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lunes, 20 de junio de 2016

Jarabe del Dr. Manceau

Que mi golosonería no tenía límites era un hecho bien conocido. Aún así, mis padres seguían empeñados en poner a mi alcance una y otra vez dulces manjares de lo más variopintos que mi nula fuerza de voluntad no podía dejar de degustar.

Jarabe del Dr. Manceau
La sobredosis de este jarabe nunca me ha afectado

De niño, hacía continuos viajes a escondidas hasta la nevera para dar pequeños sorbos directamente de la botella de Jarabe del Dr. Manceau, más popularmente conocido como jarabe de manzana. Era un medicamento, un laxante, pero estaba tan bueno.. ¿Mis padres no se daban cuenta de lo poco que duraba? De todas formas no debía de ser muy eficaz, porque siempre he ido al baño un poco estreñido.

Siendo algo más mayor, abría disimuladamente la lata de la leche de almendras que le ponían a mi abuelo Perico para desayunar, cogía una cucharada bien colmada de su denso contenido, la acercaba hasta mi boca salivante dándole vueltas y vueltas rápidamente sobre su eje para que no se derramara ni una sóla gota, y saboreaba su pastosa dulzura con los ojos cerrados por el éxtasis.

Seguramente hubiera sido feliz viviendo en la casita de chocolate de Hänsel y Gretel, al menos hasta que hubiera abierto un agujero en alguna pared.

viernes, 13 de mayo de 2016

Baloncesto extremo

Cuando mis padres no estaban en casa aprovechábamos para hacer cosas que teníamos absolutamente prohibidas, como jugar al baloncesto en el salón. Usábamos como balón una pelota de tenis, y la canasta era el hueco superior que quedaba entre la pared y la puerta cuando ésta estaba completamente abierta. Encestar desde lejos era complicado, así que mi jugada favorita era esquivar al contrincante para penetrar hasta la canasta y machacar.

Baloncesto extremo
Machacando sin piedad - Dominio Público

Aunque más bajito, yo era mucho más ágil que mi hermano Daniel, que se exasperaba con mis anotaciones. Así que un día, desesperado, cogió disimuladamente el machete que se había comprado en unos campamentos un tiempo atrás y, cuando me dispuse a machacar, lo colocó de punta cubriendo el exiguo hueco de la puerta. Lo vi justo a tiempo de apartar la mano, aunque no pude evitar que el metal me rozara un poco la palma, afortunadamente sin llegar a hacerme una herida. Por supuesto ahí se terminó el juego, ¡vaya ideas tenía mi hermano de vez en cuando! Y lo peor es que me hizo fallar el punto final.

Las pachangas que echaba con mi amigo José Pedro en las canastas de Ranillas eran más normales. Solíamos jugar uno contra uno, a un juego llamado "tipi". A pesar de que José Pedro casi me sacaba una cabeza y de que jugaba habitualmente en un equipo de baloncesto, no era rival para mi. Seguro que jugando en grupo las cosas hubieran cambiado radicalmente, porque él tenía más visión de conjunto que yo, pero en solitario solía ganarle con contundencia gracias a mi rapidez y, sobre todo, a que saltaba más que él y me llevaba casi todos los rebotes. Siempre me gustó el baloncesto, pero no era lo suficientemente alto como para dedicarme a ello, y además mi carácter más reservado iba más con los deportes individuales, por eso cuando descubrí el atletismo supe al instante que era ideal para mi.

lunes, 9 de mayo de 2016

Los guardianes de la escalera

La hija de los vecinos de arriba tenía un par de años más que yo, y era una chica fea, corpulenta y arisca. No tengo ni idea de qué es lo que le atraía de ella a mi hermano Daniel. Afortunadamente para todos los que no la aguantábamos y no la queríamos dentro de nuestra familia, la vecina pronto se echó un novio aún más feo, corpulento y arisco que ella.

Los guardianes de la escalera
© kevlar - Flickr

A última hora de la tarde la parejita acostumbraba a sentarse a charlar, comer pipas y fumar dentro del portal, acomodados en los primeros peldaños de la escalera, cuyo acceso quedaba completamente bloqueado. Por supuesto, si venía cualquier vecino se levantaban amablemente y le cedían el paso, salvo si ese vecino era un servidor. Yo vivía en el primer piso y siempre subía andando, pero a menudo, cuando volvía a casa después de entrenar, me los encontraba en actitud melosa y me pedían de malas maneras que cogiera el ascensor. Obviamente me negaba, y entonces apelaban a que eran mayores que yo y debía guardarles un respeto que no se habían ganado. Algunas veces cedía, otras me quedaba allí de pie hasta que me dejaban pasar y, puntualmente, trepaba por la pared y saltaba la barandilla accediendo a la escalera justo un tramo por encima de ellos, que se quedaban abajo farfullando y protestando, pero sin llegar a levantarse.

Para colmo de males, eran unos guarros y siempre dejaban la escalera llena de cáscaras de pipas y colillas, no sé cómo el resto de vecinos no protestaban. Un día, harto de su comportamiento desagradable y anticívico, recogí con cuidado todos los desperdicios que habían dejado y los deposité en el buzón de su casa. Sus padres no tenían culpa de nada, y seguro que se sorprendieron ante el regalito que se encontraron a la mañana siguiente cuando abrieron el buzón.. ¡pero funcionó! Seguramente conocían la procedencia de esos restos y le cantaron las cuarenta a su hija, porque desde aquel día no volvieron a ensuciar la escalera, y hasta querría pensar que empezaron a ser un poquito más amables conmigo.. No, eso seguro que no.

viernes, 4 de marzo de 2016

Placa identificativa

En los vestuarios del Parque Deportivo Ebro había multitud de pequeños cubículos donde podías cambiarte de ropa con tranquilidad, alejado de miradas indiscretas. A la entrada había un mostrador, donde un trabajador del parque te proporcionaba si se lo solicitabas una enorme percha metálica con un identificador único, para que colgaras tus prendas y te las custodiase dentro de la consigna. Para que no hubiera confusiones y pudieras recuperar la ropa posteriormente, te quedabas una pulsera con una chapa redonda de color azul, en rosa para el vestuario de chicas, que llevaba grabado en negro el número de la percha que habías usado

Placa identificativa
© Brian Robert Marshall - Wikimedia Commons

A veces el trabajador no estaba en su puesto y supongo que entonces la gente entraba directamente a buscar su percha, dejándola luego abandonada junto a su pulsera identificativa dentro de alguno de los cubículos. Esos eran los que buscaba yo cuando iba a cambiarme, porque jugaba a coleccionar las placas redondas con los diferentes números grabados en ellas. No lo hacía con mala intención, ni realmente por afán coleccionista, ya que al final no me las guardaba y las dejaba abandonadas en algún rincón del parque, sólo me las llevaba un rato porque eran bonitas. Hubiera sido interesante enterarse de qué partida de los presupuestos de cada año, costeados entre otros por mis padres, estaba destinada a reponer las chapas que desaparecían misteriosamente de los vestuarios, quizás con ese conocimiento en la mano hubiera dejado de comportarme así antes.

viernes, 19 de febrero de 2016

Cocina Art Déco

Muchos fines de semana, después de comer, acudía a casa de mi amigo Miguel Ángel a jugar o trabajar en nuestros múltiples y normalmente inconclusos proyectos, que entre otras actividades incluían programar juegos de ordenador o aplicaciones de inteligencia artificial, crear juegos de tablero y estrategia, componer piezas musicales, escribir cuentos, dibujar historietas.. prácticamente cualquier cosa que pudiera encuadrarse dentro de las artes creativas. Nuestras sesiones sólo se veían interrumpidas a la hora de la merienda, durante la cual nuestra concentración decaía y en un ambiente más distendido bromeábamos y cotilleábamos como los adolescentes que éramos.

Cocina Art Déco
© marchorowitz - Flickr

Un día, no sé cuál fue el detonante, nos pusimos a sacudir y agitar nuestros bolígrafos pilot uno contra el otro como si lanzáramos rayos invisibles a diestro y siniestro, riendo a carcajadas. Hasta que nos dimos cuenta de que la tinta había empezado a escapar a chorros de su cubículo de contención y estábamos poniendo la cocina perdida. Mesa, frutero, lámpara, suelo, armarios, cortinas.. nada se libró de nuestros rayos negros y azules de la muerte. Tampoco nosotros nos libramos de una buena reprimenda, cuando la madre de Miguel Ángel se percató de lo que habíamos provocado. Si hubiéramos sido grandes pintores quizá hubiéramos podido vender el estropicio como una obra modernista, ¡así de extravagante y peculiar es el arte! Seguro que entonces ni siquiera Valentina nos habría obligado a limpiar nuestra creación.

lunes, 8 de febrero de 2016

Café para los muy cafeteros

Algunos fines de semana, nuestro vecino Salvador se presentaba en casa después de comer y se tomaba un café con mi padre, mientras charlaban tranquilamente de cosas de mayores. Ambos eran muy cafeteros y disfrutaban de ese brebaje amargo, sólo y sin azúcar, como si realmente les gustase. Algo que nunca he podido comprender, pues a mi lo único que me agrada del café es el aroma de los granos recién molidos, y por supuesto su efecto estimulante, aunque en realidad no me afecte demasiado, ya que nunca me ha quitado el sueño, sólo lo justo para no quedarme dormido al volante.

Café para los muy cafeteros
© anieto2k - Flickr

Acomodados en el sofá del salón, solían pedirme que fuera yo el encargado de preparárselo, porque les tenía perfectamente tomada la medida y sabía que les gustaba bien cargado, cuanto más fuerte mejor. Así que llenaba la cazoleta hasta el borde, bien repleta de café pero sin apelmazarlo en demasía, y lo ponía a fuego lento para que subiera despacio capturando todo el sabor.

Hubo una ocasión en que se terminó el café y apenas había llenado la mitad del recipiente pero, en lugar de molestarles con nimiedades o dejarles sin su ansiado néctar, eché mano sin que se percataran de un bote de Nescafé que teníamos por casa y rellené lo que faltaba con los polvos de ese pseudo-café que mi padre y el vecino repudiaban sin ambages. Cuando estuvo listo les serví un par de tazas y me quedé en segundo plano observando y esperando su inminente reacción de rechazo. Pero cuál no fue mi sorpresa cuando empezaron a alabarlo como el mejor café que les había preparado nunca.

¡Qué risa para mis adentros!, con lo que se las daban de grandes cafeteros y se la había colado con un sucedáneo barato de disolución instantánea. Me mordí la lengua, pero al final no pude evitar confesar mi jugada maestra mientras disfrutaba de sus caras de incredulidad. Aunque quizás hubiera sido más inteligente guardarme el secreto, por si necesitaba volver a emplear mi receta secreta más adelante sin levantar sospechas.

viernes, 5 de febrero de 2016

Mi querida almohada

Un día, de la noche a la mañana, mi madre decidió que la almohada de mi cama estaba demasiado deteriorada y ya no cumplía su función, así que me compró una nueva y tiró la vieja a la basura. Es verdad que la pobre llevaba muchos años soportando el peso de mi cabeza, estaba reblandecida por unos sitios y apelmazada por otros, de manera desigual, quizás hasta algo incómoda, pero no me importaba, al fin y al cabo era mi almohada.

Mi querida almohada
© Jessicaalderson - Wikimedia Commons

Aquella misma noche, antes de que fuese demasiado tarde, bajé a la calle y me acerqué hasta el contenedor de la basura para recuperar mi preciado reposacabezas con nocturnidad y alevosía. La oculté en un lateral de la cama, entre el colchón y la pared de la litera superior donde dormía, y cuando me acostaba daba el cambiazo para seguir apoyando mi dura cabezota entre sus desgastados tejidos, disfrutando de un sueño reparador. Era difícil que nadie se percatara de lo que estaba haciendo o la descubriera allí oculta en las alturas, máxime cuando era yo mismo quien se hacía la cama a diario. Pero al final acabó sucediendo.

Mi madre terminó por descubrirla y se deshizo de ella para siempre jamás mientras yo no estaba. ¡Qué disgusto me llevé cuando me enteré! Aunque debo reconocer que la nueva era mucho más cómoda, a mi siempre me han gustado las almohadas firmes y compactas. El usar la vieja mientras pude era sólo por una cuestión meramente sentimental, como esos niños que no quieren desprenderse nunca de su manta o su muñeco de trapo, aferrándose a la niñez con uñas y dientes. Pero algún día terminas por ceder y crecer.

lunes, 25 de enero de 2016

Duelo de sables

En aquella época temprana en la que comenzábamos a tomar plena consciencia de nuestros cuerpos y empezábamos a descubrir y experimentar con cada rincón de los mismos sin avergonzarnos por ello, recuerdo una noche que nos acabábamos de acostar, y antes de conciliar el sueño nos pusimos a dar brincos sobre las camas simulando un duelo de sables. Sin duda una consecuencia derivada de la serie animada del momento, "D'artacán y los tres mosqueperros", salvo que a falta de palos de madera empleábamos nuestros pequeños atributos masculinos sujetos con la mano a modo de espada.

Duelo de sables
© Leelavathy B.M. - Wikimedia Commons

No sé si ese mismo día, u otro parecido en el que también andábamos montando follón en lugar de dormir, mis padres irrumpieron de repente en la habitación, zapatilla en mano, para intentar disolver por la fuerza aquella manifestación de energía infantil ilimitada no autorizada. Un zapatillazo, aunque picaba, no imponía demasiado, pero si como en alguna ocasión, desesperados, terminaban quitándose el cinturón, ya era gallo de otro cantar y lo mejor era obedecer ipso facto, acatando sin rechistar la represión de los adultos.

viernes, 22 de enero de 2016

Comida para astronautas

¿Por qué la pasta dentífrica para niños tiene colores, aromas y sabores tan deliciosos? La mayoría de las que he probado se parecen más a una apetitosa golosina que a un producto de limpieza e higiene bucal. Además, el formato clásico de los envases recuerda mucho a los tubos de comida que usaban los primeros cosmonautas soviéticos, de modo que no es de extrañar que un chaval que soñaba con explorar el universo a bordo de una nave espacial (¿quién no lo ha hecho alguna vez?), se sintiera más cerca de su objetivo cuando ingería el pseudo-alimento espacial que tenía más a mano.

Comida para astronautas
© Aliazimi - Wikimedia Commons

Ojalá esta visión poética del asunto fuera verídica, pero la fría y cruda realidad es que mientras me estaba lavando los dientes no pensaba precisamente en los secretos del cosmos, sino en que la pasta tenía un sabor tan dulce e irresistible.. Menos mal que nunca me produjo dolor de estómago u otros problemas gastrointestinales. De hecho, estoy seguro de que, en previsión de ese comportamiento por parte de niños como yo, la pasta de dientes era comestible, aunque no creo que fuera muy nutritiva.

lunes, 26 de octubre de 2015

La frustración del coleccionista

Cuando mi hermano Daniel hizo la Primera Comunión, alguien le regaló un álbum vacío de esos que se usaban para coleccionar sellos, lo que no dejaba de ser una forma de imponerle una afición por la filatelia que él no había elegido.

La frustración del coleccionista
La rubia de mis ojos - Dominio Público

Yo descubrí mis propios intereses cuando, viviendo todavía en el barrio La Jota, el padre de mi amigo Miguel Ángel nos llevó un día a la fábrica en la que trabajaba y, a escondidas, como si de un valioso tesoro se tratase, nos llenamos los bolsillos con unos pedazos de pirita de brillantes facetas plateadas. Con el tiempo, consiguiendo unas piezas aquí y otras allá, llegué a tener una colección de minerales bastante interesante.

Un día, viviendo ya en el Actur, mi padre se trajo del trabajo una moneda que algún pasajero listillo había hecho pasar por un duro (5 pesetas, o aproximadamente 3 céntimos de euro) para pagar el billete del autobús. Pero no era una moneda falsa, sino una peseta de plata fechada en el año 1901, con la efigie del rey Alfonso XIII cuando todavía era un niño. El tipo que quiso timar a mi padre no sabía lo que tenía entre manos, no es que valga una fortuna, pero actualmente puedes encontrar en eBay piezas similares por un precio que oscila entre 3 y 195 €. Mi padre me la entregó a mi, no porque fuera su favorito (todos sabemos que siempre ha sido mi hermano Rubén), sino porque en aquella época coleccionaba monedas de todo tipo. Al indagar sobre sus orígenes históricos, me entraron ganas de completar una colección de pesetas de todas las épocas, tamaños y colores que pudiera encontrar, desde la típica rubia con las caras del dictador Francisco Franco o del rey Juan Carlos I, hasta las de color aluminio que fueron disminuyendo progresivamente de tamaño, alcanzando proporciones ridículamente pequeñas en sus últimos años de existencia.

Casualmente, nuestro vecino de al lado, Salvador, también era un apasionado coleccionista de minerales y monedas. En un par de ocasiones me invitó a su casa para que contemplara sus piedras, mucho más numerosas que las mías, que tenía expuestas en varias estanterías metálicas en una de las habitaciones, y una vez hasta me regaló una roca de sal para mi recopilación.

Pero la pieza que más me gustaba, anhelaba y codiciaba era una de sus monedas, concretamente una peseta del año 1937 que yo no poseía. Alguna vez, en verano, cuando los vecinos se habían ido de vacaciones y nos habían dejado sus llaves para que regáramos sus plantas y por si surgía algún imprevisto, allanaba su morada y contemplaba esa moneda embobado durante un largo rato. Durante mucho tiempo estuve buscando afanosamente una igual, pero nunca la encontré. Aún guardo mi colección de pesetas a buen recaudo, pero desde la primera vez que le eché un ojo a aquella rubia de finales de la II República, la he notado siempre incompleta, y mis aspiraciones como coleccionista frustradas.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Rebelión en la granja-escuela

Desde los 7 a los 14 años, cada verano pasaba un par de semanas en algún campamento o colonia urbana, lejos de mis padres y de la civilización. Cada vez iba a un sitio diferente (Benasque, Cantavieja, Broto.. ), pero siempre acompañado de algún hermano, prima y/o vecino. Por ejemplo, un año estuve en una granja escuela con mi hermano Rubén y mi prima Arancha. Fue una experiencia muy interesante, diferente, hacer todas las cosas que se hacen habitualmente en este tipo de vacaciones (excursiones, juegos, competiciones, bailes y cantos a la luz de una hoguera..), aderezado además con el cuidado diario de los típicos animales de granja (cerdos, cabras, gallinas, patos..). ¡Fue la primera (y última) vez que he ordeñado a una cabra! Pero aquellas dos semanas dieron para mucho más.

Rebelión en la granja-escuela
© cronopiazul - Flickr

Para el asombro. Fue allí donde descubrí estupefacto que también los animales no humanos, en concreto los cánidos, pueden mantener relaciones sexuales entre individuos del mismo sexo, desmintiendo así una de las mayores falacias que repiten insistente y machaconamente los detractores de ese comportamiento supuestamente antinatural en nuestra sociedad.

Para el miedo. Un par de veces fuimos de paseo hasta un caserón abandonado situado en la cima de una colina no muy distante. Al anochecer, la silueta del edificio, recortada contra las luces y sombras del ocaso, adquiría un aspecto fantasmal, de película de terror, y los escalofríos te recorrían de arriba a abajo toda la columna vertebral. Una sensación de desasosiego acentuada por una línea de alta tensión cercana, cuyos campos magnéticos te ponían literalmente los pelos de punta. Explorando con las linternas el destartalado interior pronto nos topamos con sus actuales inquilinos, cientos de pequeños murciélagos colgados de paredes y techos, que algunos chicos intentaron atrapar sin demasiado éxito, y que, para terminar de completar la atmósfera de inquietud y desazón, dieron pie a historias de vampiros y muertos vivientes.

Para las travesuras. Al lado de la granja discurría la zanja de una acequia seca. Estaba canalizada con largas tuberías de hormigón de varias decenas de metros, cuyo interior era accesible, pues ambos extremos terminaban abruptamente, abiertos al aire, como invitándonos a explorarlos. A la luz de nuestras linternas nos asomamos a un mundo oscuro, frío y húmedo, lleno de ecos, barro, y alguna que otra rana saltarina. Un primer insensato se envalentonó, se introdujo a duras penas en el estrecho orificio y, tras varios minutos de angustiosa lucha, consiguió pasar a rastras hasta el otro extremo. No fui yo, ni tampoco fui el segundo, ni el tercero. De hecho, no tenía ninguna intención de meterme en un lugar potencialmente claustrofóbico y arrastrarme por el fango. Pero al final la presión de grupo pudo con mis reticencias y yo también pasé por el aro. No fue una experiencia placentera, más bien todo lo contrario. Era un túnel angosto y sucio, que parecía infinitamente más largo una vez que estabas en su interior. Aunque hubiese querido, no hubiera sido sencillo dar marcha atrás, así que la única opción viable era seguir avanzando, intentando mantener a raya la ansiedad y el inevitable subidón de adrenalina que aparece en las situaciones límite. No sé cuánto tiempo estuve allí dentro, pero sí que los últimos metros, ya con la luz al final del túnel casi al alcance de mi mano, fueron un alivio. Tampoco sé si alguien repitió la aventura, pero desde luego yo no. Pero lo peor vino después, cuando tomé conciencia de lo que podía haber pasado si, mientras alguno de nosotros permanecíamos allí atrapados, se hubieran abierto las compuertas de la acequia dando paso al flujo de agua. Sinceramente creo que a veces no hay más accidentes y tragedias por simple y pura suerte.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Fuego fatuo

Uno de los trucos más vistosos que hacíamos cuando caía en nuestras manos un mechero consistía en cerrar el puño dejando una cavidad interior que llenábamos de gas a través de una pequeña apertura en la parte inferior, para después prenderla con una chispa mientras abríamos la mano simultáneamente, contemplando asombrados la rápida deflagración formada, cuál fuego fatuo levitando brevemente sobre la palma abierta de la mano.

Fuego fatuo
Fuego fatuo - Dominio Público

lunes, 27 de julio de 2015

El arco más grande del mundo

Lo mejor que tenía el piso nuevo es que, al ser un primero, disfrutábamos de un amplio patio de luces donde correr, saltar y jugar a la pelota sin ningún peligro. El mayor inconveniente es que si golpeábamos el balón demasiado fuerte era fácil que éste sobrepasara la altura de la valla de separación y aterrizara en algún otro patio de luces. Aunque tampoco era demasiado problema, avisabas al vecino o vecina de turno y normalmente te la devolvían amablemente. Pero a veces no había nadie en casa, o la pelota caía en el único piso en el que todavía no vivía nadie. En esas ocasiones, no nos quedaba más remedio que saltar la valla y recuperar la pelota por nuestros propios medios, o buscarnos otro entretenimiento. Por cuestión de agilidad, normalmente yo era el afortunado saltador que entre un cóctel de nervios y adrenalina se jugaba una buena reprimenda. Afortunadamente, si alguien me vió alguna vez nunca dijo nada.

El arco más grande del mundo
© roapma - Flickr

El patio de luces también servía para secar la ropa húmeda recién salida de la lavadora. Las cuerdas del tendedor lo atravesaban en toda su longitud, y si colocabas una pinza encima a modo de flecha y las tensabas hasta casi tocar el suelo, podías lanzar el proyectil hasta alcanzar la altura del cuarto y último piso. Con un poco más de tensión podríamos haber hecho aterrizar las pinzas en el tejado empedrado del edificio. Pero no daba para tanto, así que tenías que estar atento para esquivarlas cuando la gravedad hacía su trabajo y volvían a caer sobre nosotros a la misma peligrosa velocidad con que las habíamos arrojado con el arco más grande del mundo.

lunes, 20 de julio de 2015

Doña Urraca

Este no es un recuerdo cualquiera, es el "Recuerdo", con mayúsculas, esa historia que siempre acabamos rememorando entre risas en las reuniones familiares, la que dio pie al proyecto de recopilar y escribir estos retales de mi infancia, que poco a poco se han convertido, casi sin darme cuenta, en unas memorias casi completas de mi juventud.

Doña Urraca
© sandid - Pixabay

Estábamos jugando en la calle con mis primas, que habían venido de visita a nuestro nuevo barrio. Aburridos de permanecer cerca de casa atravesamos el pasaje que daba acceso a la calle adyacente, justo a la altura de la papelería. Delante del establecimiento había una zona ajardinada muy bien cuidada, protegida por una pequeña verja metálica de un palmo de altura, que además de albergar algunos árboles, estaba cubierta por un frondoso manto de tréboles de un verde intenso, donde algunas veces habíamos buscado infructuosamente el famoso trébol de cuatro hojas de la suerte.

Dentro del jardín había un niño pequeño jugando entre nuestros tréboles. Mi prima Ana le dijo que no podía estar ahí pisoteando y arrancando las plantas, y de repente, cuando ya nos habíamos dado la vuelta, el chiquillo se echó a llorar desconsoladamente como si le hubiéramos revelado que los Reyes Magos son en realidad los padres. Sorprendidos por su reacción, le miramos a él y nos miramos los unos a los otros como diciendo, "yo no he sido", "yo tampoco". Pero la madre andaba cerca y no tardó en encararse con nosotros, increpándonos y acusándonos poco menos que de haber pegado a su hijo, a lo que mi prima respondió que no le habíamos puesto una mano encima.

La señora, alta, delgada y de gran nariz aguileña desde nuestro limitado punto de vista, comenzó a decir que si el niño se quejaba era por algo, que éramos unos gamberros malcriados y Ana una maleducada por contestar a una persona mayor, pero cometió el error de terminar su retahíla con la coletilla "guapa, aunque de guapa no tienes nada". Y ni corta ni perezosa, sin pensárselo dos veces, mi prima la dejó perpleja al replicar "¡pues anda que usted, que parece una urraca!".

Antes de que la mujer pudiera reaccionar, y sin mediar una palabra, salimos corriendo como alma que lleva el diablo, desandando los pasos a través del pasaje y volviendo a nuestra zona de seguridad al lado de casa. Más tarde, cuando se disiparon los efectos de la adrenalina, rompimos a reír a carcajadas. Y, sólo por si acaso, tardamos algún tiempo en volver a visitar el jardín de los tréboles.

lunes, 29 de junio de 2015

Incendio descontrolado

Al cambiar de casa y de colegio perdí la pista de mi amigo Miguel Ángel durante unos meses, hasta que el destino, o el puro y simple azar, quiso que nos reencontrásemos durante las fiestas de nuestro nuevo barrio, pues él también se había mudado a vivir al Actur con su familia y seguíamos siendo vecinos. Una vez reunidos, no tardamos ni un día en perpetrar nuestra primera travesura de la nueva era.

Incendio descontrolado
© bertknot - Flickr

En la calle de Miguel Ángel había varios chiringuitos de fiestas donde dejamos abandonados a nuestros padres mientras marchamos a explorar un descampado cercano. Estaba infestado de cañas resecas, el material perfecto para hacer una pequeña hoguera, y casualmente teníamos una caja de cerillas, así que una cosa llevó a la otra y pronto teníamos una pequeña fogata ardiendo a nuestros pies. Pero el fuego no tardó en escapar totalmente de nuestro control. Al principio intentamos sofocar las crecientes llamas pisoteándolas afanosamente, pero pronto alcanzaron un tamaño similar al nuestro y, asustados, tuvimos que salir corriendo para no terminar abrasados.

El incendio se extendió rápidamente por buena parte del descampado y un montón de gente que hasta ese momento estaba disfrutando de las fiestas se arremolinó en la periferia sin saber qué hacer. Algún adulto intentó contener las llamas, pero fue inútil, y al final tuvo que intervenir una dotación de bomberos del parque situado a la entrada del barrio.

Afortunadamente no hubo que lamentar mayores daños que un trozo de tierra renegrido. Ni siquiera hubo castigo para nosotros, porque Miguel Ángel y yo nos habíamos mezclado entre la multitud rápidamente y nunca confesamos ser los causantes del pequeño desastre. Pero el susto en el cuerpo y el miedo a una reprimenda ejemplar si nos pillaban fue suficiente penitencia como para no repetir jamás semejante acto de irresponsabilidad. Algo es algo.

viernes, 26 de junio de 2015

A vista de pájaro

A veces, vigilando que no hubiera moros en la costa, subíamos por las escaleras del edificio hasta que nos topábamos con la puerta metálica que daba acceso al tejado, y la franqueábamos saliendo al mundo exterior, a un lugar prohibido y peligroso.

A vista de pájaro
Tejado empedrado - Dominio Público

La azotea estaba flanqueada por un pequeño murete demasiado bajo como para evitar que nos asomáramos al vacío y sintiésemos el vértigo poniendo del revés nuestros estómagos. Curiosamente, el suelo del tejado estaba tapizado por una capa de piedras que crepitaban a cada paso que dabas, y que hacían juego con las piedras que recubrían las zonas comunes situadas a ras de suelo, de tal forma que una foto aérea tomada sobre la perpendicular del edificio hubiera dificultado enormemente su identificación.

¿Era acaso un camuflaje para mimetizar el edificio con el entorno y prevenir ser bombardeados en caso de una hipotética Tercera Guerra Mundial? ¿O el arquitecto se adelantó 20 años a su época e ideó una forma de salvaguardar nuestra intimidad de las fotos satélite de Google Maps? En cualquier caso, hace años que desaparecieron todas las piedras, primero las de la calle cuando se vallaron y embaldosaron las zonas comunitarias, y más tarde las del tejado, aunque no sé exactamente por qué.

lunes, 25 de mayo de 2015

Deshojando alcachofas

Estábamos de visita en un pueblo, no recuerdo si era Cabolafuente o Torrevelilla, aunque probablemente se tratara del primero, porque juraría que entre nosotros estaba mi primo Javi, de la rama familiar materna.

Deshojando alcachofas
© LoggaWiggler - Pixabay

Mientras paseábamos por sus calles nos topamos a las puertas de una casa un solitario cesto de mimbre repleto de alcachofas recién cogidas. Muchas veces habíamos visto a nuestra madre preparar ese vegetal de sabor metálico y desagradable arrancando una a una las hojas de las primeras capas hasta alcanzar el corazón, la parte más tierna y comestible.

De algún modo, nos pareció divertido realizar ese proceso nosotros mismos, así que nos hicimos con una alcachofa por cabeza y comenzamos a deshojarlas. Pero había un problema, no sabíamos cuándo parar, y antes de darnos cuenta habíamos sobrepasado el límite y estábamos con las manos prácticamente vacías.

Después de repetir el mismo proceso un par de veces más con idéntico resultado, decidimos que había llegado el momento de alejarnos de aquel lugar antes de que algún vecino nos pillara con las manos en la masa y su provisión de alcachofas reducida drásticamente. Al menos en un futuro próximo, seguiría siendo más provechoso para nuestros estómagos dejarle a nuestra madre la exclusividad de las labores culinarias.

lunes, 27 de abril de 2015

Dardos de verdad

Cuando yo era niño los dardos eran de verdad, con punta afilada de acero, no como esos de hoy en día que terminan en un pseudo-pincho de plástico que se dobla al primer impacto y no vuelve a quedar recto nunca más.

Dardos de verdad
© bogdansuditu - Flickr

Tampoco disponíamos de dianas electrónicas como las de ahora, así que cualquier conjunto de círculos concéntricos dibujados a mano en un trozo de cartón nos servían para practicar nuestra puntería. Los problemas venían cuando no acertábamos dentro del objetivo y el dardo terminaba alcanzando alguna superficie no apta para nuestros juegos. Definitivamente, como pudimos comprobar infinidad de veces, apoyar la diana en la pared de yeso de la casa o en la puerta de madera de entrada al piso era una mala idea.

viernes, 24 de abril de 2015

Dos rombos

Hubo una época en que las películas no aptas para menores de edad, ya fuera por un exceso de violencia, por contener escenas subidas de tono o por cualquier otra excusa que se le ocurriese a las autoridades censoras de turno, se identificaban con dos rombos blancos en la esquina superior derecha de la pantalla. Era el momento en que los pequeños nos teníamos que ir a la cama si o si, mucho más imperativo que si te lo cantaba la Familia Telerín o años más tarde el monstruo Casimiro.

Dos rombos
Historias para no dormir

Pero éramos muy curiosos, ¿qué tenían de especial aquellas películas que no nos dejaban ver? Cuando mis padres ya estaban relajados en el sofá, pensando que estábamos dormidos en nuestras habitaciones, salíamos con sigilo y nos asomábamos a la puerta del salón para espiar entre penumbras las imágenes prohibidas. Era una aventura arriesgada que nos llenaba de tensión y adrenalina, pero al final resultaba siempre bastante decepcionante, porque la verdad es que no recuerdo haber visto nunca nada fuera de lo habitual.

Siendo ya más mayores, mi madre cambiaba de canal o apagaba la televisión en cuanto aparecía un cuerpo desnudo. Nunca entendí tanto puritanismo, como si no hubiésemos visto mucha más carne miles de veces en la playa, en revistas o incluso en los libros de ciencias del colegio. En cambio, era muy divertido observar y analizar la actitud de mi padre. Estoy seguro de que él realmente quería ver esas escenas, pero para aparentar que no estaba de acuerdo con su emisión y que no le importaba perdérselo, hacía comentarios jocosos en voz alta destinados a apaciguar a mi madre, del estilo de "¡esa va a coger frío!", mientras no quitaba ojo de la pantalla. Qué pillo, todo un maestro.

lunes, 20 de abril de 2015

Tobogán improvisado

Mi madre nos contó una vez la historia de un niño que había sufrido un accidente mortal en una de las casas donde vivió de pequeña. Al parecer, los chiquillos solían utilizar inapropiadamente la barandilla de las escaleras como si fuera un improvisado tobogán, y aquel fatídico día uno de ellos perdió el equilibrio y cayó desafortunadamente por el hueco de las escaleras hasta estamparse mortalmente en el patio interior.

Tobogán improvisado
El tobogán de la muerte - Dominio Público

Claro que una desgracia así sólo podía suceder en los viejos caserones que tenían un gran espacio en el centro de las escaleras, y que en muchos edificios fue utilizado posteriormente para instalar un ascensor. En nuestra casa no había tal hueco, solo una pequeña abertura de apenas un palmo, y yo bajaba muchas veces de un piso a otro deslizándome por la madera del pasamanos sin correr el riesgo de precipitarme al vacío. Eso si, siempre sin testigos cerca que pudieran delatar mi pequeña travesura.