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lunes, 11 de abril de 2016

Atrapado en las redes de la araña

Hasta hace bien poco, del techo del salón de mis padres colgaba una enorme araña, una de esas antiguas lámparas de bronce con varios brazos y florituras rococó, cristales colgantes que atrapan la luz y la descomponen entre sus facetas creando suaves colores que se proyectan sobre las paredes, largos y estrechos casquillos para las bombillas simulando ser obsoletas velas de cera y, como no, una punta asesina como remate en su parte inferior.

Atrapado en las redes de la araña
Espécimen de araña asesina - Dominio Público

Un día que mi primo Jesusín, el fotógrafo, había venido de visita con toda su familia, cogí en brazos a su hijo mayor, Dani, que entonces no tendría más de 4 ó 5 años, y lo alcé en volandas sin percatarme de que estábamos situados justo debajo de la lámpara. Fue un momento espeluznante, un frágil cráneo infantil golpeando duramente contra una punta metálica. Nos quedamos todos completamente horrorizados, y mi sobrino segundo se puso a llorar desconsoladamente mientras le examinábamos con urgencia la zona del impacto en busca de sangre. Afortunadamente, el extremo de la lámpara estaba lo suficientemente desgastado y romo como para provocar una herida abierta y todo quedó en un gran susto y un pequeño chichón. Desde entonces, siempre que me dispongo a elevar por encima de mi cabeza a algún niño en un espacio cerrado, lo primero que hago es comprobar que no haya ningún obstáculo peligroso sobre nosotros.

viernes, 7 de noviembre de 2014

El corredor de la muerte

Es de noche y todas las luces de la casa están apagadas. Yo me encuentro en el amplio recibidor de casa, encarado hacia el largo pasillo que conecta con el resto de las estancias del hogar. Noto la presencia de algún ente sobrenatural que me acecha por detrás desde la más absoluta oscuridad. Quiero atravesar rápidamente el corredor para alcanzar la seguridad de los brazos paternos. Sé que mis padres están al fondo, en el salón, totalmente ajenos al peligro en el que me encuentro. Estoy solo e indefenso, mi única escapatoria posible es echar a correr con la esperanza de ser más rápido que mi predador. Pero mis piernas no responden, se mueven con exasperante lentitud y no consigo avanzar.

El corredor de la muerte
© Akoxta - Wikimedia Commons

Mi tensión y angustia aumentan exponencialmente conforme la oscura presencia acorta la distancia que la separa de su presa, de mí. Las piernas me pesan demasiado, aún estoy a la altura de la cocina, justo al principio del pasillo, pero no me rindo, me va la vida en ello. Noto su fétido aliento cada vez más cerca, se me erizan los pelos de la nuca y un escalofrío recorre toda mi espalda. No sé qué aspecto tiene pero imagino unas grandes fauces repletas de colmillos, garras afiladas, músculos de acero y mucho pelo, un hombre lobo sin duda, la criatura más horripilante, mortífera y cruel a la que te puedas enfrentar. Ni en sueños querrías plantarle cara. Pero no me queda más remedio, está sobre mí, me alcanza y.. afortunadamente siempre me despertaba antes de que me hiciera ningún daño.

lunes, 25 de agosto de 2014

Flying man!

Quién no ha soñado alguna vez que era capaz de volar, elevándose y flotando a su antojo por encima del vulgar mundo terrenal, sintiendo por un instante la libertad más completa y absoluta que puede experimentar un ser humano. De pequeño tenía un sueño recurrente en el que, con un simple pensamiento, ascendía sin esfuerzo por encima de los edificios y los grandes chopos que salpicaban las aceras de mi barrio. Si por algún motivo perdía la concentración un solo momento la gravedad hacía su trabajo y caía a plomo, pero al instante recuperaba el control mental de mi cuerpo y volvía a elevarme sin problemas.

Flying man!
© sharekoube - Flickr

Algunas veces iniciaba el vuelo desde parado, y otras dando grandes zancadas hasta terminar en un largo salto horizontal que ya no acababa nunca. Dentro de esta última modalidad destacaban aquellas veces que bajaba corriendo por las escaleras de mi casa y, al llegar al último tramo, saltaba los 4 ó 5 escalones finales que desembocaban en el pequeño rellano que había justo antes de la puerta acristalada que daba a la calle. Si saltaba con el ángulo adecuado me quedaba flotando en el aire, como si nadara en una piscina, pero si fallaba caía al suelo sin mayores contratiempos desde una altura de apenas un metro.

Ese salto lo hice millones de veces en la vida real, quizá tratando de poner en práctica mi sueño, hasta que un día tropecé al aterrizar y resbalé hasta dar con mi cabeza contra la puerta de la calle, rompiendo el cristal en mil pedazos. No me hice daño, pero mi sueño de volar se hizo añicos para siempre.

lunes, 28 de abril de 2014

Comida para osos

De vez en cuando íbamos en familia a pasear por el Parque Bruil y, ya de paso, contemplar embelesados a la osa que vivía allí. La tenían hacinada en una especie de cueva artificial, con rejas en la parte delantera para que los visitantes pudieran admirarla en todo su esplendor. Aunque no parecía muy espléndida, una osa vieja, cansada, aburrida, sin nada que hacer en todo el día y con poco espacio para explayarse. Sin embargo, para un niño pequeño tenía su encanto, y supongo que fue el origen de un sueño recurrente que tenía por aquella época.

Comida para osos
Oso grizzly - Dominio Público

Un oso hambriento me perseguía mientras bajaba por las escaleras de casa a toda prisa, saltando los escalones de dos en dos, o de tres en tres, desde el sexto piso en el que vivíamos. Poco a poco el animal me iba ganando terreno, si algo he aprendido viendo películas como "Grizzly" es que no puedes escapar de un oso, es mucho más rápido y fuerte que tú, y para colmo trepa a los árboles y sabe nadar, ¡no tienes dónde esconderte! Al final del sueño, cuando ya lo tenía casi encima, más o menos a la altura del segundo piso donde vivían mis tíos, acababa rindiéndome y en mitad de un rellano me transformaba en un gran chuletón de carne y quedaba tirado en el suelo a la espera de ser devorado.