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lunes, 27 de junio de 2016

Mallorca

Para conmemorar el final de etapa de la Educación General Básica, era costumbre hacer un viaje fin de curso o viaje de estudios a algún destino elegido por los propios alumnos, bajo la tutela de varios profesores y/o padres de alumnos dispuestos a aceptar semejante responsabilidad. El año que me tocaba a mí decidimos por consenso ir a Mallorca, y desde principio de curso estuvimos preparándonos para ese gran acontecimiento.

Mallorca
© oggd - Flickr

Con el fin de sufragar parte del coste que suponía un viaje de esas características preparamos diversas rifas, mercadillos y demás actividades por el estilo, y en las semanas previas a Navidad nos recorrimos todos los pisos del barrio intentando vender algunos boletos de lotería. Era una labor muy desagradecida, te daban con la puerta en las narices, te decían que ya le habían comprado el día anterior a otro compañero cuando nos acababan de repartir los talonarios esa misma tarde, te abría la puerta un negro enorme medio desnudo gritándote cosas ininteligibles en otro idioma.. Al final conseguí vender muchos aparentando que sólo me quedaba uno, parece que entonces la gente se sentía más predispuesta a hacerte el favor de ayudarte a terminar la tarea.

El día de la partida estaba muy excitado. No era la primera vez que salía de casa, pues llevaba años asistiendo a campamentos de verano, pero sí era la primera ocasión en que iba a volar en avión. Estaba tan nervioso que no me percaté de que llevaba un cortauñas en el bolsillo del pantalón, y el arco de seguridad del aeropuerto se puso a pitar como loco. Varias veces me palpé los bolsillos y al no encontrar nada volvía a pasar y la máquina volvía a delatarme con su estridente sonido, ¡qué vergüenza! Hasta que al final hallé al culpable en un recodo casi oculto y pude pasar el control dejando el utensilio atrás, ya que quedó confiscado como peligrosa arma blanca.

No recuerdo gran cosa de las visitas por la isla, tan sólo que desde el hotel bajábamos a una playa cercana plagada de piedras en lugar de arena, que fuimos a visitar las espectaculares Cuevas del Drach, donde nos pasearon en barca por el lago subterráneo mientras unos músicos interpretaban en directo la preciosa "Barcarola de Los cuentos de Hoffman" de Offenbach, junto a otras obras de Chopin y Mozart, que nos condujeron a la fábrica de perlas Majorica bajo un diluvio de proporciones bíblicas con la esperanza de que gastásemos lo que no teníamos, o que una noche nos llevaron a una discoteca apta para menores de edad donde tenían preparados varios juegos para que el público se lo pasase bien y bailamos como locos al son de la música del momento, yo como Jon Travolta en "Fiebre del sábado noche" si hacemos caso a los comentarios de mi compañeros, que supongo que sólo se estaban quedando conmigo.

Como no podía ser de otra manera, al estar lejos de sus padres muchos chicos y chicas aprovecharon para hacer gamberradas, como reventar naranjas contra el techo de las habitaciones del hotel, dejando una mancha de zumo coloreando todo aquello que la explosión había alcanzado, o pasar de unas habitaciones a otras andando sobre unas vigas que atravesaban el patio de luces, en un claro e irresponsable acto precursor del balconing moderno, o simplemente fumar a escondidas. Qué desilusión pillar in fraganti a una chica sensata e inteligente como Silvia con un cigarrillo en la mano. Pero mayor decepción fue que al verme intentó esconderlo, como si yo fuera a revelar su terrible secreto a alguien, qué poca confianza.

El día que volvíamos a casa casi pierdo el autobús que debía llevarnos al puerto para embarcar rumbo a Barcelona. Pero es que no podía irme de Mallorca sin llevar conmigo al menos un par de sus famosas ensaimadas para compartir y degustar en familia a mi regreso. El problema es que pasé tanto hambre en las 8 horas de travesía en barco por el Mediterráneo que acabé por comerme una de ellas, y para no terminar con la restante tuve que comprarme un bocadillo de jamón. Tanta hambre tenía que me comí hasta el tocino que habitualmente separo, a pesar de que mucha gente afirma que es la mejor parte. En este caso la mejor parte es que la segunda ensaimada sobrevivió, aunque era demasiado pequeña para que nos tocara a mucho en una familia numerosa. Sí, nos, yo también tuve mi parte, al fin y al cabo era quien la había porteado, y sin probarla no hubiera podido decir si estaba mejor o peor que la que me había comido en solitario. ¿No he contado nunca lo goloso que soy?

viernes, 24 de junio de 2016

Volando bajo el mar

Me encanta moverme dentro del agua. Más que nadar, lo que me apasiona es bucear, flotar a media profundidad y disfrutar de esa libertad y ligereza que deben de sentir los pájaros cuando surcan los aires. Seguramente es la sensación más parecida a volar que podemos experimentar sin usar ningún artilugio, pero para que el efecto sea más realista hace falta adquirir velocidad, y una forma sencilla de conseguirla es utilizando unas aletas.

Volando bajo el mar
Volando bajo el mar - Dominio Público

Siempre había querido poseer unas aletas de bucear, y un año mis padres por fin me regalaron un par. Eran de esas baratas que venden en cualquier puesto de recuerdos de cualquier ciudad costera, pero para mí eran más que suficiente. Además, no pude estrenarlas con mejor fortuna, pues el primer día que me las puse encontré bajo el agua un billete de 2.000 pesetas (unos 12 euros) enrollado en forma de canuto, mecido sobre el lecho arenoso en un suave movimiento de vaivén provocado por las olas y las corrientes marinas. ¡Qué gran inversión, si ni siquiera las aletas habían costado tanto! Fue la suerte del principiante, porque lo único que encontré a partir de entonces fueron algas, desperdicios y algún que otro cangrejo ermitaño.

Después del increíble hallazgo dejé las aletas junto a las toallas durante un rato, y cuando me las fui a poner de nuevo, el sol había calentado tanto la goma que se ajustaba a los tobillos que al estirarla para introducir los pies se rajó de arriba a abajo. ¡Qué disgusto! Aún se podían usar, pero ya no se adaptaban tan bien como al principio. También descubrí relativamente pronto que si querías avanzar muy deprisa tenías que ejercer mucha fuerza, y entonces las piernas se cansaban enseguida, se agarrotaban y hasta te podía dar un calambre en los gemelos. Lo cual me hacía preguntarme, ¿sufrirán los pájaros calambres en las alas cuando se lanzan a cruzar los cielos a gran velocidad?

viernes, 17 de junio de 2016

Esquí estilo kamikaze

La primera vez en mi vida que fui a esquiar estaba ya en la Universidad. Un amigo de clase que pertenecía al Opus Dei me invitó a unirme a una escapada de fin de semana junto a algunos integrantes de su secta, La compañía me echaba para atrás, pero la oportunidad de disfrutar de una experiencia como aquella fue más fuerte que mi aversión, así que pronto estaba camino del Pirineo aragonés, en dirección a una bonita casa que el acaudalado padre de alguno de ellos tenía cerca de la estación de Astún.

Esquí estilo kamikaze
Nivel principiante - Dominio Público

A primera hora de la mañana nos plantamos en la entrada de las instalaciones, ataviados con todo el equipo necesario, dispuestos a aprovechar cada minuto del día. Yo era el más novato de todos, pero había algún otro, como mi compañero de clase, que tampoco tenía demasiada experiencia, de modo que nos llevaron a una pista verde, larga, recta y de escasa inclinación, para darnos los primeros consejos, practicar la cuña y aprender a guardar el equilibrio. Fácil, hicimos el recorrido un par de veces y lo básico estaba dominado. Siguiente parada, ¿una pista roja? Yo no lo sabía entonces, era un principiante e iba a donde me llevaban, pero acabábamos de saltarnos las pistas intermedias, las de color azul.

Allí estábamos, en lo más alto de una pequeña colina cuya pronunciada pendiente casi producía vértigo. Cuando llegó mi turno me lancé hacia abajo en línea recta sin pensármelo dos veces. Fui ganando velocidad rápidamente, demasiada, tanta que la cuña era totalmente inútil y no conseguía reducir mi creciente inercia ni tan solo un ápice. Aguanté como pude el equilibrio, pero finalmente un pequeño bache que en otras circunstancias no hubiera supuesto un mayor problema me desestabilizó por completo, salí volando por los aires y acabé rodando por la nieve mientras mis esquíes eran lanzados a metros de distancia. El golpe fue brutal, pero afortunadamente no me hice nada.

Volví a subir a lo alto de la colina y a lanzarme por esa pista muchas veces, y siempre acababa de la misma manera, dando con mis huesos en el suelo, tragando nieve mientras me deslizaba sin control hasta una zona más llana, y tremendamente magullado. Hasta que una persona, no alguien de mi grupo, sino un esquiador anónimo que me había estado observando, me dijo que no tenía que lanzarme en línea recta sino bajar haciendo zig-zag. ¡Claro, eso tenía sentido! Estaba indignado de que nadie me lo hubiese explicado antes, ¿acaso estaban esperando a que me rompiese la cabeza?

A partir de ese momento todo mejoró. Empecé a bajar la pista una y otra vez, deslizándome con soltura mientras trazaba amplias curvas, disfrutando de la sensación de libertad y velocidad, pero sin caerme y jugarme el tipo cada vez. Pasaron las horas, y mi amigo comenzó a sufrir calambres en las piernas debido a tanta actividad, pero en aquella época yo estaba bien entrenado y para mi no suponía un gran esfuerzo físico, quería más, necesitaba más, tenía que aprovechar cada segundo, pues no sabía cuando volvería a tener una oportunidad semejante, así que seguí subiendo y bajando la pista en solitario..

Al final llegó lo inevitable, la hora de marchar. Para bajar hasta los aparcamientos teníamos que seguir otra pista roja que partía de la que nos habíamos adueñado durante horas. Mientras bajábamos nos topamos casualmente con otra chica de la Universidad, no sé cómo nos reconocimos mutuamente con tanta parafernalia contra el frío como llevábamos puesta. Después de saludarnos nos preguntó si veníamos mucho a esquiar, yo le dije que era mi primera vez, y entonces la expresión de su cara se transformó en una mezcla entre asombro y terror y exclamó, "¿y estás bajando por aquí?". Fue entonces cuando realmente me di cuenta de que quizás había estado tentando a la suerte más de la cuenta, y me acordé de otro compañero de clase que se fue a esquiar y volvió con la pierna escayolada. Quedaban pocos metros hasta los coches, pero el resto del descenso lo hice con mucho más cuidado, por si acaso.

lunes, 30 de mayo de 2016

Relevos 4x400

Mi primera competición de atletismo por equipos fue como integrante del relevo 4x400. No sé qué criterio siguieron para seleccionarme, supongo que la falta de candidatos, porque era la primera vez que corría un 400. Además me pusieron en la segunda posta, la que tiene que coger la calle libre y por tanto la más complicada técnicamente hablando.

Relevos 4x400
La recta interminable - Dominio Público

Sonó el pistoletazo de salida y los primeros relevistas salieron en estampida a toda velocidad, mientras los segundos nos colocábamos en nuestras calles en espera de recibir el testigo. Mi equipo, el Helios, era toda una institución en aquella época, el mejor club de atletismo de Aragón sin ninguna duda, acaparando a los mejores atletas de la Comunidad. Así que no es de extrañar que en la recta final de la primera vuelta fuésemos ya en cabeza y yo fuera el primero en comenzar la segunda vuelta.

Salí como alma que lleva el diablo, sin preocuparme de dosificar fuerzas, pendiente únicamente de no tomar la calle libre hasta haber superado la compensación de la primera curva. Terminé la contrarrecta en primera posición. En la segunda curva mantuve el ritmo, y después supe por boca de mi antiguo amigo JJ que mis compañeros estaban boquiabiertos, preguntándose de dónde había salido ese corredor desconocido que estaba realizando una gran prueba. Completé los primeros 300 metros y encaré la última recta aún en cabeza. Fue entonces cuando, sin previo aviso, el ácido láctico al que no estaba acostumbrado ni por asomo agarrotó todos los músculos de mi cuerpo.

Los últimos 100 metros se me hicieron eternos. El cuerpo me pesaba una tonelada y la meta parecía cada vez más lejana debido al efecto túnel que difuminaba entre una preocupante neblina mi visión periférica. El resto de corredores comenzaron a adelantarme uno a uno, mientras mis compañeros me seguían animando a grandes voces, gesticulando aparatosamente como si pudieran empujarme en la distancia hacia la línea de llegada. Pero yo no entendía nada de lo que decían, porque el sonido de sus voces me llegaba ralentizado y distorsionado, como el canto de una ballena. Finalmente llegué hasta el tercer relevista de mi equipo y le entregué el testigo.. en última posición. En sólo 100 metros había dilapidado toda la ventaja que teníamos pasando de ser cabeza de carrera a terminar como farolillo rojo.

No me enteré de nada más. Salí de la pista como pude y me derrumbé en un rincón hasta bien concluida la prueba. Nadie se preocupó por mi estado físico, que no empezó a mejorar hasta que vomité todo lo que tenía en el estómago. Poco a poco fui recuperando la nitidez en la vista, y las fuerzas necesarias para poder ponerme en pie, para descubrir con sorpresa que finalmente habíamos ganado la carrera a pesar de mi desastrosa actuación. Así es como yo lo veía, pero la verdad es que nadie me lo echó nunca en cara. Quizás si hubiéramos acabado perdiendo la cosa hubiera sido diferente.

Siempre lo digo, sin duda alguna la prueba más dura del atletismo son los 400 metros lisos. Sé de lo que hablo, y no sólo por esa primera experiencia, pues me tocó disputar el relevo muchas otras veces, algunas incluso pocos minutos después de haber corrido los 800 metros, la segunda prueba más dura del atletismo. Pero era joven y tenía toda la energía del mundo.

viernes, 20 de mayo de 2016

Héroes del Silencio

Una tarde estaba entrenando en las pistas del Palacio de los Deportes de Zaragoza, "el huevo". Había salido a correr al Parque Primo de Rivera y, cuando volvía, vi que a lo lejos, ocupando completamente la misma acera por la que iba yo, se acercaba un grupo de 4 ó 5 jóvenes melenudos con muy malas pintas.

Héroes del Silencio
© Manerasdevivir.com

No llevaba nada de valor encima, sólo unas zapatillas deportivas sudadas y un pantalón y una camiseta corta aún más sudados. Sin embargo, por precaución, me cambié de acera disimuladamente, pues había oído muchas historias de gente a la que van a atracar y al no llevar nada de valor encima le daban una paliza.

Al llegar a la altura del grupo, nunca mejor dicho, me di cuenta de quiénes eran realmente, los componentes de "Héroes del Silencio", con el cantante Enrique Bunbury a la cabeza. ¡Qué miedo!, estaba claro que mi instinto de supervivencia no había fallado en absoluto.

lunes, 16 de mayo de 2016

¡Rubia!

Durante los entrenamientos lo primero que teníamos que hacer era un buen calentamiento, un trote largo de no menos de media hora que realizábamos por fuera de las instalaciones de La Granja para que no nos resultara demasiado tedioso. Dábamos vueltas alrededor de todo el recinto, del parque homónimo situado a su lado, del pabellón Príncipe Felipe, e incluso si disponíamos de más tiempo salíamos al cuarto cinturón o callejeábamos hacia el Parque Primo de Rivera.

¡Rubia!
Yo no me metería con ellos - Dominio  Público

Una tarde que Susana y yo volvíamos de nuestro recorrido habitual, mientras pasábamos por la curva que hay detrás de La Granja, en dirección contraria a la circulación, vimos que se acercaba una furgoneta llena de jóvenes uniformados que obviamente estaban cumpliendo el servicio militar en la ciudad. Cuando el vehículo pasó a nuestro lado varios de ellos asomaron la cabeza por las ventanillas y entre risas y gestos obscenos gritaron: "¡Rubiaaaa!". Cláramente no se referían a mi, pero fui yo quien, sin tan siquiera mirarles, les respondió levantando un brazo con el puño cerrado y el dedo corazón apuntando directamente al cielo. Fue algo instintivo, no me paré a pensarlo.

También fue instintiva su reacción, pues unas décimas de segundo después oímos a nuestra espalda un fuerte frenazo en seco y un montón de insultos y gritos airados, mientras la furgoneta echaba marcha atrás en mitad de una curva peligrosa y con escasa visibilidad. Aparentemente sin inmutarnos, Susana y yo seguimos a nuestro ritmo alejándonos de ellos, que afortunadamente pronto desistieron de su arriesgada persecución y decidieron continuar su propio camino. Es curioso que, después de media hora corriendo a una velocidad más que decente, fue casualmente durante esos pocos segundos cuando el corazón se me puso a doscientas pulsaciones por minuto, ¿casualidad?

viernes, 13 de mayo de 2016

Baloncesto extremo

Cuando mis padres no estaban en casa aprovechábamos para hacer cosas que teníamos absolutamente prohibidas, como jugar al baloncesto en el salón. Usábamos como balón una pelota de tenis, y la canasta era el hueco superior que quedaba entre la pared y la puerta cuando ésta estaba completamente abierta. Encestar desde lejos era complicado, así que mi jugada favorita era esquivar al contrincante para penetrar hasta la canasta y machacar.

Baloncesto extremo
Machacando sin piedad - Dominio Público

Aunque más bajito, yo era mucho más ágil que mi hermano Daniel, que se exasperaba con mis anotaciones. Así que un día, desesperado, cogió disimuladamente el machete que se había comprado en unos campamentos un tiempo atrás y, cuando me dispuse a machacar, lo colocó de punta cubriendo el exiguo hueco de la puerta. Lo vi justo a tiempo de apartar la mano, aunque no pude evitar que el metal me rozara un poco la palma, afortunadamente sin llegar a hacerme una herida. Por supuesto ahí se terminó el juego, ¡vaya ideas tenía mi hermano de vez en cuando! Y lo peor es que me hizo fallar el punto final.

Las pachangas que echaba con mi amigo José Pedro en las canastas de Ranillas eran más normales. Solíamos jugar uno contra uno, a un juego llamado "tipi". A pesar de que José Pedro casi me sacaba una cabeza y de que jugaba habitualmente en un equipo de baloncesto, no era rival para mi. Seguro que jugando en grupo las cosas hubieran cambiado radicalmente, porque él tenía más visión de conjunto que yo, pero en solitario solía ganarle con contundencia gracias a mi rapidez y, sobre todo, a que saltaba más que él y me llevaba casi todos los rebotes. Siempre me gustó el baloncesto, pero no era lo suficientemente alto como para dedicarme a ello, y además mi carácter más reservado iba más con los deportes individuales, por eso cuando descubrí el atletismo supe al instante que era ideal para mi.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Atletismo vs Judo

Empecé a practicar Judo cuando todavía vivíamos en el barrio La Jota, siguiendo los pasos de mi hermano mayor, que llevaba varios años entrenando esa disciplina y coleccionando un abanico multicolor de cinturones. A menudo acudíamos toda la familia a animarle a las competiciones, donde mi madre lo pasaba fatal, siempre hecha un amasijo de nervios, ya que no era raro que acabase magullado o lesionado. A veces también nos acompañaban mis primas, y si Arancha veía que le estaban pegando a su primo mayor, se ponía tan furiosa que había que sujetarla fuertemente para que no saltara al tatami a arrancarle los ojos a su contrincante de turno.

Atletismo vs Judo
© hultstrom - Flickr

Cuando nos mudamos a vivir al Actur, la logística para acudir a los entrenamientos se complicó enormemente. Al principio, aunque nos pillaba muy a desmano, seguíamos yendo al mismo club de siempre, el "Nippon Karate Club", atravesando a pie el Actur, el Arrabal y las vías abandonadas del tren hasta llegar a La Jota, y muchas veces desandando el camino de vuelta ya de noche y en solitario, con temor de que algún yonki te diera un buen susto en cualquier momento. Aún no me explico cómo mis padres me permitían realizar ese trayecto sin la compañía de un adulto. Afortunadamente, esa situación no duró mucho, porque el dueño del club decidió suprimir las clases de Judo y dedicar todo el horario disponible a Karate, su especialidad, dejándonos al resto en la estacada.

Nuestro profesor, Ernesto Granell, consiguió un local en un lugar más remoto todavía, en algún barrio o pueblo de la periferia cuyo nombre no recuerdo. Fuimos por allí un par de veces, pero resultaba inviable, ya que dependíamos del coche y de mis padres por completo. Al final, mi hermano acabó apuntándose al Club de Judo Las Fuentes y yo a las actividades extraescolares del colegio Maristas, muy cerca de casa. En realidad yo no estudiaba allí, así que mi admisión fue un favor personal del entrenador del colegio, Félix Asín, que era amigo de mi antiguo maestro y además conocía y apreciaba a mi hermano Daniel.

Por aquella época ya había empezado a practicar y competir en atletismo, y no sólo me gustaba más, sino que tenía la impresión de que se me daba mejor. La constatación final llegó en Navidad. Por un lado, en una competición-exhibición en la Feria de Muestras fui incapaz de ganar un solo combate. Por otro, algunos compañeros de Judo pusieron en duda mi credibilidad al comentarles mis marcas en diversas pruebas de atletismo, ya que les parecía que eran estratosféricas, por no decir imposibles. Fue la gota que colmó el vaso. Así que, cuando llegó el momento de decidirme por un deporte u otro, la elección fue muy sencilla.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Récord del colegio

Aunque me defendía bastante bien en salto de altura y en carreras de medio fondo, fueron las vallas las que me otorgaron mi primera medalla, el bronce en los 200 metros vallas del Campeonato Provincial de Zaragoza en categoría infantil. Además, vino acompañado de un un preciadísimo récord del colegio, que posiblemente todavía perdure ya que no era una distancia habitual, pero que en cualquier caso inscribió mi nombre para siempre en la historia deportiva del colegio. Un gran mérito si se tiene en cuenta que no era especialmente alto ni rápido, que atacaba la valla desequilibrado al elevar a la vez la pierna y el brazo del mismo lado, y que lo hacía sacando y mordiéndome ligeramente la lengua, lo que podía haber sido fatal de haber tenido algún tropiezo.

Récord del colegio
© Raffaello.fabio.ducceschi - Wikimedia Commons

Ese récord del colegio, junto a mis resultados en las competiciones y mis marcas en saltos de altura y longitud, los 1.000 metros lisos y el resto de pruebas que Don Andrés nos hacía practicar, me hicieron ganar el trofeo al mejor deportista del año durante mi último curso en el colegio. El atletismo, entre otras cosas, me había hecho ganarme mi propio hueco en la vida estudiantil. Era conocido y respetado por casi todos, hasta el punto de que los camorristas de mi clase me defendían si algún gamberro de otra clase tenía la osadía de meterse conmigo en el patio de recreo.

Curiosamente, mi última medalla, casi 20 años después, también fue en vallas. Un oro, mi único oro, en los 110 metros vallas del Campeonato de Aragón absoluto. Entre medias quedaron múltiples platas y bronces en todas las categorías inferiores, tanto en 800 y 1.500 metros lisos, como en 110 y 400 metros vallas. Y muchos recuerdos no menos importantes, como formar parte del equipo del C.N. Helios en la liga de Primera División nacional, compitiendo en diversos rincones de la geografía española, o la participación en el Campeonato de España de Cross por equipos, corriendo junto a grandes leyendas como Martín Fiz, flamante campeón mundial de marathon. Todo un honor.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Salto de altura

Mi primer contacto con el atletismo de verdad, más allá de correr de un lado para otro en el patio de recreo, fue en clase de educación física en 5º de E.G.B., de la mano de uno de los grandes impulsores del deporte rey en los colegios de la capital aragonesa, Don Andrés Gracia. Un gran profesor y una gran persona, aunque algo chapado a la antigua en algunos aspectos, como sus famosas collejas a los alumnos revoltosos o perezosos, que a punto estuvieron de costarle algún que otro disgusto profesional.

Salto de altura
© Fritz Cohen - Wikimedia Commons

La disciplina elegida aquel primer día era el salto de altura. Contra todo pronóstico, a pesar de no ser ni de lejos de los más grandes, rápidos o fuertes de mi clase, fui el que más alto superó el listón, gracias a unas grandes dosis de flexibilidad, habilidad y propiocepción, las mismas que me hacían ser un vallista más que aceptable pese a mi falta de velocidad punta.

Si te apuntabas al equipo de atletismo del colegio y competías en los Juegos Escolares, tenías asegurado el sobresaliente en la asignatura de educación física. Así que a los 10 años debuté compitiendo en las pistas del Palacio de los Deportes de Zaragoza, "el huevo", saltando casi mi mejor registro, y quedando segundo de entre más de una veintena de chicos de otros colegios. El mejor premio, o al menos el más sabroso, no era el sobresaliente prometido, ni la euforia de haber hecho podio, sino la bolsita de Lacasitos que cada uno de los participantes recibíamos por parte de los patrocinadores de los juegos.

Aunque más tarde destacara y consiguiera mis mejores resultados en vallas y en carreras de medio fondo, el salto de altura siempre fue una de mis pruebas favoritas, y aprovechaba cualquier circunstancia y lugar para practicarla. En casa, para acceder sin emplear la escalera a mi cama situada en la litera de arriba. O en la calle, para sentarme de un brinco sobre el enorme depósito de hormigón que daba acceso a las canalizaciones de gas y electricidad mientras jugábamos a una versión propia del pilla pilla, o para superar sin apoyo el murete que protegía la rampa del garaje si había que ir a recuperar alguna pelota extraviada, e incluso para saltar la valla metálica que cercaba el recinto de la comunidad, simplemente porque sí, porque podía hacerlo.

Con tanto brinco podía haberme dado algún golpe desafortunado en cualquier momento y lugar, pero el único susto que tuve fue durante una competición en la Ciudad Universitaria. Llovía y la pista estaba resbaladiza, yo todavía no competía con zapatillas de clavos, y al ir a batir patiné sobre un charco de agua, me di un costalazo contra el listón y aterricé en el suelo de mala manera. En los dos siguientes intentos entré con algo de miedo y mucha precaución, hice nulos y caí eliminado antes de hora, magullado y decepcionado.

En el instituto también practicábamos el salto de altura en clase de educación física, pero con menos medios materiales que en el colegio, hasta el punto de que en vez de un listón de verdad usábamos una cinta negra atada a los postes para delimitar la altura deseada. Eso dificultaba enormemente alcanzar grandes cotas, por dos motivos. El primero es que perdías la referencia del apoyo debido al color y delgadez de la cinta, batiendo unas veces muy cerca y otras demasiado lejos. El segundo es que el profesor consideraba el salto nulo si la cuerda se movía, aunque sólo fuese ligeramente, aunque no la hubieses tocado y su oscilación se debiese simplemente al desplazamiento de aire provocado por tu cuerpo pasando por encima, lo que te obligaba a tener que superarla holgadamente para poder seguir avanzando.

Por eso, que alguien consiguiera destacar en esa disciplina era motivo más que sobrado de admiración. Como esa vez que me convertí en el centro de atención de medio instituto cuando, ya finalizada la clase de educación física, llegó la hora del recreo y yo seguía superando alturas ante los ojos asombrados de un público cada vez más numeroso, que aplaudía cada intento como si fuera la final de unos Juegos Olímpicos. Un bonito recuerdo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Liga de Campeones

Al poco tiempo de vivir en nuestra nueva calle, Mariana Pineda, ya habíamos hecho amistades y formado dos equipos de fútbol, eternos rivales enfrentados en un derbi sin fin. Únicos rivales en realidad, pues no había nadie más.

Liga de Campeones
© wwworks - Flickr

El "Club Deportivo Mariana Pineda" estaba formado solamente por mi amigo Pedro José, quien prefería que le llamásemos José Pedro, y yo. Por otra parte, el "Real Mariana Pineda" estaba compuesto por nuestros hermanos pequeños, Javier y Rubén respectivamente, así como por otros chiquillos del vecindario.

A pesar de ser únicamente dos, contra un número indeterminado de jugadores, solíamos ganar por goleada. Y es que, aun no siendo unos grandes futbolistas, el tamaño, fuerza y velocidad que nos porporcionaban nuestros dos años más de edad, nos dotaban de una ventaja insalvable.

No obstante, el tiempo se encargó de ponernos en nuestro lugar como mediocres futbolistas. Prueba de ello es que unos años después José Pedro se dedicó al baloncesto y yo al atletismo.