juegos, concursos y pruebas de lo más variadas, como recorrer el pueblo con un calzoncillo en la cabeza, canciones e himnos para cohesionar el grupo, mis primeras trepadas por el muro de una iglesia, carreras por la pradera, tumbarse a recuperar el aliento sobre el mar de hierba mientras cientos de pequeños saltamontes brincaban a tu alrededor, el indómito Marco, el monitor que fabricó un arco casero utilizando únicamente materiales silvestres, el antiguo cementerio con sus lápidas abandonadas entre la maleza, historias de miedo a la luz y el calor de una hoguera, las estrellas llenando el firmamento nocturno..

Cuando llegaba el anochecer no me quedaban fuerzas suficientes para mantener los ojos abiertos, era incapaz de concentrarme en las actividades que aún no hubieran finalizado y andaba dando tumbos de un lado a otro como un borracho, totalmente derrotado, hasta el punto de que uno de los monitores me llevó un día a un rincón apartado y me preguntó si estaba flipado, si tomaba alguna droga. Quiero pensar que no lo decía en serio, siempre me quedará la duda, pero de algún modo la anécdota llegó a oídos de más gente, se corrió la voz, y a partir de entonces todos empezaron a llamarme Flipi. Y, por extensión, a José Pedro, mi amigo inseparable, le llamaron Flape. Flipi y Flape, en clara alusión a Zipi y Zape, los traviesos gemelos del cómic español.

Poco antes de finalizar el campamento, los monitores idearon una gala para resaltar las características, manías y/o virtudes individuales de cada uno, y hacernos entrega de diferentes títulos honoríficos que reflejaran esa realidad de forma amena y divertida. Aún con la sombra de Flipi revoloteando sobre mi cabeza, hubo sorpresa, y tanto mi hermano como yo fuimos acusados de tragones y zampabollos por diversos motivos. En mi caso porque después de una de las primeras cenas acabé vomitando por empacho, y en el de mi hermano porque durante un desayuno hundió el cuchillo en el tarro de la mantequilla, que estaba algo reblandecida, y se llevó más de medio bote de una tacada. Pero la verdad es que eso fueron sólo dos hechos puntuales y que tragábamos como limas en cada desayuno, comida, merienda y cena. Nos habíamos ganado el galardón a pulso.

Un día, durante una de esas comidas, alguien en mi mesa comentó en voz alta que yo no le quitaba el ojo de encima a Marta, una chiquilla de Barcelona del grupo de al lado. Ni siquiera me había fijado especialmente en ella, simplemente estaba absorto pensando en mis cosas, y dio la casualidad de que mi mirada se dirigía hacia el infinito en esa dirección. Pero el mal ya estaba hecho, el rumor corrió como la pólvora entre jóvenes y mayores e incluso Marco se lo tomó a asunto personal, hasta el punto de que prácticamente me obligó a pedirle a Marta el primer baile de la fiesta de despedida, y se encargó de elegir para la ocasión la canción más larga y lenta que pudo encontrar.

La misma noche del famoso baile me escabullí de la fiesta en cuanto tuve la oportunidad, no me sentía cómodo en ese ambiente, con todas las miradas puestas en mí. Una mano invisible me guió hacia la pradera, donde me encontré a uno de los chicos más mayores tumbado sobre una manta contemplando el precioso cielo estrellado. Estaba deprimido porque había discutido con su novia, que casualmente era la hermana pequeña de Marco, y además la joven ayudante de cocina del campamento. Estuvimos hablando largo y tendido de muchas cosas, como si fuésemos viejos amigos, y algo mágico sucedió. No tengo ni la más remota idea de qué le dije exactamente, pero al parecer mis palabras ayudaron de alguna manera a la posterior reconciliación de la pareja. De hecho, más tarde ambos me lo agradecieron efusivamente, dejándome en mi libreta de recuerdos unas emotivas y especiales dedicatorias. Fue el colofón perfecto a unos días inolvidables.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Marchando una de calamares

Un día estábamos en el interior del aula con Don Andrés. No recuerdo si es que fuera el tiempo estaba demasiado revuelto como para hacer deporte, o estaba sustituyendo a algún profesor que había faltado a clase, o simplemente quería hacer algo diferente. El caso es que nos propuso un reto muy simple, un concurso de preguntas y respuestas, dos equipos, chicos contra chicas, y los perdedores tendrían que pagarle un bocadillo de calamares a los ganadores. Aceptamos, jugamos, y perdimos.

Marchando una de calamares
© Lagambadeoro - Wikimedia Commons

Durante muchos días nadie dijo nada sobre pagar la deuda contraída con las chicas, pero a mi todo ese asunto me estaba reconcomiendo por dentro, ya que mi madre me había enseñado desde pequeño a cumplir mis promesas. Cuando no pude soportar más esa pesada carga le pregunté a mis padres si debía hacer algo, y me animaron a ello. Así que hablé con mi tía Jovita, que regentaba un bar en el Arrabal, para ver si nos prepararía unos calamares a la romana, y cuando me dio el visto bueno escribí de mi puño y letra unas papeletas para todos mis compañeros, indicando el día y lugar donde por fin íbamos a saldar nuestra deuda. Sólo tenían que indicarme quién iba a acudir y quién no, para que mi tía lo tuviera todo dispuesto.

No se animaron todos, pero si muchos más de los que esperaba, más de la mitad de la clase. Pero llegó el día señalado y sólo acudimos a la cita 4 ó 5 personas. Fue un fracaso absoluto. Y aunque al final nos lo pasamos muy bien y comimos calamares hasta reventar, a mi tía no le hizo mucha gracia haber comprado y cocinado provisiones de más.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Regaliz de palo

A las puertas de salida del colegio La Jota se situaba a veces un señor mayor, portando un pequeño fardo de ramitas que vendía entre la chiquillería y sus progenitores. Esas ramitas no eran otra cosa que regaliz de palo, las raíces de una planta que crece y se expande profusamente cerca de las acequias y los lechos de los ríos. Una mala hierba, como las ortigas, pero con una utilidad mayor, ya que podías mascar la madera para extraer su jugo agridulce, dejándote un sabor metálico residual en la boca. Beber agua después de haber masticado un poco de regaliz era toda una experiencia sensitiva. A las ortigas en cambio todavía no les he encontrado ningún uso beneficioso.

Regaliz de palo
Regaliz de palo - Dominio Público

lunes, 25 de mayo de 2015

Deshojando alcachofas

Estábamos de visita en un pueblo, no recuerdo si era Cabolafuente o Torrevelilla, aunque probablemente se tratara del primero, porque juraría que entre nosotros estaba mi primo Javi, de la rama familiar materna.

Deshojando alcachofas
© LoggaWiggler - Pixabay

Mientras paseábamos por sus calles nos topamos a las puertas de una casa un solitario cesto de mimbre repleto de alcachofas recién cogidas. Muchas veces habíamos visto a nuestra madre preparar ese vegetal de sabor metálico y desagradable arrancando una a una las hojas de las primeras capas hasta alcanzar el corazón, la parte más tierna y comestible.

De algún modo, nos pareció divertido realizar ese proceso nosotros mismos, así que nos hicimos con una alcachofa por cabeza y comenzamos a deshojarlas. Pero había un problema, no sabíamos cuándo parar, y antes de darnos cuenta habíamos sobrepasado el límite y estábamos con las manos prácticamente vacías.

Después de repetir el mismo proceso un par de veces más con idéntico resultado, decidimos que había llegado el momento de alejarnos de aquel lugar antes de que algún vecino nos pillara con las manos en la masa y su provisión de alcachofas reducida drásticamente. Al menos en un futuro próximo, seguiría siendo más provechoso para nuestros estómagos dejarle a nuestra madre la exclusividad de las labores culinarias.

lunes, 30 de marzo de 2015

Cebolla, premio y castigo

Un verano, durante mi estancia en unos campamentos, los monitores nos propusieron un reto muy sencillo. Se trataba de formar equipos y jugar una simple partida al trivial de toda la vida. No recuerdo cuál era el premio para los ganadores, pero la peculiaridad residía en que si fallabas alguna pregunta uno de los miembros de tu equipo tenía que morder una cebolla cruda como castigo.

Cebolla, premio y castigo
© Sabrosas y picantes cebollas - Dominio Público

Al cabo de un rato de estar jugando, y haber demostrado sobradamente que nuestro equipo era bastante penoso, nos preguntaron cuál era el nombre artístico del dúo formado por los actores Stan Laurel y Oliver Hardy. ¡Yo sabía la respuesta!, sin duda eran el gordo y el flaco, que tan buenos momentos me habían hecho pasar en blanco y negro ante el televisor. Pero no dije nada, ya habíamos metido la pata varias veces y me dio vergüenza tenerlo tan claro y que resultara ser otro error. Al final, un compañero contestó algo incorrecto y nos ganamos otro bocado de una enorme y picante cebolla. En esa ocasión me ofrecí voluntario, en parte como castigo para expiar mi culpa y remordimiento por no haber contestado correctamente a la pregunta, y en parte como premio, porque tenía hambre y en contra de toda lógica la cebolla me gustaba mucho.

viernes, 2 de enero de 2015

¿Castigo divino?

¡Feliz año nuevo!

La tarde anterior al día de mi Primera Comunión teníamos que pasarnos por la parroquia para que nos dieran las últimas instrucciones antes de la ceremonia: cuándo y en qué orden entrar, cómo colocarnos frente al altar, quién iba a leer cada lectura o las peticiones, qué debíamos responder en cada momento, etc. Pero lo más importante de la cita era que nos confesáramos con el cura para recibir por primera vez la hostia consagrada lo más puros de espíritu posible.

¿Castigo divino?
© Tamorlan - Wikimedia Commons

Yo acudí a la hora indicada a la iglesia-guardería del barrio, pero no vi a nadie de mi grupo ni por los alrededores ni en el interior. Bajé las escaleras hacia el corazón del edificio y recorrí todas las estancias sin encontrar a nadie conocido, así que me marché sin darle mayor importancia, suponiendo que habían cancelado o cambiado la reunión y no me había enterado. De vuelta a casa me encontré por la calle con algún conocido y me quedé jugando un rato, así que cuando llegué a casa nadie dudaba de que había pasado todo ese tiempo donde se supone que tenía que haber estado. De hecho mis padres me preguntaron que cómo había ido la reunión y por no dar explicaciones mentí y dije que bien.

Al día siguiente la celebración fue un éxito y al finalizar recibí multitud de felicitaciones y regalos de toda la familia. Después estuve jugando con mis hermanos y mis primas al lado de la acequia, hasta que marchamos a festejarlo degustando un montón de riquísimos pinchos, tapas y bocadillos en el bar que mis tíos Ángel y Lola regentaban en el Arrabal. Me harté tanto de comer y jugar que por la noche acabé vomitándolo todo.

Años más tarde, en la Universidad, tenía un compañero numerario del Opus Dei que me contó que no está permitido comulgar en pecado, al parecer es un pecado todavía mayor. Entonces me acordé de la mentira que le dije a mis padres el día antes de mi Primera Comunión y pensé "¿mi vómito de aquel día fue algún tipo de castigo divino?". No, sólo una mezcla explosiva de comida, juegos y emociones fuertes.

viernes, 28 de noviembre de 2014

¡Ah, del castillo!

No sé cuántas veces fuimos de excursión al castillo de Loarre cuando éramos pequeños, supongo que no más de 2 ó 3, pero en mi recuerdo podrían haber sido muchas más. Y en cada una de ellas hacíamos el trayecto en autobús junto a las monjas del trabajo de mi madre, que para amenizar el viaje siempre traían varias docenas de las rosquillas caseras más ricas que he comido en mi vida.

¡Ah, del castillo!
Castillo de Loarre - Dominio Público

Conforme nos íbamos acercando a la fortaleza, situada en lo alto de una colina, su imponente silueta recortada contra el cielo espoleaba nuestra imaginación, y comenzábamos a soñar despiertos con reyes y princesas, caballeros de brillante armadura, torneos y justas a caballo, pasadizos secretos e intrigas palaciegas.

Una vez dentro del recinto, tras la seguridad de los muros, teníamos libertad para movernos por donde quisiéramos, y recorríamos todas las estancias y pasillos hasta aprendernos de memoria cada rincón. Así fue como descubrimos que entrando en una pequeña habitación oscura, casi una mazmorra, medio oculta bajo unas escaleras, podías acceder a un angosto pasadizo aún más oscuro que desembocaba en unas estrechas y desgastadas escaleras que ascendían hasta una trampilla que se abría en mitad del suelo del salón del trono. Si unos simples chicos habíamos sido capaces de dar con ese pasadizo secreto, sólo podíamos preguntarnos, ¿qué otros secretos aguardaban ser descubiertos entre esas viejas paredes?

lunes, 20 de octubre de 2014

Comida basura

Como mínimo una vez al año intentábamos juntarnos con mis primas para degustar en familia una enorme y deliciosa hamburguesa. No es que necesitáramos ninguna excusa, pero nuestros padres tenían una perfecta, celebrar varios de nuestros cumpleaños de golpe y porrazo, y encima sin tener que manchar nada en casa.

Comida basura
© skeeze - Pixabay

No íbamos a ningún local de comida rápida, que en aquel entonces todavía no estaban de moda, sino que reservábamos mesa en el Burger Paco de la calle Alfonso, al lado de la Plaza del Pilar, un sitio de los de antes, todo un clásico. Allí nos deleitábamos con una hamburguesa fabricada a mano con mucho mimo, y personalizada al gusto de cada uno. Yo siempre me pedía la completa, con todos los ingredientes, y creo que no he probado nada ni remotamente parecido en ningún otro establecimiento en toda mi vida.

Algunos años después inauguraron el primer MacDonald's de Zaragoza, un local de dos plantas en plena Plaza de España. Un día mis padres nos llevaron allí para que probáramos sus famosas hamburguesas, y la decepción que nos llevamos fue monumental. Una vez que nos sirvieron el pedido, nos acomodamos en una mesa de la planta superior. Nuestra expectación era total, allí reunidos en torno a las cajitas de cartón que mantenían a raya e intactas todas nuestras ilusiones, pero al echar un vistazo al contenido se nos cayó el alma a los pies y no sabíamos si reír o llorar.

La famosa hamburguesa consistía en un mini bocadillo diminuto, la cuarta parte de aquello a lo que estábamos acostumbrados, y al margen de una raquítica loncha de queso no recuerdo que tuviera más ingredientes. Desde luego no se parecía en nada a los carteles publicitarios. La engullí de un par de bocados y me quedé con hambre, aunque al menos tengo que admitir que estaba bastante buena. No obstante, totalmente indignado, prometí no volver a comer nunca más en un MacDonald's y, salvo en un par de honrosas excepciones, lo he cumplido a rajatabla.

lunes, 21 de julio de 2014

Vertedero ilegal

Aunque ahora soy muy buen comedor, a veces demasiado buen comedor, de pequeño me costaba dios y ayuda terminar algunas comidas, sobre todo si consistían en platos que no eran de mi agrado, como el hígado o las alcachofas. Había días que me podía pegar toda la tarde sentado a la mesa, porque mi madre no nos permitía levantarnos hasta que hubiéramos terminado, y si no te lo comías a mediodía ahí lo tenías para merendar, o incluso cenar.

El truco de guardarte la comida en la boca e ir al baño a escupirla en el retrete no servía si no podías levantarte de la mesa, así que había que buscar otras alternativas, se ve que llevamos la picaresca en la sangre. Si estábamos comiendo en el cuarto de estar había poco que hacer, desde mi sitio no tenía acceso a nada que no fuera mi plato. Pero cuando estábamos comiendo en la cocina, mucho más pequeña, tenía más cosas al alcance de mi mano. Entonces sacaba disimuladamente el bolo de mi boca y lo introducía en el hueco que quedaba entre la lavadora y la pared. Recuerdo haberlo hecho incontables veces, aquello parecía un pozo sin fin.

Vertedero ilegal
Vertedero ilegal - Dominio Público

Sé que mis padres terminaron por descubrir el vertedero ilegal mucho tiempo después, supongo que al retirar la lavadora de su sitio para hacer alguna reparación. Me hubiera gustado ver la cara de asombro que ponían al descubrir los restos de comida momificados.

lunes, 14 de julio de 2014

Una delicia prohibitiva

De pequeño, con menos de 10 años, no era raro que mis padres me enviasen a alguna de las tiendas del barrio a hacer pequeñas compras, como pan y leche fresca en bolsa de la marca Alba (¡qué rica estaba!) en el pequeño ultramarinos a la vuelta de la esquina, o frutas y verduras en algún puesto del mercadillo que había en los bajos de nuestro edificio. Después tenía que subir andando hasta casa, cargado, escalón a escalón, porque era demasiado joven para coger el ascensor yo solo, aunque no recuerdo que los 6 pisos se me hiciesen especialmente cuesta arriba. Seguramente ahora llegaría asfixiado, si llegaba.

De motu propio también frecuentaba de vez en cuando una tiendecita de chucherías al otro lado de la calle, a la que al principio llamábamos El Abuelo porque estaba regentada por un abuelito de unos 1.000 años de edad, y a la que después pasamos a denominar La Abuela por razones similares cuando la heredó su viuda.

Una delicia prohibitiva
© Tamorlan - Wikimedia Commons

Pero aunque goloso hasta extremos insospechados, había una delicatessen que me llamaba todavía más y sólo podía degustar muy de vez en cuando debido a su elevado coste. Por aquel entonces mis padres no nos daban propina, al fin y al cabo no teníamos gastos ni necesidades adicionales de ningún tipo, así que cuando de manera extraordinaria era capaz de reunir la asombrosa cantidad de un duro (5 de las antiguas pesetas, algo así como 3 céntimos de euro), corría raudo y veloz a un puesto de encurtidos del mercadillo a comprarme y saborear con pasión avinagrada el pepinillo más grande que pudiera encontrar.

lunes, 19 de mayo de 2014

Gomaespuma

En la guardería había un chico en mi clase que tenía algún tipo de discapacidad intelectual, no recuerdo bien si era Síndrome de Down o algún otro problema de esa índole. Pero a todos los efectos era un compañero más y participaba en todas las actividades con normalidad, salvo por el hecho de que tenía la insana costumbre de llevarse todo a la boca. Que conste que no achaco su comportamiento a su discapacidad, porque mi hermana pequeña tiene Síndrome de Down y nunca ha hecho nada semejante.

Gomaespuma
© Johan - Wikimedia Commons

El caso es que si por ejemplo estábamos haciendo trabajos manuales con plastilina, ésta acababa irremediablemente convertida en una pasta viscosa dentro de su boca. Y cuando después de comer apagaban las luces y nos echábamos una pequeña siesta tumbados en las colchonetas de gomaespuma, se las apañaba para ir sacando poco a poco el relleno de su funda y degustarlo con pasión. No se yo, pero me da que no era un postre muy saludable.

lunes, 5 de mayo de 2014

Un par de pistolas

Mi padrino, también tío y tocayo mío, estuvo viviendo muchos años con su familia en Madrid. Una vez, estando de visita en su casa, me enviaron a la calle a comprar el pan. Me dijeron: "pide un par de pistolas, que aquí las barras de pan se llaman así". Pero yo me quedé muy mosqueado, ¿me estaban tomando el pelo para que hiciera el ridículo en la tienda y poder reírse un poco a mi costa?

Un par de pistolas
© cocoparisienne - Pixabay

Con reticencia bajé a la panadería, que estaba muy cerca en la misma calle, y mientras aguardaba mi turno me iba poniendo cada vez más y más nervioso. Cuando por fin me tocó pedir, dudé un instante si llamar al pan pan y al vino vino, pero finalmente seguí las instrucciones de mi tío al pie de la letra.. y respiré con alivio cuando vi como me servían lo que había solicitado.

Lo más curioso es que el panadero me caló en seguida y me preguntó si era de Zaragoza. Creo que es la única vez en la vida que alguien ha adivinado mi lugar de procedencia sólo con escucharme hablar, quizás con los nervios me salió ese acento maño tan cerrado que todos mis paisanos llevan dentro, yó ínclúídó.

lunes, 28 de abril de 2014

Comida para osos

De vez en cuando íbamos en familia a pasear por el Parque Bruil y, ya de paso, contemplar embelesados a la osa que vivía allí. La tenían hacinada en una especie de cueva artificial, con rejas en la parte delantera para que los visitantes pudieran admirarla en todo su esplendor. Aunque no parecía muy espléndida, una osa vieja, cansada, aburrida, sin nada que hacer en todo el día y con poco espacio para explayarse. Sin embargo, para un niño pequeño tenía su encanto, y supongo que fue el origen de un sueño recurrente que tenía por aquella época.

Comida para osos
Oso grizzly - Dominio Público

Un oso hambriento me perseguía mientras bajaba por las escaleras de casa a toda prisa, saltando los escalones de dos en dos, o de tres en tres, desde el sexto piso en el que vivíamos. Poco a poco el animal me iba ganando terreno, si algo he aprendido viendo películas como "Grizzly" es que no puedes escapar de un oso, es mucho más rápido y fuerte que tú, y para colmo trepa a los árboles y sabe nadar, ¡no tienes dónde esconderte! Al final del sueño, cuando ya lo tenía casi encima, más o menos a la altura del segundo piso donde vivían mis tíos, acababa rindiéndome y en mitad de un rellano me transformaba en un gran chuletón de carne y quedaba tirado en el suelo a la espera de ser devorado.

lunes, 17 de febrero de 2014

Las cosas claras y el chocolate espeso

El tejado del edificio de la iglesia-guardería donde viví mis primeras experiencias educativas era una terraza enorme o solarium, como lo llamarían ahora, rodeada de un pequeño muro que impedía que te arrojases al vacío. Estaba prácticamente diáfana salvo por un tragaluz central que iluminaba el altar de la capilla situada dos pisos por debajo, y que estaba protegido de nuestros embistes por una verja.

© lablasco - Flickr

Las profesoras nos llevaban allí arriba a las horas del recreo y allí arriba jugábamos y nos encorríamos alegremente. A la hora de la merienda nos repartían a cada uno un mendrugo de pan con chocolate, y digo bien, mendrugo, porque llamarlo bocadillo sería muy pretencioso. Pero ya por entonces era goloso más allá de lo que está escrito, así que cuando no me miraban me deshacía del pan arrojándolo a la calle por encima del muro y me comía únicamente el chocolate. Mmm.. ¡qué rico!