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miércoles, 9 de marzo de 2016

This is the end

Hacía mucho que no escribía una historia relacionada con el metro, podría decirse que lo he visto todo ahí abajo y no tengo nada nuevo que contar. Pero además de las vivencias que he relatado durante este tiempo, sé muy bien que bajo la ciudad suceden más cosas, algunas de ellas no muy agradables y que me alegro enormemente de no haber tenido que presenciar nunca jamás, como ver a los carteristas en plena acción o a los suicidas saltando a las vías para ser arrollados por el tren. En unos días dejo de ser usuario del metro, tan de repente como me hice asiduo a él hace casi dos años y medio, así que esta va a ser mi última historia del metro, al menos de momento. Hasta la vista.

This is the end
No te fíes de un extraño - Dominio Público

Un joven melenudo estaba tocando la guitarra dentro de mi vagón, interpretando en inglés con su voz acaramelada una canción moderna y marchosa. Al terminar su actuación un señor de aspecto un tanto extraño que estaba sentado a su lado comenzó a preguntarle si la música pertenecía a no sé qué grupo desconocido para mí, y si tenía alguna otra pieza suya entre su repertorio. El chico respondió amablemente, con una voz mucho más grave de lo que esperaba después de oirle cantar que, efectivamente, la canción era de ellos, pero que era la única que se sabía.

Entonces el hombre siguió hablando, intentando camelarse al cantante, diciéndole que tenía partituras de ese grupo y varias guitarras, y que si le apetecía podían quedar un día para ensayar algo juntos. Al principio el joven estaba reticente, pero ante la insistencia del charlatán al final cedió, sacó el móvil y le dijo, "venga, va, dime tu número y quedamos un día". Entonces el liante le hizo una envolvente y le contestó que no se lo sabía de memoria, que mejor le diera él su número y ya le llamaría. El chaval se quedó durante unos segundos en silencio, visiblemente contrariado, pero acabó dándole su número. "Entonces, te puedo llamar y quedamos, ¿no?".

Entonces algo hizo clic en su cabeza y por fin se percató de lo que todos alrededor habíamos intuido desde el principio ante esa situación un tanto surrealista, que tal vez lo que el hombre manifestaba no es lo que pretendía en realidad, y que quizás no debería de haber sido tan amable y haberle dado su móvil tan alegremente. "Eh.., si, ya hablamos..". Pero el mal ya estaba hecho, y sólo podía tratar de escabullirse lo mejor y más rápidamente posible. "Aunque tengo poco tiempo, porque además tengo un grupo". Mientras, el individuo no dejaba de hablar y tratar de engatusarle, de llevarle hacia su terreno, fuera este el que fuese. Finalmente el chico se bajó rápidamente en la siguiente parada, farfullando que tenía prisa, y supongo que durante los siguientes días no cogió el teléfono ante ninguna llamada con número oculto o desconocido. Al menos es lo que habría hecho yo en su lugar.

miércoles, 8 de abril de 2015

Fijación capilar

Muchos días coincido en el metro con un chico grandote que claramente adolece de algún tipo de discapacidad intelectual, aunque nada tan grave como para impedirle ser lo suficientemente autónomo y viajar sin acompañantes en el transporte público. Un buen ejemplo de ello es que normalmente va cargado con un par de aparatosas mochilas y un enorme abrigo que se le apoderan por momentos, pero siempre sale airoso de la situación y se baja en su parada con todas sus pertenencias bien amarradas.

Fijación capilar
© fictures - Flickr

Pero lo que más llama la atención es que de vez en cuando se acerca a algún señor, normalmente con una buena mata de pelo cubierta por una gorra, y le pregunta su nombre mientras comienza a sobarle la cabellera insistentemente, retirándole previamente el gorro si fuera preciso. Las víctimas se lo suelen tomar bastante bien y le dejan hacer durante unos momentos hasta que, cansados de esa intromisión en su espacio vital, le invitan amablemente a que ceje en su empeño. El chico siempre obedece sin poner resistencia y se aleja pidiendo perdón reiteradamente, supongo que algo avergonzado, porque nunca le he visto repetir la misma acción dos veces en el mismo día.

miércoles, 18 de marzo de 2015

La venganza de la escalera mecánica

Cada mañana, al apearme de la línea 10 del metro, atravieso el intercambiador de Plaza de España y asciendo por sus interminables escaleras mecánicas hacia la conexión con la línea 3, camino del trabajo. Como es natural, por la tarde cuando salgo cansado de la oficina realizo el camino inverso, que resulta mucho menos cansino ya que, gracias a la gravedad, siempre ha costado menos esfuerzo bajar que subir.

La venganza de la escalera mecánica
© rhythmuswege - Pixabay

Un día acababa de empezar a trepar a buen ritmo por las escaleras mecánicas cuando, de repente, sin tropezar en ningún sitio ni recibir ningún empujón, perdí apoyo y caí de bruces hacia el suelo. Instintivamente extendí ambas manos para amortiguar el golpe, y aterricé con las dos palmas abiertas sobre el abrupto borde metálico de uno de los peldaños. El golpe fue duro, y el frío y vil metal se me clavó en la blanca y blanda piel dejando varias marcas rojizas y una pequeña punción sanguinolienta.

La gente que me rodeaba enseguida me preguntó si estaba bien. Si, gracias, sólo un poco magullado y con el orgullo herido. La escalera mecánica ni siquiera se disculpó, seguro que lo hizo a propósito, en venganza por tantos pisotones que le he propinado durante el último año y medio.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Casting

Una chica de edad incierta, ciertamente no una jovencita, pero tampoco una señora de mediana edad, subió un día a mi vagón con un fajo de papeles en la mano y los auriculares en las orejas, escuchando algo que la mantenía aislada del mundanal ruido.

Casting
© geralt - Pixabay

Alguna vez me he encontrado con algún joven moviéndose al ritmo de la música que sonaba en sus oídos, con los ojos cerrados, contoneándose y disfrutando como si no hubiera nadie observándole.

Pero lo que hacía mi nueva compañera de viaje era diferente. Ella movía los labios en silencio, echaba miradas furtivas a los papeles y, de vez en cuando, gesticulaba con los brazos como si estuviera recitando algún poema clásico y no pudiera contener sus emociones. Ciertamente, imaginé que estaba ensayando para algún casting, espero que le fuera bien, ¡mucha mierda!

miércoles, 4 de marzo de 2015

El gancho

Hace unos días, en la estación de la Plaza de España, había un hombre de pie junto al borde del andén acompañado por un par de trabajadoras del metro. Al parecer se le había caído un objeto de pequeño tamaño a las vías, una tarjeta o algo parecido, y en vez de lanzarse al foso para recuperarlo rápidamente por sus propios medios, había solicitado sensatamente la ayuda de las autoridades pertinentes.

El gancho
© Antranias - Pixabay

Alguna vez me había planteado qué pasaría si, por ejemplo, se me cayera el móvil por el estrecho hueco entre el vagón y el andén al acceder o al bajarme del convoy, pues está terminantemente prohibido descender al nivel de los raíles bajo ninguna circunstancia. Ahora conozco la respuesta, y de hecho ni siquiera las operarias se atrevieron a tanto. En lugar de eso, trajeron un largo mástil que venía provisto de un gancho en la parte superior y un accionador manual en la parte inferior, y durante un rato intentaron pescar el objeto con pésimos resultados.

Me recordó la famosa escena del gancho de "Toy Story", cuando los muñecos alienígenas decían "el gancho es quien decide quién se va y quién se queda". En esta ocasión el que decidió fue el dueño del objeto cuando, al ver que ninguna de las dos mujeres lograba recuperar su preciada posesión, se hizo con el gancho y, en sólo un par de intentos, logró apresarla y subirla de vuelta hasta sus manos. Justo a tiempo, porque el metro estaba a punto de entrar en la estación.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Publicidad trending topic

Dentro de las instalaciones del metro hay multitud de espacios preparados para mostrar algún tipo de publicidad, principalmente marquesinas donde los anunciantes pueden colocan grandes carteles propagandísticos, que pasan totalmente desapercibidos para la gran mayoría de usuarios como yo. Por eso, cuando te encuentras con alguna idea de marketing original es más fácil que le prestes algo de atención. Como hace un par de días cuando, al acceder al vagón del metro, me encontré colgados de las barras superiores varios tarjetones, del estilo de los usados en las habitaciones de los hoteles para indicar que no te molesten. Me pareció tan curioso que hasta que quedé con qué anunciaban.

Publicidad trending topic
© Phrontis - Wikimedia Commons

Otra iniciativa interesante, aunque en principio no parece que vendan nada, es la que han llevado a cabo la gente de @lagaleriade en la estación de Legazpi, donde me apeo del metro cada mañana. En varias de las paredes han escrito con rotuladores de colores las frases que la gente ha ido publicando en twitter con el hashtag #tevi, con letras de distintos tamaños, formas y colores, y adornadas en muchos casos con alegres dibujos y caricaturas. Muchas son frases de amor, aunque está claro que algunos lo intentan pero no lo consiguen, como ese que decía "#tevi sin tu perro y no te reconocí", igual es que estaba enamorado del perro y no de ella.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ábrete, sésamo

En algunos metros las puertas de los vagones se abren automáticamente al parar en una estación, pero en otros no, y no he sido capaz de discernir la causa en esa discrepancia de comportamiento. No parece ser debido al modelo de metro, la línea o la estación en cuestión, así que supongo que el motivo es algún tipo de configuración o decisión por parte del conductor de turno.

Pero se abra automáticamente o no, cada puerta de los trenes más modernos dispone de un pulsador redondo rodeado de varias luces led, que permanecen apagadas durante todo el trayecto del metro y se iluminan al poco de haberse detenido en el andén. Sólo entonces el interruptor está activo y preparado para recibir la orden de apertura del usuario, que se ejecuta siempre con un pequeño retardo. Sin embargo, parece que la gente no se lo aprende y es muy frecuente ver a los más ansiosos pulsándolo repetidas veces antes del momento adecuado, o incluso después de estar activo, desesperándose porque no obtienen la respuesta deseada al instante.

Ábrete, sésamo
© Nemo - Pixabay

Pero parece que la impaciencia es inherente al ser humano, porque lo mismo sucede con el botón de apertura de las puertas de AVE, de aspecto similar pero con un retardo mucho mayor. Calma, con un sólo toque es suficiente, lo tengo más que comprobado.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Por qué lo llaman deporte cuando quieren decir violencia

Como otras veces que el Real Madrid juega un partido de Champions en casa, el metro se había llenado de aficionados de ambos equipos, aunque realmente pareciera que sólo había hinchas del equipo visitante, el Liverpool. Eran al menos medio centenar de grandes hombretones ingleses, medio borrachos, cantando a voz en grito melodías populares, himnos deportivos y consignas contra los equipos españoles. No eran ningunos críos, la media de edad rondaría los 30 años. Acompañando su ruidoso despliegue de patriotismo aporreaban sin pudor con brazos y piernas todo lo que se les ponía por delante, ya fueran las paredes, techos, suelo o las propias puertas del vagón. Yo estaba apoyado en una de ellas, que no dejaba de temblar con las endiabladas embestidas. Un señor mayor les llamó la atención un par de veces, pero sólo paraban unos segundos, lo suficiente para mofarse de él y volver de nuevo a las andadas. Yo no dije nada, por cobardía e instinto de autoprotección, allí en medio, rodeado de todos aquellos energúmenos, podían haberme dado una paliza sin que el resto de la gente decente se enterase o pudiera hacer nada por evitarlo.

Por qué lo llaman deporte cuando quieren decir violencia
© leoniewise - Flickr

Cuando se abrieron las puertas en la parada del estadio Santiago Bernabéu comenzaron a salir en tropel, mientras el resto de viajeros respirábamos aliviados. De repente sentí que perdía el apoyo de mi espalda, como si cayera al vacío, y di un respingo imaginando que de alguna manera se había abierto también mi puerta e iba a precipitarme a la vía. Y en cierta forma era verdad, pues la puerta a mis espaldas se había abierto unos centímetros. Pensé que el bestia que le estaba dando patadas unos momentos antes se había propasado más de la cuenta, pero entonces me di cuenta de que la palanca de desbloqueo de seguridad estaba activada y un estridente pitido de alarma invadía nuestros oídos de manera intermitente. Busqué con la mirada al aficionado inglés, presunto culpable, y lo descubrí justo cuando salía por la puerta de enfrente, agarrando su palanca de desbloqueo correspondiente y activándola también. No había ninguna duda sobre lo que había pasado, y ahora eran dos los pitidos acompasados que nos destrozaban los tímpanos. El convoy no pudo volver a arrancar hasta que vino el maquinista para cerrar manualmente ambas puertas, mientras mascullaba oscenidades en contra los hinchas, una clara alusión a la primera acepción del término en el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Ebola in town

Hace unos días saltaba la noticia menos deseada del momento, una enfermera del hospital Carlos III de Alcorcón, Teresa Romero, se había contagiado de ébola mientras cuidaba de un religioso español que el Gobierno había repatriado desde África y que, a pesar de todo el despliegue y los medios occidentales, murió finalmente a causa del letal virus. El primer caso de un contagio fuera del continente africano en todo el mundo, ¡bien por España! La alarma social provocada por el desconocimiento y las noticias sesgadas o partidistas no tardó mucho en propagarse más rápidamente que el propio ebolavirus.

Ebola in town
© cdcglobal - Flickr

Y al día siguiente vi lo que nunca había visto hasta ese momento ni en el metro ni en ningún otro sitio, una mujer protegiendo sus vías respiratorias con una mascarilla médica se subía al vagón el que viajaba yo. Sé que es algo típico en Japón, cuando una persona está acatarrada o con gripe suele ponerse una mascarilla para minimizar al máximo el riesgo de contagiar al resto de conciudadanos que transitan por la calle. Tienen un nivel de concienciación social y ciudadana infinitamente más elevado que el nuestro. Pero esta señora no era japonesa, y yo no había visto nunca nada ni remotamente parecido en España. Puede ser casualidad, pero toparme con esa inusual estampa justo al día siguiente de la terrible noticia desde luego daba que pensar, debía de tratarse de una persona extraordinariamente paranoica o hipocondríaca. Aunque en descargo del resto de la sociedad debo señalar que también es cierto que fue el único caso con el que me encontré durante toda la crisis del ébola.

Banda sonora: Ebola in town de D-12, Shadow y Kuzzy of 2 Kings, arrasando en las listas de éxitos de Liberia (descubrí la canción a través de un documental sobre el Ébola que nos puso la profesora en clase de inglés).


Actualización: Afortunadamente Teresa Romero consiguió salvar su vida y superar la enfermedad, ¡enhorabuena, nos alegramos todos por tí!

viernes, 29 de agosto de 2014

Frenadol

Siempre he pensado que el funcionamiento del metro podría ser perfectamente automático. No sería complicado dotarlo de sensores que detectaran el movimiento de la gente para controlar la apertura y cierre de las puertas. Tampoco sería complicado que estuviera en contacto permanente con el resto de convoyes de su línea y de toda la red a través del centro de control. De esa manera podría salir de las estaciones en el momento oportuno, optimizar su velocidad para evitar paradas innecesarias en los cruces de vías cuando se acercara otro tren con mayor prioridad, o frenar en el momento y lugar preciso al entrar en una estación.

Frenadol
© BMW Werk Leipzig - Wikimedia Commons

Así se evitaría lo que me pasó hace unos días, cuando el maquinista se despistó, no sé si iba demasiado rápido o empezó a frenar demasiado tarde, y se pasó de largo la estación unos veinte metros, quedando la puerta por la que me iba a bajar dentro del siguiente túnel. Algunos pasajeros se movieron hacia las puertas que quedaban dentro del andén, pero no se abrieron hasta que el conductor dió marcha atrás y reculó hasta situar todo el tren donde debía estar. Los sistemas automáticos también pueden fallar, pero siempre he pensado que son el futuro.

viernes, 4 de julio de 2014

Probabilidad condicionada

Ha comenzado el verano y con él los trabajos de acondicionamiento y mejora en las instalaciones del metro. Hay 12 líneas en Madrid, yo soy usuario habitual de cuatro de ellas (3, 6, 7 y 10) y este año anuncian cierres parciales en cinco. Así descrito no puedo evitar que aflore mi vena matemática, y si estuviera trabajando de profesor como otros años podría plantearles a mis alumnos el siguiente problema: "¿cuál es la probabilidad de que me afecten las obras del metro?".

Probabilidad condicionada
© jodylehigh - Pixabay

Conociendo qué líneas son las que van a sufrir interrupciones (5, 6, 7, 10, 12) podría proponer un segundo apartado: "¿cuál es la probabilidad de que me afecten las obras del metro?".

Pero como todo en la vida real, las cosas son más complicadas y hay que tener en cuenta muchos más factores, como las semanas que voy a estar de vacaciones, o entre qué estaciones de cada línea y a qué horas se van a producir las retenciones. Con toda esa información podría incluso enunciar un tercer apartado: "¿cuál es la probabilidad de que me afecten las obras del metro?". Y en este caso la respuesta sería cero, menos mal.

viernes, 27 de junio de 2014

No tengo dedos

La mayoría de la gente que pide limosna en el metro no tiene graves problemas de salud, al menos aparentemente. Pero aquellos que si sufren alguna dolencia o enfermedad no dudan en utilizarla en su favor para dar más pena e intentar conmover a los pasajeros, como el chico del cáncer que se arrodillaba en mitad del vagón o el señor que iba con muletas enseñando sus piernas ortopédicas.

No tengo dedos
© B.jehle - Wikimedia Commons

El último caso de este estilo del que he sido testigo ha sido sin duda el que más me ha impactado. Creo que era un varón joven, y por el acento seguramente extranjero, pero no puedo asegurar ni una cosa ni la otra. Tenía la cara completamente desfigurada y consumida por el fuego o algún ácido, y enseñaba las manos también quemadas a las que le faltaban absolutamente todos los dedos, cortados a mitad de la primera falange. Y a pesar de que su desgracia era evidente y saltaba a la vista a cualquiera que le echara un mínimo vistazo, se paseaba por el metro con voz chillona pero sin poder apenas vocalizar, al grito de "no tengo dedooo, no puede trabajooo, una ayuda pofaaa".

viernes, 20 de junio de 2014

Guzmán el Bueno

Un par de veces a la semana hago transbordo entre las líneas 6 y 7 del metro en la estación de "Guzmán el Bueno", y siempre que paso por allí no puedo evitar pensar en el curioso juego de palabras que conforman el nombre y apodo de este personaje histórico. Guzmán suena parecido a Goodman en inglés. que significa "hombre bueno", así que podríamos decir que se trata de la estación del hombre bueno-bueno, del hombre rebueno o, ya puestos, del hombre buenísimo. Soy un asiduo lector de diversos blogs, entre ellos uno que se dedica a publicar ilusiones ópticas y juegos de palabras, así que le envié un correo al autor explicándole mis inquietudes y, además de agradecerme la información, publicó una entrada en su propio blog tratando el tema. ¡Gracias a ti Juan Luis!

Guzmán el Bueno
© falconaumanni - Wikimedia Commons

La verdad es que una vez que empiezas es difícil parar y vas buscando dobles sentidos a todas las paradas por las que pasas. Por ejemplo, si te bajas en la estación de "Antonio Machado" podrías decir que "Antonio me ha echado". Si, ya sé que no es muy inteligente, así que mejor dejémoslo aquí y no escribo más sobre el tema.

viernes, 13 de junio de 2014

Clásicos Disney

Cada día que pasa que sigo usando el metro es más difícil que me encuentre algo novedoso, algo que merezca la pena ser reseñado en este blog. Por eso, tras siete meses sin interrupción, dentro de poco la periodicidad semanal de este tipo de entradas se verá seriamente comprometida y sólo publicaré cuando haya una razón de peso para ello. Por las historias de mi infancia no hay que preocuparse, ¡hay lista de espera para varios meses más!

Clásicos Disney
© bethgolz - Pixabay

Cada día que pasa que sigo usando el metro es más difícil que me encuentre algo novedoso, incluso los artistas callejeros son repetitivos y pueden pasar varias semanas hasta que ves algo diferente que llama tu atención. Me pasó hace poco con un señor que tocaba el saxofón dentro de los vagones. Como tantos otros llevaba un altavoz con música de acompañamiento y nos regaló los oídos con varias interpretaciones magistrales, llenas de ritmo y energía. Tenía un amplio repertorio, aunque un poco encasillado, sólo le escuché versiones de Clásicos Disney: Pocahontas, Cruella de Vil.. Al final de su actuación un grupo de jóvenes que viajaban cerca se pusieron a aplaudirle entusiasmados, y el músico se lo agradeció efusivamente. Aunque no me hubiera gustado el espectáculo, sólo este hecho ya es una novedad en si misma y digno de reseñar, es la primera vez que veo a la gente aplaudiendo de esa manera a un artista en el metro. Pero es que además me pareció sublime.

viernes, 6 de junio de 2014

Telepredicadora

Después de encontrarme un par de veces con aquella pseudo-monjita que recitaba pasajes bíblicos casi para si misma no había vuelto a toparme con ningún predicador. La verdad es que tampoco esperaba que hubiera muchos en el metro, es un personaje más propio de películas americanas, sobre todo si hay un holocausto o cataclismo de por medio.

Pero tarde o temprano tenía que aparecer algún otro. En esta ocasión era también una mujer sudamericana, que Biblia en mano estuvo durante seis o siete paradas predicando casi sin respirar. Tenía una voz potente y se la oía muy bien, demasiado para mi gusto. Supongo que influiría que íbamos en un metro de los más viejos compuesto de vagones individuales, y que era muy temprano por la mañana y la gente estaba muy callada medio dormitando todavía. Cuando terminó, aludiendo a que iba camino del trabajo y hacía eso por amor a Dios y a todos nosotros, se bajó del vagón con tal sonrisa de satisfacción en su rostro que parecía decir "misión cumplida, he hecho mi buena acción del día, he hecho todo lo posible por salvar vuestras almas pecadoras, y la mía ya de paso".

Telepredicadora
© Russianname - Wikimedia Commons

El resto del trayecto lo pasé muy a gusto, pero no por la salvación de mi alma, sino por el silencio y la tranquilidad que dejó al marchar. Como el marqués de Laplace le respondió a Napoleón cuando éste le preguntó por qué en su libro "Traité de Méchanique Céleste" no aparecía ninguna referencia a Dios: "Sire, nunca he necesitado esa hipótesis".

viernes, 30 de mayo de 2014

Un chaval que se lo curra

Volvía a casa en el metro charlando con un compañero de trabajo cuando nos distrajo un chaval que, hablando en voz alta, recorría a grandes zancadas varios vagones de un extremo al otro. Al principio no nos percatamos de qué decía exactamente, simplemente pensamos que estaba pidiendo limosna como tantos otros. Pero de repente nuestros oídos se adaptaron al tono y cadencia de su voz y nos dimos cuenta de que estaba rapeando. Estuvo un buen rato recitando sin parar, más de cinco minutos, más allá de la parada en la que se bajó mi compañero y me dejó solo contemplando el espectáculo. Era un rap típico, con contenido social, quejándose de lo mal que está la sociedad, el trabajo, la política, la corrupción...

Un chaval que se lo curra
© willi_00 - Pixabay

Y cuando al fin terminó su discurso siguió paseándose por los vagones mientras pedía una y otra vez "unas monedillas pa'un chaval que se lo curra", "unas monedillas pa'un chaval que se lo curra", "unas monedillas pa'un chaval que se lo curra"... De tanto oir la misma retahíla casi parecía que estaba cantando de nuevo, y de hecho me recordó un artículo que había leído hacía poco sobre una ilusión auditiva que produce nuestro cerebro convirtiendo la repetición continuada de algún sonido, incluida la voz, en música.

viernes, 23 de mayo de 2014

Bob Marley, Daft Punk, Camarón y otros chicos del montón

He hablado varias veces acerca de la gente que se dedica a ganarse la vida cantando y/o tocando algún instrumento en el metro, pero nunca he profundizado sobre los diferentes estilos musicales que te puedes encontrar.

Los que sólo cantan, normalmente acompañados por alguna melodía pregrabada, son muy pocos en comparación con los que tocan. Y sin duda entre estos últimos la guitarra es el instrumento por excelencia, gana por goleada a cualquier otro. Pero la guitarra es tan versátil que todo lo que escuchas es diferente. Está el chico de la estación de "Plaza de Castilla" que improvisa con su guitarra eléctrica increíbles variaciones sobre temas populares muy conocidos, o el pésimo imitador de Bob Marley de "Guzmán el Bueno" que apenas sin voz anda siempre rasgando su vieja guitarra como perdido en su propia isla caribeña, o el que entra en un bucle infinito tocando sin parar el gran éxito Get Lucky de Daft Punk en "Plaza de España", y como no, no podían faltar los cantaores aspirantes a Camarón que guitarra en mano recorren el interior del metro obligándote a escuchar sin rechistar su arte flamenco.

Bob Marley, Daft Punk, Camarón y otros chicos del montón
© zokuga - Flickr

Sin embargo, lo que más triunfa entre los usuarios del metro es lo diferente, y eso suele significar artistas que no tocan la guitarra. Ya hablé en su día del abuelo violinista que me cautivó con sus clásicos. Pues los últimos que lo han hecho son una pareja de hombres de Europa del este que tocaban a dúo el acordeón y el saxofón, improvisando temas de Jazz tan marchosos que te entraban ganas de ponerte a bailar allí mismo. Chapó.

viernes, 16 de mayo de 2014

Visca el Barça

No soy muy futbolero, es más, no soy nada futbolero. Obviamente se que casi todos los fines de semana hay fútbol (y quiniela), pero no me suelo enterar de si hay partidos de Liga, Copa o Champions un día cualquiera entre semana hasta que no veo los resultados en las noticias o escucho a algún compañero comentando lo bien o lo mal que lo ha hecho su equipo. Sin embargo ya no es así, si el Real Madrid juega en casa me entero quiera o no quiera. Cuando monto en el metro al salir de la oficina está repleto de hinchas de ambos equipos que se dirigen al estadio a animar a sus jugadores. Nunca he visto el metro tan abarrotado como en esas ocasiones, parecemos sardinas en lata, y de hecho huele a sardinas en lata. Es un alivio cuando al fin llegamos a la estación del Santiago Bernabéu y el vagón se queda prácticamente vacío.

Visca el Barça
© eyad86 - Flickr

No soy muy futbolero, pero en competiciones nacionales al Real Madrid no lo puedo ver ni en pintura, por mi que pierda siempre, soy más del Barça. No soy muy futbolero, pero en competiciones internacionales tampoco soy anti madridista a muerte como algunos descerebrados, por mi que los equipos españoles ganen siempren.

viernes, 9 de mayo de 2014

Servicio interrumpido

Siempre me ha maravillado lo bien que funciona el servicio de transporte del metro. Nunca espero un tren más de 3 ó 4 minutos, al menos en las horas punta, que es cuando suelo cogerlos yo. Es como la maquinaria de un reloj, preciso y lleno de engranajes bien engrasados. Pero como todo sistema complejo también tiene sus fallos y averías, ya sean por causas mecánicas o humanas.

Servicio interrumpido
© Presidencia Perú - Flickr

A veces el convoy se demora en alguna estación más de lo habitual, pero mientras no suene en los altavoces un mensaje de aviso diciendo "disculpen las molestias, por causas técnicas el servicio queda interrumpido durante X minutos" no hay de qué preocuparse. Lo peor que puede suceder es que la línea esté cortada y tengas que buscar otra ruta para llegar a tu destino, sobre todo si eres de fuera como yo y no conoces todas las alternativas posibles, o al menos la mejor alternativa. Un mal menor es encontrarte con que no funcionan las escaleras mecánicas, lo que sucede más habitualmente de lo que me hubiera imaginado. A veces simplemente están paradas y han puesto un cartelito delante informándote de que está averiada, y otras directamente te la encuentras desmantelada porque están llevando a cabo alguna tarea de mantenimiento. Es espectacular ver una escalera mecánica totalmente desmontada, como si fueran las orugas de una docena de tanques desarticuladas y apiladas en un rincón. En ambos casos, si hay una escalera mecánica de subida y otra de bajada, da igual cuál de las dos esté averiada, como es lógico la que permanece en funcionamiento se habilita para la gente que sube. Y en cualquier caso siempre te quedan las escaleras normales, o los ascensores.

viernes, 2 de mayo de 2014

El pirata mala pata

Me he cruzado varias veces con un tipo que recorre los vagones del metro pidiendo limosna, arrastrándose entre la gente a duras penas con un par de muletas. Es bajito, luce una barba tupida y lleva un gorro oscuro de lana calzado hasta las cejas. Parece un marinero curtido en mil tempestades, salido de algún comic de Tintín. La última vez que le vi llevaba las perneras del pantalón remangadas dejando al descubierto sus piernas, o más bien, dejando al descubierto su falta de piernas. Yo había mal pensado que las muletas eran mero utillaje para dar más realismo y dramatismo a su personaje, pero me equivocaba. En vez de piernas de carne y hueso tiene un par de piernas ortopédicas. Una no es más que una barra de metal cilíndrica que se ajusta a su muñón y se pierde en la oscuridad de su zapato, pero la otra tiene más volumen, una estructura plástica de color carne que imita una pantorrilla de verdad. No es un marinero corriente al fin y al cabo, sino el pirata mala pata.

El pirata mala pata
© Nemo - Pixabay