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lunes, 3 de octubre de 2016

Retales de mi infancia, el libro

Ya hace unos meses que terminé de escribir estos "Retales de mi infancia". Y ahora, ¿qué?, ¿qué va a ser de este blog? Sinceramente, no lo sé. Quizás amplíe horizontes y me dedique a escribir una segunda parte, los "Retales de mi vida", o quizás ya cumplido su papel lo deje como está. No lo tengo claro todavía. Es una cuestión más complicada que encontrar la respuesta a "el sentido de la vida, el universo y todo lo demás". De hecho eso es muy fácil, es 42, como los años que cumplo hoy.

Retales de mi infancia, el libro
¿El principio de una saga? - Dominio Público

Lo que sí sé es lo que voy a hacer con esta recopilación de recuerdos, un libro. Sin duda me va a llevar una cantidad considerable de trabajo extra, pero creo que el esfuerzo puede valer la pena. La idea es hallar un modo de ordenar cronotemáticamente las historias para darle una mayor coherencia y consistencia a todo el conjunto, buscar por casa de mis padres viejas fotografías que me ayuden a ilustrar y poner cada situación en su contexto, y finalmente autoeditarlo en Lulu.com o alguna otra plataforma similar, para poder regalar un ejemplar físico a cada miembro de mi familia en Navidad. 

Parece fácil, pero es todo un reto. Para empezar tengo que involucrar a uno o varios de mis hermanos y pedirles que empiecen a escanear todas las fotos que encuentren en las viejas cajas de zapatos donde las tienen almacenadas mis padres. Pero tengo que hacerlo sin contarles para qué las quiero realmente. Una solución es apelar a motivos sentimentales, eso nunca falla, simplemente decirles que quiero tener una copia para el recuerdo, e incluso puedo convencerles de que es una gran oportunidad para hacer un buen regalo, pueden grabar un DVD con la colección completa de fotos y entregarnos una copia a cada uno en Navidad. Sería el complemento ideal para mi libro.

Sin duda, la parte más ardua va a ser la ordenación cronotemática, son más de 200 historias divididas en 2 ó 3 grandes bloques espacio temporales, pero en muchas ocasiones la cronología no está del todo clara, y en muchas otras hay temas conectados entre sí que traspasan esas fronteras espacio temporales, así que hay que encontrar una solución intermedia. Necesito desarrollar un algoritmo de ordenación propio, veremos si lo consigo, porque el resultado final pude variar mucho según como lo presente.

Bueno, ya está bien de charla, ¡a trabajar!

viernes, 22 de julio de 2016

Soy un señor

"Señor, ¿puede decirme la hora?". Cuando un chiquillo te suelta eso por la calle sin previo aviso, sabes que se acabó, que por muy joven que te sientas, por muchas fuerzas y energías que te queden, por muchos planes que hayas hecho para el futuro, ya hace tiempo que has dejado la infancia atrás. Podrás seguir acumulando nuevos recuerdos, nuevas anécdotas e historias alegres, tristes, graciosas o simplemente curiosas, pero ya no serán "Retales de mi infancia", serán otra cosa, y como tal ya no tienen cabida aquí. Así que este es el fin. THE END.

Soy un señor
¿Quién dice que no soy joven? - Dominio Público

Si alguien ha llegado a leer esta especie de memorias de mi infancia, espero que las haya disfrutado tanto como yo he disfrutado escribiéndolas. Han sido más de 3 años de arduo trabajo. Ahora valoro mucho más la profesión de novelista, entiendo el terror a la hoja en blanco, el bloqueo del escritor, y la lentitud de George R.R. Martin para publicar de una vez por todas "Vientos de Invierno".

Es posible que a partir de este momento aún afloren a mi memoria algunos recuerdos susceptibles de ser reseñados en este blog. En tal caso los iré añadiendo aquí puntualmente, pero obviamente ya sin seguir la periodicidad habitual.

lunes, 18 de julio de 2016

¿Borracho yo? Tururú

Acababa de salir de casa en dirección al centro cuando, a la altura de Ranillas, me crucé con un señor mayor visiblemente ebrio que caminaba tambaleándose ostensiblemente de un lado a otro y a duras penas se mantenía en pie. No había avanzado más que unas decenas de metros tras el encuentro cuando oí a mi espalda un fuerte estruendo, me giré en redondo, y vi cómo el pobre hombre había terminado por darse de bruces contra el suelo.

¿Borracho yo? Tururú
El alcoholismo no es cosa de risa - Dominio Público

Por unos instantes me quedé petrificado sin saber qué hacer, indeciso entre acudir a socorrerlo o dejar que se apañara por sus propios medios. Durante esos segundos de duda, un par de transeúntes que pasaban más cerca se acercaron para echarle una mano y ayudarle a levantarse, y acto seguido volví a girarme, continuando mi camino como si tal cosa, ajeno a los problemas de un necesitado.

Sé lo que tendría que haber hecho, pero no lo hice, y muchas veces me arrepiento de ello y me pregunto el por qué. Seguramente fui víctima de lo que en psicología se denomina "Efecto Espectador", pero ser tan predecible tampoco me consuela. Desde entonces intento hacer al menos una buena obra al día, y no sólo por la egoísta sensación de sentirme mejor conmigo mismo, sino de sentirme mejor con el mundo.

viernes, 15 de julio de 2016

Opus Dei

En mis años de Universidad trabé amistad con César, un chico en apariencia bastante normal, amable, simpático y buen estudiante, junto al que hice muchas de las prácticas de la carrera. La única pega que tenía el buen hombre es que era numerario del Opus Dei. Al principio pensé que le vendría de familia, que sus padres le habrían inculcado esas ideas, esa filosofía y estilo de vida, pero más tarde supe que no, que sus padres no eran especialmente religiosos, que había sido captado por alguien un tiempo atrás y sus padres no llevaban el tema demasiado bien.

Opus Dei
© Amio Cajander - Flickr (hay sectas para todos los gustos)

Vivía en un piso junto a varios curas y otros numerarios de su secta. En realidad eran varios pisos, todos los de la primera planta del edificio, comunicados internamente entre sí de forma que podías dar una vuelta completa y volver de nuevo al punto de partida sin salir al exterior. A veces quedábamos allí para estudiar o preparar algún trabajo. Todo era muy singular. Por ejemplo, lo primero que hacían al llegar era asomarse a una pequeña capilla y mostrar sus respetos arrodillándose y santiguándose. Si nos daban las 12 del mediodía dejaban absolutamente todo, independientemente de lo que estuvieran haciendo, se ponían en pie y dedicaban unos minutos a rezar el Ángelus en voz alta. Sin embargo, lo más curioso de todo es que la limpieza de la casa corría a cargo de mujeres de la obra, pero nunca las veías, Cuando se iban acercando a la habitación en la que estuvieras trabajando, tenías que trasladarte con todos los bártulos a las estancias contiguas, siguiendo la misma dirección que ellas en el interior del círculo. "Es para evitar tentaciones", decían.

Que César intentaba captarme estaba fuera de toda duda. Me invitaba a charlas sobre la Sábana Santa, a sesiones de meditación, a un fin de semana de esquí en la nieve, a jugar al tenis en unas instalaciones para empleados de Ibercaja de las que era socio su padre, y hasta intentaba que me confesara con uno de los curas con los que convivía. "Tocarse es pecado", solía repetir. Y aunque yo no tenía ningún interés en formar parte de su religión, me dejaba querer, pero sólo por conveniencia. Antes de conocerle nunca hubiera imaginado la cantidad de profesores universitarios que pertenecían al Opus Dei. Tenerlo de amigo y compañero me hacía gozar de ciertas ventajas ocultas.

Es cierto que el muchacho tenía muchas manías y rarezas, pero tengo claro cuál fue la gota que colmó el vaso y fue la causante de que empezáramos a distanciarnos poco a poco. Había ido al Pilar a misa con mi amigo José Pedro. Estábamos pegados a la pared, en un lateral del altar mayor, donde solíamos ponernos muchas veces con mis padres, cuando de repente, casi al final de la ceremonia, apareció César. Les presenté, nos pusimos a charlar y no sé por qué empezó a aleccionarnos sobre que comulgar en pecado era un pecado todavía mayor. Antes de que nos diéramos cuenta la misa había concluido. César estaba visiblemente afectado porque se había despistado hablando del tema y no había pasado a comulgar. "No importa, ya volveré a misa esta tarde para recibir la comunión", afirmó. José Pedro y yo nos miramos estupefactos, ¿tragarse todo ese tostón de nuevo? Una vez a la semana podía aguantarse pero, ¿dos veces en un día? Había algo en la cabeza de ese chico que no funcionaba del todo bien o, para ser más exactos, que no funcionaba como en las nuestras.

En cualquier caso, sus palabras hicieron mella en mí, pues a partir de entonces pocas veces más he pasado a comulgar. Si no podía recibir ese sacramento estando en pecado, y no estaba dispuesto a ir corriendo a contarle a un cura mis intimidades, sean pecado o no, la consecuencia era evidente. Poco a poco empecé a examinar todas las afirmaciones sobrenaturales con ojo crítico y a abandonar las costumbres y creencias religiosas hasta convertirme en el escéptico orgulloso que soy hoy. Y, simplificándolo mucho, todo gracias a un numerario del Opus Dei que me quería captar para su secta. Irónico, ¿no?

lunes, 11 de julio de 2016

El señor de las moscas

En el libro de religión de 5º ó 6º de E.G.B. leí un pasaje de una novela protagonizada por niños de aproximadamente mi edad, que me llamó poderosamente la atención. Era "El señor de las moscas", del escritor inglés William Golding, galardonado con el Premio Nobel de literatura en 1983. Esa Navidad, el único regalo que pedí fue un ejemplar del texto completo para poder leer toda la historia que me había cautivado en unos pocos párrafos. Y aunque la narración contiene momentos sobrecogedores de tensión, angustia y casi diría que terror, quizás no demasiado aptos para la mente aún en desarrollo de un chiquillo, el argumento es tan apasionante de principio a fin que enseguida se convirtió en uno de mis libros favoritos de todos los tiempos. Un imprescindible en cualquier biblioteca que se precie.

El señor de las moscas
© sundazed - Flickr

viernes, 8 de julio de 2016

Séptimo mandamiento, no robarás

Habíamos cargado el coche hasta mucho más allá de su capacidad, rozando los límites de estabilidad y seguridad aceptables, encajando sobre la baca maletas, bolsas y bultos inclasificables en un tetris perfecto, y cubriéndolo todo con una vieja manta tensada sobre el vehículo con varias cinchas elásticas, siguiendo el ritual que ejecutábamos dos veces al año, el primer y último día de vacaciones.

Séptimo mandamiento, no robarás
Jugando al tetris sobre la baca del coche

Tras un mes de veraneo en Salou volvíamos por fin a casa. Pero mis padres querían asistir a misa antes de irnos, así que nos acercamos hasta la iglesia con el coche completamente preparado para marchar en cuanto terminase la ceremonia y aparcaron cerca de la entrada, supongo que actuando de buena fe, pensando que nadie se iba a molestar en robar en un viejo coche a las puertas de un lugar sagrado. ¡Qué ingenuos!

Afortunadamente, un vecino se percató de la situación, se acercó a mis padres y les dijo que ni se nos ocurriera dejar el coche allí sin vigilancia, que cuando saliésemos de misa ya no quedaría nada para llevar de vuelta a Zaragoza. Fue muy amable por su parte al avisarnos, y además sus palabras tuvieron dos consecuencias muy beneficiosas, por una parte volvimos a casa con todas nuestras pertenencias, y por otra nos libramos de media hora de soporífero sermón.

lunes, 4 de julio de 2016

El patio de mi casa es particular

"El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás. Agáchate, y vuélvete a agachar, que..". ¡Espera!, un momento por favor, rebobina, ¿qué tiene de particular si se moja como los demás? Esa era la gran duda que me entraba de pequeño cada vez que oía o entonaba esta popular canción infantil.

El patio de mi casa es particular
© José Luis Filpo - Wikimedia Commons

Hasta que un día descubrí que la palabra particular tiene varios significados en nuestro idioma, y el hecho es que el que yo interpretaba como correcto en la canción no era el acertado según el contexto de la misma. Y, por cierto, ni siquiera era la primera acepción en el diccionario de la Real Academia Española:
particular
Del lat. particulāris
1. adj. Propio y privativo de algo, o que le pertenece con singularidad.
2. adj. Especial, extraordinario, o pocas veces visto en su línea.
etc.

viernes, 1 de julio de 2016

Mecano

Mecano era con diferencia mi grupo de música favorito, Es cierto que a veces sus letras no estaban muy elaboradas y dejaban un poco que desear, como bien apuntaba mi amigo Miguel Ángel para burlarse de mi gusto musical. Desde luego, "no hay marcha en Nueva York, y los jamones son de york" no pasará a los anales de la historia como una de sus mejores rimas. Pero en conjunto me gustaba su estilo, sus melodías, y sobre todo su cambio de registro cuando José María Cano empezó también a componer para el grupo y lanzaron en 1986 el disco "Entre el cielo y el suelo". "Hijo de la Luna", "Cruz de navajas", "Me cuesta tanto olvidarte".. son himnos imperecederos.

Mecano
Mi primer CD

En 1987, después de volver del campamento de verano en Broto, vi ese álbum expuesto en una tienda y no pude resistir la tentación de comprármelo, a pesar de que sabía que no iba a poder escucharlo en una larga temporada. Era mi primer CD, pero por aquel entonces en casa aún no teníamos un lector de Compact Disc. No me importaba, me sabía todas las canciones de memoria. Bueno, más o menos, porque en el campamento sonaba mucho ese disco y recuerdo que una chica me señaló con el dedo mientras le cantaba a otra "elijo primero que le engendres a él". No sé qué me sorprendió más, si el dedo acusador o la estrofa elegida. Cuando más tarde descubrí que la canción realmente dice "el hijo primero que le engendres a él", tampoco se disiparon mis dudas.

El concierto de La Romareda de 1989 me pilló aún demasiado joven como para obtener el visto bueno de mis padres, pero no así los dos siguientes que dieron en la Plaza de Toros en los años posteriores. El lleno fue absoluto, como era habitual tratándose de Mecano, pero tuve suerte y conseguí un par de entradas, y encima gratuitas, porque el encargado de seguridad de la plaza durante los conciertos era hijo de una amiga de mi madre. Con dos entradas en mi haber y Miguel Ángel renegando del grupo, invité a mi amigo y vecino José Pedro a acompañarme.

Mi intención era situarme de pie en la arena, lo más cerca posible del escenario, y disfrutar de una experiencia inmersiva única e irrepetible. Pero, cuando estábamos en la fila de acceso a la plaza, José Pedro se encontró a dos conocidas y decidió que debíamos acompañarlas. Supongo que buscaba algo más que sólo acompañarlas. El caso es que yo podía elegir entre ayudarle en su objetivo de caza y captura, renunciando a mi plan original, o disfrutar como pudiera del concierto en solitario, haciéndome un hueco entre una multitud de desconocidos que iban a estar saltando, empujando y sudando durante horas. Así que finalmente acabamos los cuatro sentados en un lateral de las gradas.

Cuando, después de una larga y aburrida espera, por fin aparecieron los integrantes del grupo y Ana Torroja comenzó a cantar y a moverse torpemente por el escenario, como era habitual en ella, se me pasó el disgusto ipso facto. No me lo podía creer, era impresionante estar allí, tan cerca de mis ídolos musicales, viéndolos en directo y escuchando las canciones que habían marcado toda mi vida. Canté, bailé y aplaudí como si no lo hubiera hecho nunca antes.. y en cierto modo así era, pues al fin y al cabo era el primer concierto al que asistía. Y después de dos intensas horas de espectáculo, me fui a casa con una sensación de satisfacción enorme, que aún era un poco más placentera por el simple hecho de que José Pedro no había conseguido engatusar a ninguna de sus amigas.

lunes, 27 de junio de 2016

Mallorca

Para conmemorar el final de etapa de la Educación General Básica, era costumbre hacer un viaje fin de curso o viaje de estudios a algún destino elegido por los propios alumnos, bajo la tutela de varios profesores y/o padres de alumnos dispuestos a aceptar semejante responsabilidad. El año que me tocaba a mí decidimos por consenso ir a Mallorca, y desde principio de curso estuvimos preparándonos para ese gran acontecimiento.

Mallorca
© oggd - Flickr

Con el fin de sufragar parte del coste que suponía un viaje de esas características preparamos diversas rifas, mercadillos y demás actividades por el estilo, y en las semanas previas a Navidad nos recorrimos todos los pisos del barrio intentando vender algunos boletos de lotería. Era una labor muy desagradecida, te daban con la puerta en las narices, te decían que ya le habían comprado el día anterior a otro compañero cuando nos acababan de repartir los talonarios esa misma tarde, te abría la puerta un negro enorme medio desnudo gritándote cosas ininteligibles en otro idioma.. Al final conseguí vender muchos aparentando que sólo me quedaba uno, parece que entonces la gente se sentía más predispuesta a hacerte el favor de ayudarte a terminar la tarea.

El día de la partida estaba muy excitado. No era la primera vez que salía de casa, pues llevaba años asistiendo a campamentos de verano, pero sí era la primera ocasión en que iba a volar en avión. Estaba tan nervioso que no me percaté de que llevaba un cortauñas en el bolsillo del pantalón, y el arco de seguridad del aeropuerto se puso a pitar como loco. Varias veces me palpé los bolsillos y al no encontrar nada volvía a pasar y la máquina volvía a delatarme con su estridente sonido, ¡qué vergüenza! Hasta que al final hallé al culpable en un recodo casi oculto y pude pasar el control dejando el utensilio atrás, ya que quedó confiscado como peligrosa arma blanca.

No recuerdo gran cosa de las visitas por la isla, tan sólo que desde el hotel bajábamos a una playa cercana plagada de piedras en lugar de arena, que fuimos a visitar las espectaculares Cuevas del Drach, donde nos pasearon en barca por el lago subterráneo mientras unos músicos interpretaban en directo la preciosa "Barcarola de Los cuentos de Hoffman" de Offenbach, junto a otras obras de Chopin y Mozart, que nos condujeron a la fábrica de perlas Majorica bajo un diluvio de proporciones bíblicas con la esperanza de que gastásemos lo que no teníamos, o que una noche nos llevaron a una discoteca apta para menores de edad donde tenían preparados varios juegos para que el público se lo pasase bien y bailamos como locos al son de la música del momento, yo como Jon Travolta en "Fiebre del sábado noche" si hacemos caso a los comentarios de mi compañeros, que supongo que sólo se estaban quedando conmigo.

Como no podía ser de otra manera, al estar lejos de sus padres muchos chicos y chicas aprovecharon para hacer gamberradas, como reventar naranjas contra el techo de las habitaciones del hotel, dejando una mancha de zumo coloreando todo aquello que la explosión había alcanzado, o pasar de unas habitaciones a otras andando sobre unas vigas que atravesaban el patio de luces, en un claro e irresponsable acto precursor del balconing moderno, o simplemente fumar a escondidas. Qué desilusión pillar in fraganti a una chica sensata e inteligente como Silvia con un cigarrillo en la mano. Pero mayor decepción fue que al verme intentó esconderlo, como si yo fuera a revelar su terrible secreto a alguien, qué poca confianza.

El día que volvíamos a casa casi pierdo el autobús que debía llevarnos al puerto para embarcar rumbo a Barcelona. Pero es que no podía irme de Mallorca sin llevar conmigo al menos un par de sus famosas ensaimadas para compartir y degustar en familia a mi regreso. El problema es que pasé tanto hambre en las 8 horas de travesía en barco por el Mediterráneo que acabé por comerme una de ellas, y para no terminar con la restante tuve que comprarme un bocadillo de jamón. Tanta hambre tenía que me comí hasta el tocino que habitualmente separo, a pesar de que mucha gente afirma que es la mejor parte. En este caso la mejor parte es que la segunda ensaimada sobrevivió, aunque era demasiado pequeña para que nos tocara a mucho en una familia numerosa. Sí, nos, yo también tuve mi parte, al fin y al cabo era quien la había porteado, y sin probarla no hubiera podido decir si estaba mejor o peor que la que me había comido en solitario. ¿No he contado nunca lo goloso que soy?

viernes, 24 de junio de 2016

Volando bajo el mar

Me encanta moverme dentro del agua. Más que nadar, lo que me apasiona es bucear, flotar a media profundidad y disfrutar de esa libertad y ligereza que deben de sentir los pájaros cuando surcan los aires. Seguramente es la sensación más parecida a volar que podemos experimentar sin usar ningún artilugio, pero para que el efecto sea más realista hace falta adquirir velocidad, y una forma sencilla de conseguirla es utilizando unas aletas.

Volando bajo el mar
Volando bajo el mar - Dominio Público

Siempre había querido poseer unas aletas de bucear, y un año mis padres por fin me regalaron un par. Eran de esas baratas que venden en cualquier puesto de recuerdos de cualquier ciudad costera, pero para mí eran más que suficiente. Además, no pude estrenarlas con mejor fortuna, pues el primer día que me las puse encontré bajo el agua un billete de 2.000 pesetas (unos 12 euros) enrollado en forma de canuto, mecido sobre el lecho arenoso en un suave movimiento de vaivén provocado por las olas y las corrientes marinas. ¡Qué gran inversión, si ni siquiera las aletas habían costado tanto! Fue la suerte del principiante, porque lo único que encontré a partir de entonces fueron algas, desperdicios y algún que otro cangrejo ermitaño.

Después del increíble hallazgo dejé las aletas junto a las toallas durante un rato, y cuando me las fui a poner de nuevo, el sol había calentado tanto la goma que se ajustaba a los tobillos que al estirarla para introducir los pies se rajó de arriba a abajo. ¡Qué disgusto! Aún se podían usar, pero ya no se adaptaban tan bien como al principio. También descubrí relativamente pronto que si querías avanzar muy deprisa tenías que ejercer mucha fuerza, y entonces las piernas se cansaban enseguida, se agarrotaban y hasta te podía dar un calambre en los gemelos. Lo cual me hacía preguntarme, ¿sufrirán los pájaros calambres en las alas cuando se lanzan a cruzar los cielos a gran velocidad?

lunes, 20 de junio de 2016

Jarabe del Dr. Manceau

Que mi golosonería no tenía límites era un hecho bien conocido. Aún así, mis padres seguían empeñados en poner a mi alcance una y otra vez dulces manjares de lo más variopintos que mi nula fuerza de voluntad no podía dejar de degustar.

Jarabe del Dr. Manceau
La sobredosis de este jarabe nunca me ha afectado

De niño, hacía continuos viajes a escondidas hasta la nevera para dar pequeños sorbos directamente de la botella de Jarabe del Dr. Manceau, más popularmente conocido como jarabe de manzana. Era un medicamento, un laxante, pero estaba tan bueno.. ¿Mis padres no se daban cuenta de lo poco que duraba? De todas formas no debía de ser muy eficaz, porque siempre he ido al baño un poco estreñido.

Siendo algo más mayor, abría disimuladamente la lata de la leche de almendras que le ponían a mi abuelo Perico para desayunar, cogía una cucharada bien colmada de su denso contenido, la acercaba hasta mi boca salivante dándole vueltas y vueltas rápidamente sobre su eje para que no se derramara ni una sóla gota, y saboreaba su pastosa dulzura con los ojos cerrados por el éxtasis.

Seguramente hubiera sido feliz viviendo en la casita de chocolate de Hänsel y Gretel, al menos hasta que hubiera abierto un agujero en alguna pared.

viernes, 17 de junio de 2016

Esquí estilo kamikaze

La primera vez en mi vida que fui a esquiar estaba ya en la Universidad. Un amigo de clase que pertenecía al Opus Dei me invitó a unirme a una escapada de fin de semana junto a algunos integrantes de su secta, La compañía me echaba para atrás, pero la oportunidad de disfrutar de una experiencia como aquella fue más fuerte que mi aversión, así que pronto estaba camino del Pirineo aragonés, en dirección a una bonita casa que el acaudalado padre de alguno de ellos tenía cerca de la estación de Astún.

Esquí estilo kamikaze
Nivel principiante - Dominio Público

A primera hora de la mañana nos plantamos en la entrada de las instalaciones, ataviados con todo el equipo necesario, dispuestos a aprovechar cada minuto del día. Yo era el más novato de todos, pero había algún otro, como mi compañero de clase, que tampoco tenía demasiada experiencia, de modo que nos llevaron a una pista verde, larga, recta y de escasa inclinación, para darnos los primeros consejos, practicar la cuña y aprender a guardar el equilibrio. Fácil, hicimos el recorrido un par de veces y lo básico estaba dominado. Siguiente parada, ¿una pista roja? Yo no lo sabía entonces, era un principiante e iba a donde me llevaban, pero acabábamos de saltarnos las pistas intermedias, las de color azul.

Allí estábamos, en lo más alto de una pequeña colina cuya pronunciada pendiente casi producía vértigo. Cuando llegó mi turno me lancé hacia abajo en línea recta sin pensármelo dos veces. Fui ganando velocidad rápidamente, demasiada, tanta que la cuña era totalmente inútil y no conseguía reducir mi creciente inercia ni tan solo un ápice. Aguanté como pude el equilibrio, pero finalmente un pequeño bache que en otras circunstancias no hubiera supuesto un mayor problema me desestabilizó por completo, salí volando por los aires y acabé rodando por la nieve mientras mis esquíes eran lanzados a metros de distancia. El golpe fue brutal, pero afortunadamente no me hice nada.

Volví a subir a lo alto de la colina y a lanzarme por esa pista muchas veces, y siempre acababa de la misma manera, dando con mis huesos en el suelo, tragando nieve mientras me deslizaba sin control hasta una zona más llana, y tremendamente magullado. Hasta que una persona, no alguien de mi grupo, sino un esquiador anónimo que me había estado observando, me dijo que no tenía que lanzarme en línea recta sino bajar haciendo zig-zag. ¡Claro, eso tenía sentido! Estaba indignado de que nadie me lo hubiese explicado antes, ¿acaso estaban esperando a que me rompiese la cabeza?

A partir de ese momento todo mejoró. Empecé a bajar la pista una y otra vez, deslizándome con soltura mientras trazaba amplias curvas, disfrutando de la sensación de libertad y velocidad, pero sin caerme y jugarme el tipo cada vez. Pasaron las horas, y mi amigo comenzó a sufrir calambres en las piernas debido a tanta actividad, pero en aquella época yo estaba bien entrenado y para mi no suponía un gran esfuerzo físico, quería más, necesitaba más, tenía que aprovechar cada segundo, pues no sabía cuando volvería a tener una oportunidad semejante, así que seguí subiendo y bajando la pista en solitario..

Al final llegó lo inevitable, la hora de marchar. Para bajar hasta los aparcamientos teníamos que seguir otra pista roja que partía de la que nos habíamos adueñado durante horas. Mientras bajábamos nos topamos casualmente con otra chica de la Universidad, no sé cómo nos reconocimos mutuamente con tanta parafernalia contra el frío como llevábamos puesta. Después de saludarnos nos preguntó si veníamos mucho a esquiar, yo le dije que era mi primera vez, y entonces la expresión de su cara se transformó en una mezcla entre asombro y terror y exclamó, "¿y estás bajando por aquí?". Fue entonces cuando realmente me di cuenta de que quizás había estado tentando a la suerte más de la cuenta, y me acordé de otro compañero de clase que se fue a esquiar y volvió con la pierna escayolada. Quedaban pocos metros hasta los coches, pero el resto del descenso lo hice con mucho más cuidado, por si acaso.

lunes, 13 de junio de 2016

Remedios de la abuela

Mi madre creía que la ingesta de zanahorias ayudaba a tener un buen bronceado y mejoraba la vista. Así que cada verano, cuando íbamos de vacaciones a Salou, nos obligaba a hacer una parada técnica al día para engullir a mordiscos una zanahoria cruda en mitad de la playa. La verdad es que esos supuestos beneficios para la salud no tenían ninguna base científica. ¿Quiere decir que mi madre era muy crédula? Bueno, más bien que no tenía las herramientas adecuadas para contrastar la información que recibía y discernir entre hechos veraces y mitos o remedios de la abuela. Puede que comer una zanahoria al día no nos beneficiase en esos términos, pero tampoco nos hacía ningún mal.

Remedios de la abuela
Michael Jackson dejó de comer de estas y.. - Dominio Público

Otro asunto eran los timadores y embaucadores profesionales que querían hacer dinero fácil a costa de la gente más humilde y desinformada, vendiéndoles remedios milagrosos y aparatos de supuestas propiedades extraordinarias, anunciándose incluso en televisión aprovechándose de una legislación aún demasiado laxa con este tipo de productos. Tal era el caso de un imantador de agua que adquirió mi madre y colocó en el grifo de la cocina, para que toda el agua que bebiésemos fuera mágica. Ninguna base científica, por supuesto, pero lo peor, aparte del desembolso económico, es que mi madre sí creía sentir sus efectos beneficiosos. El efecto placebo ha hecho rica a mucha gente sin escrúpulos.

viernes, 10 de junio de 2016

La niña del orinal

Hoy en día sería impensable, pero antes las cosas eran distintas, sin tanta burocracia, controles, restricciones y prohibiciones, que hubieran impedido a mi madre traer a casa durante un fin de semana a ninguno de los niños que estaban a su cuidado bajo tutela gubernamental. No fueron muchas veces, de hecho sólo recuerdo dos, pero seguro que fueron un soplo de aire fresco para la monótona y restringida existencia de aquellas pequeñas almas.

La niña del orinal
© Ceridwen - Wikimedia Commons

Uno de ellos era un niño que, aunque suene cruel decirlo, me recordaba enormemente al teleñeco Animal en su versión bebé. Era como un monito, delgado, de largas y finas extremidades y una cabeza grande y redonda aderezada por un poblado ceño cejijunto. El hecho de que su garganta sólo emitiese sonidos guturales tampoco ayudaba demasiado. Por lo demás, era un chico muy alegre y cariñoso. Años después lo vi ya convertido en una persona adulta y, aunque aún se podía reconocer en él a aquel divertido personaje de trapo, había cambiado enormemente transformándose en un joven normal, perfectamente integrado en la sociedad.

También hubo una vez una niña de visita en nuestro hogar. La única imagen que guardo de ella es ver cómo nos seguía por el pasillo de casa camino del salón. Solo que en lugar de ir andando o gateando, se movía arrastrando el orinal en el que estaba sentada para hacer sus necesidades. No recuerdo nada más, ni su nombre, ni su aspecto físico, ni ninguna otra característica que me hubiera permitido reconocerla en un futuro. Lo que dudo seriamente es que en la actualidad siga empleando ese medio de locomoción.

lunes, 6 de junio de 2016

Violencia sin sentido

Eran los años de secuestros, tiros en la nuca y bombas lapa. Ni siquiera durante la dictadura la barbarie de ETA estaba justificada o legitimada, pero aún menos entonces. Era un completo sinsentido, se mire por donde se mire, en una sociedad moderna, civilizada y democrática como la nuestra, y ninguna de sus acciones armadas tenía su razón de ser. Hasta consiguieron que el resto de los ciudadanos mirásemos con recelo a los vascos y navarros, y nos alejásemos atemorizados de cualquier vehículo matriculado en estas comunidades autónomas.

Violencia sin sentido
© Macotera Nieto - Wikimedia Commons

En nuestro barrio se levantaba una casa cuartel de la Guardia Civil, donde muchos integrantes de este cuerpo de seguridad del Estado trabajaban y vivían con sus familias. Se accedía a la entrada principal a través de una estrecha calle que tomábamos a menudo con el coche para desembocar en la Avenida de Cataluña, pero en la que por motivos obvios de seguridad no estaba permitido el estacionamiento. Quizás era muy pequeño, pero nunca tuve la sensación de que pudiera ser peligroso transitar por aquella zona.

Tres años después de mudarnos al nuevo barrio, en diciembre de 1987, ETA colocó un coche bomba en la casa cuartel, matando a 11 personas, entre ellas 5 niñas, y dejando más de 80 heridos, la mayoría civiles. La onda expansiva destrozó ventanas en cientos de metros a la redonda, entre ellas las del edificio en el que habíamos vivido durante tantos años. Las imágenes de televisión mostrando las ruinas de la fachada principal eran espeluznantes, hasta el punto de que costaba reconocer el lugar por el que tantas veces habíamos pasado antaño.

Ese mismo año, unos meses antes, ETA había atentado con otro coche bomba al paso de un autobús de la Academia General Militar junto a la iglesia de San Juan de los Panetes, matando a dos personas e hiriendo a más de 30. Recuerdo muy bien aquella fecha, porque mi hermano Daniel solía hacer ese trayecto regularmente, a la misma hora en que se produjo la explosión, para acudir a su instituto, el Mixto 4. Afortunadamente, por algún motivo que desconozco, ese día mi hermano no había asistido a clase, librándose de verse involucrado y quizás afectado por la atrocidad perpetrada.

Pero estas dos acciones terroristas que nos tocaban tan de cerca, te hacían sentir que no estabas a salvo en ningún lugar. Supongo que eso es justo lo que querían conseguir, provocar terror. Y de paso, el odio de una gran mayoría de la población española. Hasta hubo una época en la que disfrutaba imaginando que me convertía en un comando de las fuerzas especiales, me infiltraba más allá de las líneas enemigas y acababa de una vez para siempre con esa lacra de la sociedad. Por fortuna, las cosas han cambiado mucho y a mejor desde entonces.

viernes, 3 de junio de 2016

Pederasta al acecho

En el pasaje comercial situado en las entrañas del edificio Kasan había muchas tiendas pequeñas y algún supermercado donde solíamos abastecernos de los productos de primera necesidad, como pan, frutas y verduras, enormes tambores redondos de detergente Luzil, o algún pollo recién asado los domingos a la hora de comer. Al principio íbamos de compras acompañando a nuestra madre, pero pronto empezamos a realizar esa tarea por nosotros mismos, aunque para ello tuviéramos que cruzar en solitario las grandes avenidas que separaban la colmena de nuestra propia calle. Pero ese no era el mayor peligro.

Pederasta al acecho
© anothereye - Flickr

Apostado casi siempre junto a la arboleda situada a mitad de trayecto, acechaba a menudo un individuo bastante peculiar. De mediana edad, alto, delgado, desgarbado, con el pelo medio cano, largo y lacio, repeinado hacia un lado, y una expresión en la cara a medio camino entre desequilibrada y bobalicona. No sabías a ciencia cierta si estabas ante un pobre diablo al que le faltaba algún hervor, o algo peor. El caso es que solía acercarse a los chicos que andaban solos por la zona y les pedía que le ayudasen a cruzar alguna de las múltiples calzadas, mientras aprovechaba para agarrarse con fuerza a ellos y manosearles todo lo que pudiera.

Al menos esas eran las historias que corrían por el barrio. La verdad es que a mí nunca me tocó. Aunque también es cierto que en cuanto lo veía en la lejanía hacía todo lo posible por no pasar cerca de él. Por si acaso.

lunes, 30 de mayo de 2016

Relevos 4x400

Mi primera competición de atletismo por equipos fue como integrante del relevo 4x400. No sé qué criterio siguieron para seleccionarme, supongo que la falta de candidatos, porque era la primera vez que corría un 400. Además me pusieron en la segunda posta, la que tiene que coger la calle libre y por tanto la más complicada técnicamente hablando.

Relevos 4x400
La recta interminable - Dominio Público

Sonó el pistoletazo de salida y los primeros relevistas salieron en estampida a toda velocidad, mientras los segundos nos colocábamos en nuestras calles en espera de recibir el testigo. Mi equipo, el Helios, era toda una institución en aquella época, el mejor club de atletismo de Aragón sin ninguna duda, acaparando a los mejores atletas de la Comunidad. Así que no es de extrañar que en la recta final de la primera vuelta fuésemos ya en cabeza y yo fuera el primero en comenzar la segunda vuelta.

Salí como alma que lleva el diablo, sin preocuparme de dosificar fuerzas, pendiente únicamente de no tomar la calle libre hasta haber superado la compensación de la primera curva. Terminé la contrarrecta en primera posición. En la segunda curva mantuve el ritmo, y después supe por boca de mi antiguo amigo JJ que mis compañeros estaban boquiabiertos, preguntándose de dónde había salido ese corredor desconocido que estaba realizando una gran prueba. Completé los primeros 300 metros y encaré la última recta aún en cabeza. Fue entonces cuando, sin previo aviso, el ácido láctico al que no estaba acostumbrado ni por asomo agarrotó todos los músculos de mi cuerpo.

Los últimos 100 metros se me hicieron eternos. El cuerpo me pesaba una tonelada y la meta parecía cada vez más lejana debido al efecto túnel que difuminaba entre una preocupante neblina mi visión periférica. El resto de corredores comenzaron a adelantarme uno a uno, mientras mis compañeros me seguían animando a grandes voces, gesticulando aparatosamente como si pudieran empujarme en la distancia hacia la línea de llegada. Pero yo no entendía nada de lo que decían, porque el sonido de sus voces me llegaba ralentizado y distorsionado, como el canto de una ballena. Finalmente llegué hasta el tercer relevista de mi equipo y le entregué el testigo.. en última posición. En sólo 100 metros había dilapidado toda la ventaja que teníamos pasando de ser cabeza de carrera a terminar como farolillo rojo.

No me enteré de nada más. Salí de la pista como pude y me derrumbé en un rincón hasta bien concluida la prueba. Nadie se preocupó por mi estado físico, que no empezó a mejorar hasta que vomité todo lo que tenía en el estómago. Poco a poco fui recuperando la nitidez en la vista, y las fuerzas necesarias para poder ponerme en pie, para descubrir con sorpresa que finalmente habíamos ganado la carrera a pesar de mi desastrosa actuación. Así es como yo lo veía, pero la verdad es que nadie me lo echó nunca en cara. Quizás si hubiéramos acabado perdiendo la cosa hubiera sido diferente.

Siempre lo digo, sin duda alguna la prueba más dura del atletismo son los 400 metros lisos. Sé de lo que hablo, y no sólo por esa primera experiencia, pues me tocó disputar el relevo muchas otras veces, algunas incluso pocos minutos después de haber corrido los 800 metros, la segunda prueba más dura del atletismo. Pero era joven y tenía toda la energía del mundo.

viernes, 27 de mayo de 2016

Italia

El viaje de estudios a Italia dio pie a muchas anécdotas y situaciones embarazosas que quedarán para siempre en el recuerdo. Entre las más graciosas destacaría la ocasión en la que un compañero me arrebató la cámara de fotos para hacerle un robado a una chica despampanante que estaba posando sensualmente frente al Coliseo, y que finalmente resultó ser el primer travesti que veíamos en nuestras vidas. O cuando andábamos un poco perdidos, callejeando despistados por Roma, y ese mismo compañero se acercó a una pareja de ancianos con el mapa en la mano para intentar situarnos en el plano y el matrimonio salió huyendo despavorido como si fuéramos unos indeseables que les iban a desvalijar.

Italia
© Diliff - Wikimedia Commons

Menos gracioso, pero si bastante curioso, fue que el bedel del instituto, que nos acompañaba al viaje en calidad de responsable porque ningún profesor estaba dispuesto a hacerlo, nos había advertido de que había muchos ladrones que utilizaban el método del tirón para llevarse cámaras, bolsos y mochilas. Y, casualmente, él fue el único afectado cuando, paseando por Florencia, una moto pasó a su lado y el sujeto que iba de paquete le arrancó del hombro una estupenda cámara réflex que debía de haberle costado el equivalente a varios meses de salario.

Vivimos momentos de tensión cuando una noche nos cruzamos con unos hinchas de un equipo de fútbol, alguno de los nuestros gritó "¡hala Madrid!" o "¡visca el Barça!", y tuvimos que salir corriendo perseguidos por una jauría enrabietada. Y rabia es lo que sentí cuando en el escaparate de una de las tiendas del puente de Rialto en Venecia vi la miniatura de un violín tallado en madera, entré para interesarme por su precio, y el dueño me echó de malas maneras como si yo no tuviera la categoría suficiente para optar a adquirir esa pieza.

La última anécdota no sabría como clasificarla, pero me reafirmó en mi compromiso de mantenerme alejado del alcohol y demás vicios insanos. Algunos compañeros montaban cada noche su propia fiesta en las habitaciones del hotel en el que estuviéramos alojados, donde no faltaban risas, gritos, música, alcohol y tabaco. Y si faltaba algo.. se improvisaba. Así que, cuando una noche se les acabó la bebida demasiado pronto, empezaron a mezclar los refrescos con colonia hasta conseguir un buen colocón al filo de la intoxicación etílica. Y supongo que también una buena jaqueca a la mañana siguiente.

lunes, 23 de mayo de 2016

Don Juan

Yo nunca he sido de los que salen por ahí de fiesta cada fin de semana dispuesto a ligar cueste lo que cueste y emborracharse hasta que el cuerpo aguante, así que entre mis compañeros de instituto tenía fama de ser bastante tímido y reservado. Seguramente tenían toda la razón del mundo, pero en un par de ocasiones me complació enormemente dejarles con la duda y parecer a sus ojos un auténtico Don Juan.

Don Juan
Los testigos de mi osadía - Dominio Público

Era el cumpleaños de mi prima Ana y para celebrarlo salimos una noche de sábado con su novio y sus amigas por la zona de Dr. Cerrada. Mientras nos movíamos de un bar a otro me topé con varios compañeros de clase, que se sorprendieron visiblemente al verme pasar por allí. Me quedé rezagado charlando con ellos un rato, hasta que de pronto aparecieron mi prima y una de sus amigas, muy guapas las dos, me cogieron cada una de un brazo y me llevaron con ellas hacia otra parte, dejando a mis compañeros con expresión de asombro y la boca abierta. No debieron de cerrarla en todo el fin de semana, porque el lunes a primera hora lo primero que hicieron al llegar al instituto fue correr a interrogarme, "¿quienes eran?, ¿de qué las conoces?, ¿dónde ibais?".

En 3º de B.U.P. hicimos un viaje de fin de curso, el famoso viaje de estudios, visitando diversas ciudades de Italia como Venecia, Pisa, Florencia o Roma. Estábamos dentro del Museo del Vaticano cuando de repente vi a lo lejos, al otro extremo de un largo pasillo, que una chica muy guapa venía en nuestra dirección. Mirando con cara de póker a mis colegas les reté, "¿qué os apostáis a que me acerco a esa chica y le doy dos besos?". Obviamente no esperaban tal reacción por mi parte, así que ni corto ni perezoso me adelanté, me puse enfrente de ella cortándole el paso, le planté dos sonoros besos y nos pusimos a charlar animadamente. Mis compañeros estaban con la mandíbula desencajada, una mezcla entre desconcierto y fascinación. Aunque lo realmente asombroso era haberme encontrado a mi prima Olga, que también estaba en su viaje de estudios, en un pasillo de un museo de una ciudad a más de mil kilómetros de nuestras casas, hecho que mis amigos tardaron mucho tiempo en averiguar.

viernes, 20 de mayo de 2016

Héroes del Silencio

Una tarde estaba entrenando en las pistas del Palacio de los Deportes de Zaragoza, "el huevo". Había salido a correr al Parque Primo de Rivera y, cuando volvía, vi que a lo lejos, ocupando completamente la misma acera por la que iba yo, se acercaba un grupo de 4 ó 5 jóvenes melenudos con muy malas pintas.

Héroes del Silencio
© Manerasdevivir.com

No llevaba nada de valor encima, sólo unas zapatillas deportivas sudadas y un pantalón y una camiseta corta aún más sudados. Sin embargo, por precaución, me cambié de acera disimuladamente, pues había oído muchas historias de gente a la que van a atracar y al no llevar nada de valor encima le daban una paliza.

Al llegar a la altura del grupo, nunca mejor dicho, me di cuenta de quiénes eran realmente, los componentes de "Héroes del Silencio", con el cantante Enrique Bunbury a la cabeza. ¡Qué miedo!, estaba claro que mi instinto de supervivencia no había fallado en absoluto.